Hay recuerdos que caben en un instante, el mío cabe en la sombra de una puerta abierta a media noche.
Tú, que llegabas con el cansancio de quien perseguía números, caminos y obligaciones; yo, que no entendía ni de trabajo ni de dinero, y solo tenía la efímera certeza de que habías vuelto.
Acompañándote, fuera de la maleta, llegaba aquel beso: pequeño y cálido sobre mi frente, sellando la promesa de que, al abrir los ojos, podría darte los buenos días... Pero nunca lo hacía, porque el sol era demasiado egoísta como para compartir tu tiempo conmigo.
Pensé durante mucho tiempo que el amor de un padre era así, que quizá el amar consistía en aprender a reconocer tus pasos en el pasillo, en fingir que dormía para poder darte la bienvenida y despedirme sin tener que acostumbrarme demasiado a tu presencia.
Lo que no sabía es que una hija no debería habituarse a la ausencia de un padre, que no debería aguardar en puertas y ventanas, perdiendo la noción hasta que llegaba a lugares donde no sabía qué esperar...
Yo solo buscaba tiempo, pero parecía que eso era lo único que no podías traer contigo.
En ese entonces no supe entenderlo, que aquel gesto no era un saludo o una despedida, era la forma más pequeña que tenía el amor para decirme:
"Estoy aquí".
El problema es que yo necesitaba que te quedarás, y tú solo eras la sombra de una estrella que se desvanecía antes del amanecer.