Hay números que dejan de ser números cuando alguien los mira con decepción. El ocho era uno de ellos. Yo lo encontraba escrito en la esquina de una hoja después de haber pasado noches enteras estudiando, lo reconocía entre mis apuntes, entre las páginas dobladas y las palabras que había repetido hasta aprenderlas de memoria... Era la prueba de que lo había intentado, pero cuando llegaba a casa, el ocho parecía cambiar de forma.
Ya no era un ocho, era un pudiste haber sacado más.
Y yo aprendí muy pronto que no bastaba con estudiar, había que hacerlo mejor, más horas, más esfuerzo, más preguntas correctas; más respuestas memorizadas, más de mí.
Así que estudiaba.
Estudiaba mientras los demás dormían, mientras la televisión seguía encendida en otra habitación, mientras mis ojos se cansaban de perseguir palabras que empezaban a confundirse unas con otras, porque quizá, si la siguiente hoja llevaba un diez, finalmente dejaría de ver la decepción en tus ojos.
Pero llegaba otro ocho, y con él, esa pequeña sensación de haber fallado que no sabía explicar. Nadie me había dicho que un ocho podía pesar tanto, nadie me había explicado que podía existir una forma de reprocharle a alguien su esfuerzo sin decir una sola palabra.
Pero bastaba una mirada, un silencio...
Ese instante en el que yo esperaba escuchar está bien y encontraba, en cambio, todo lo que todavía me faltaba. Entonces empecé a creer que las notas no medían cuánto sabía, medían cuánto valía... Y si un ocho no era suficiente, quizá yo tampoco lo era.
Hasta que entendí, demasiado tarde, que llevaba años persiguiendo un número que nunca había sido mío.
El ocho sí.
El ocho sí era mío.
Era el cansancio de mis manos, las noches sin dormir, los errores corregidos, las páginas llenas de tachones, las veces que volví a intentarlo. Era todo lo que había podido darte, y aun así, aprendí a esconderlo, a esconder mis calificaciones cuando no eran perfectas, a esconder mis dudas, a esconder el miedo de volver a decepcionarte; porque hay heridas que no empiezan cuando alguien dice no eres suficiente, a veces empiezan mucho antes.
Cuando alguien te enseña, sin querer, que un ocho se parece demasiado a un fracaso, y desde entonces, cada vez que veo ese número, ya no pienso en la escuela, pienso en aquella niña que estudiaba hasta quedarse dormida sobre los libros; y me pregunto cuánto habría cambiado su infancia si alguien, una sola vez, hubiera tomado aquella hoja entre sus manos y le hubiera dicho:
"Ocho tambien es suficiente"