Donde termina la vida

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO TRES:

Sobre la nueva casa en la Avenida Lions y lo que se observa desde una ventana

 

Las puertas se abrieron a la vista, los vecinos de los edificios y casas continuas se asomaron a ver por sobre los altos arbustos que conformaron una barrera alrededor de la propiedad, los asistentes se apresuraron a situarse en dos líneas desde las rejas, por el sendero empedrado de veinte metros del jardín, hasta los cinco escalones del umbral.

El vehículo se detuvo, el cochero se apresuró a bajar y abrir la puerta al General, éste extendió su mano y la joven descendió con gran manera, tocando con su bota de tacón la banqueta. El aire se engalanó con el olor de los arbustos de limonaria que ocultaban a la vista la fachada principal: la puerta de roble tallado, los alfeizares de las ventanas a cada lado de la entrada, un jardín con dos fuentes en completa función, bancas a la sombra de dos acacias y ni una sola flor.

El General iba detrás de su hija, junto a la pobre asistente que cargaba con la maleta de medicinas, los asistentes abrieron la entrada a su paso. Sus ojos esculcaron el zaguán, los armarios y depósitos en él, los banquillos para sentarse a remover las botas cuando hay nieve o lodo, el bordillo que lleva a la sala de estar. Se giró hacia él con aire neutro.

—Es de madera.

—Reforestada y de la más alta calidad —añadió él, removiendo su gorra al entrar—. La sala principal para invitados, muebles de mil valores cada juego, tapetes de importación hipoalergénicos…

—¿Sin flores en el jardín? —inquirió, asomándose a la ventana de la sala de visitas, corriendo las cortinas blancas que rebotaban la luz por la estancia.

—Las hice remover hace semanas.

—Ah.

—Aquí —dijo él, intentando atraerla hacia el resto de la planta baja—. Las escalinatas hacia el piso superior, por aquí; junto, el pasillo central hacia lo que será mi estudio —señaló a la izquierda, una puerta corrediza que ocultaba una habitación completa ya con las pertenencias del General—. Ven aquí, conecta con el comedor también.

En efecto, había una puerta más dentro del estudio que llevaba al comedor para ocho, éste con vitrales en las dos paredes que daban al exterior, permitiéndole un vistazo de los jardines traseros y las edificaciones de la servidumbre. El General la llevó, como si hubiese estado miles de veces en aquella extraña y laberíntica casa; le mostró la biblioteca junto al comedor, bastante reducida pero muy bien organizada, luego, por una puerta más, hacia el pasillo que rodeaban las escaleras y de nuevo estaban en el zaguán.

—Esto marea.

—¿No te gusta? —Sus ojos esperanzados en ella, en su opinión a cada uno de sus esfuerzos; tanto dependía de ella. Y ella tuvo compasión de él.

—Eso creo. ¿Cuáles son mis estancias?

—Acá, ven.

La llevó escaleras arriba.

—¡Un balcón! —advirtió, en cuanto tuvo acceso a un vistazo de la planta superior. Los pasillos se dividían en tres: A su izquierda, bordeando las escaleras, estaban las puertas cristalinas con acceso al balcón, podría trabajar bien afuera como adentro de la casa.

—Eso no es todo —dijo el General, con orgullo, colocando una mano en su hombro. Le hizo girar hacia las puertas blancas que daban frente al balcón, las empujó y le permitió entrar a la amplia habitación: espacios vacíos, lámparas de exhibición, gabinetes para materiales, mesas de trabajo, todo el espacio que necesitaba para su galería.

—¿Es para mí? —preguntó, las manos cubriendo su boca ante el asombro.

—Sí, lo es.

Sin saber qué hacer más, se colgó de su cintura, tan ancha como el tronco de un árbol, y apoyó su oreja junto al corazón palpitante debajo de la cota blanca de servicio, como cuando era una niña. Él, conmovido, la envolvió también, y depositó un beso paternal en su coronilla, satisfecho con el trabajo propio, y el de Edevane.

—Ya, ya. —La apartó con suavidad, advirtiendo que sus emociones se tornaban incontrolables—. A terminar el recorrido.

Cruzaron la estancia completa y volvieron a atravesar un par de puertas dobles en el extremo derecho de la galería de trabajo, para dar con las escalinatas de nuevo. Continuaron paralelas a la dirección de éstas, por aquel corredor bien iluminado con lámparas empotradas en la pared; la primera puerta a la izquierda del pasillo llevaba a las habitaciones del General, la primera a la derecha, la de invitados y al final del pasillo había una sala de música que, seguramente, nunca usarían, aunque la vista era buena hacia el resto de la vecindad: las terrazas y techados, los edificios internos, las lavanderías y cocinas, un vistazo a las calles Washington y Rosemay, para ver quién va y quién viene, y… ¿qué era eso? ¿Un parque?

—Por aquí, Anya —le llamó el General—, te mostraré tu habitación.

Ange la tomó suavemente de la mano y le susurró un “vamos” al oído, tan distraída como estaba, se dejó llevar. El último pasillo, hacia la derecha de las escalinatas, mucho más corto que los anteriores con dos puertas que daban, una a la sala de música, otra a las estancias de Anyaskiev. La antesala de invitados con un juego de divanes y una mesilla de té para tres, libreros vacíos, percheros, armarios… La recámara exquisita con una cama de cuatro postes y vaporosas telas que la envolvían con cuidado, el baño a un costado y la vista de cada una de las ventanas, directa hacia la calle Rosemay.




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