Donde termina la vida

CAPÍTULO DIECIOCHO

CAPÍTULO DIESCIOCHO:

Que trata de quebrantar las reglas de Edevane

 

Los monzones se detenían ora a la tarde ora a la mañana en un horario predecible, empero los orvallos permanecían insolentes en los días de otoño. Frisada a las ventanas, Anya intentaba invertir su tiempo en ampliar su colección de arte sin mucho éxito, ya que su corazón quería cabalgar lejos de esa habitación, y sus alas invisibles despegar.

Ange la entretenía con sus historias de noviazgo entre ella y el chauffeur, leyéndole las revistas de investigación biológica que le podrían interesar. La pelirroja comenzaba a sonreír en cuanto hablaba de su enamorado, bajaba la revista y olvidábase incluso de frente a quién hablaba. Rubicundas tornáronse sus mejillas al saberse olvidada de esto, y disculpóse.

—No lo hagas, no te disculpes por ser feliz. Es tu derecho, y nadie puede quitártelo. —Le dijo. Una punción se hizo de su centro. Tomada su mano, la dijo: —Cuando me vaya, quiero que seas feliz, que tu vida se convierta en una obra de arte.

Ange, notando el tono y color de su voz y palabras, severóse y las lágrimas agolparon sus canículos hasta el borde. Miró los ojos castaños de su amiga y señora, lloró. Ella se iría, y Ange estaría sola, otra vez. La joven Anya la abrazó y la consoló con la ternura de una madre, como si fuese la otra la enferma, y ella la sana.

—Necesito que hagas algo por mí —le dijo, cambiando el aire de súbito. Se incorporó la asistente, sorbiéndose las narices con prontitud.

—Lo que diga usted.

Envuelta en un abrigo grueso, pañoleta alrededor del cuello, una gorra de lana con sus largos cabellos castaños magreándole el pecho, salieron las dos mujeres bajo el orvallo de la tarde y se encaminaron en silencio hacia la Casa. A su paso, las ranas y sapos de las canaletas de agua croaban y escapaban de sus aguas para seguirles de salto en salto y charco en charco, Ange chillaba con asco y la señorita reía muy alto.

Llegáronse hasta la Casa y el asistente les invitó a refugiarse en el Salón de Casa, gesto que ella rechazó con amabilidad, retirando las sendas protecciones, dejando ver debajo un sugestivo vestido entallado y botas hasta sus medias piernas, dejóse la gorra y la bufanda porque sentía álgido en su interior.

Se sentaron en una mesa y pidieron algo caliente de beber entre el establecimiento cuya música estaba protagonizada por un violinista en acompañamiento de la lluvia, las pocas clientelas presentes entumecidas en sus conversaciones y asientos ni las vieron llegar. Feliz de estar allí, la joven de mirada brillante en ilusión se asomó por la ventana, viendo que la tormenta llegaba acompañada por sendos rayos y relámpagos que tenían la osadez de interrumpir en los caminos y calles de la ciudad, impidiendo así a los transeúntes salir de sus casas y establecimientos hasta ser seguro de nuevo.

—Leí que se debe a muchos cambios en la atmósfera, algo de la carga magnética —explicó Ange, inclinándose sobre la mesa—. Los techados tienen receptores o algo… Que captan los rayos, evitando que la gente dentro muera electrocutada.

Ella asintió en silencio y continuó viendo el espectáculo, quería verlo por sí misma. De alguna forma, quería estar bajo la lluvia sin mojarse, y contemplar la fuerza de la electricidad temblando la tierra bajo sus pies sin ser lastimada. Eso sería una gran aventura.

Las bebidas llegaron, los bizcochos también. Un mordisco y un sorbo más tarde, Anya ponía su plan en función y se dirigía al sanitario. Ange ofrecióse acompañarle. No era necesario, le dijo. Se dirigió al pasillo, y viéndose sin la vigilancia de los asistentes de la entrada, se apresuró al final del pasillo. Las escaleras estaban quietas y silenciosas, la perilla de la puerta no giraba esta vez. No podía entrar al jardín de los niños.

—Lo lamento, hice unas mejoras a mi sistema de seguridad.

Desde lo alto de las escaleras provenía la voz, y el señor Thomas sonreía con audacia en ella. Anya, como el instinto de los bebés de llorar al nacer, sonrió.

—Al fin.

—Sí, muy simple: no olvidar poner la llave al salir. —Quedose un momento en silencio, el hombre, con el temple sereno y presuntuoso—. ¿No vienes?

La joven asintió y comenzó a subir hacia donde él se encontraba, se encontró a su altura antes de poder notarlo, y pudo estudiarlo mejor: Sus cejas gruesas, sus ojos esmeraldas como dos bosques; sí, de su pecho firme bajo el jersey inglés brotaba un latido fuerte. Puso allí su mano.

Collingwood casi retrocede al verla tan cerca de presto, con una de sus manos enguantadas en el centro de su ser, casi traspasándole.

—¿Todo bien? —preguntó, como si aquello fuera de todos los días, cuando ella húbose retirado. Se rio cuando ella asintió, abrió las puertas de su hogar para ella.

La sala de la planta superior era una recepción con un juego de divanes y armarios, muy similar al encontrado en su casa. Luego, las puertas duplas talladas fueron abiertas para ella, hacia la sala de común de estilo Victoriano de la antigua era, y en los presuntuosos juegos de mobiliarios, los niños hacían sus deberes y jugaban con los que tenían al alcance.




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