Donde tu voz aún vive

?✨ CAPÍTULO 1

“El día que el universo decidió burlarse de mí”
POV: Eleanor Whitmore

El té estaba frío.

No tibio.
No “aún se puede beber”.
Frío. Muerto. Igual que mi dignidad en ese preciso momento.

Miré el reloj por… ¿quinta vez? ¿sexta?

—Perfecto —murmuré, removiendo el té innecesariamente—. Absolutamente perfecto.

La cucharita chocó contra la taza con un clink suave, casi burlón. Como si hasta ella supiera que yo estaba haciendo el ridículo.

Otra vez.

Solté un suspiro largo, apoyando la mejilla sobre la mano. Afuera, Londres seguía su ritmo: gente caminando rápido, paraguas chocando entre sí, taxis pasando como si tuvieran prisa por llegar a alguna vida mejor que la mía.

Porque sí, claramente todos tenían una vida mejor que la mía.

Mi cita no había llegado.

Y no iba a llegar.

Lo supe en ese momento incómodo en el que el camarero dejó de mirarme con paciencia y empezó a verme con lástima.

Genial.

Saqué el teléfono y abrí el chat con mariana, mi queridísima mejor amiga y ahora… claramente mi enemiga pública número uno.

"Si tu brillante plan para animarme era que me dejaran plantada en una cafetería, felicidades. Funciona. Me siento increíblemente patética."

Miré el mensaje unos segundos.

Luego añadí:

"Voy a enmarcar este momento."

Enviar.

Dejé el teléfono sobre la mesa y me quedé mirando mi reflejo en la ventana.

Cabello rizado fuera de control.
Lentes ligeramente torcidos.
Labial que ya casi no existía.

Y yo.

Siempre yo.

—Tal vez… —susurré— no era el día correcto.

Pero en el fondo sabía que no era el día.

Era yo.

Siempre era yo.

Apreté los labios, tragándome esa sensación amarga que ya conocía demasiado bien. La misma que había estado ahí desde que me dijeron que “mi estilo ya no encajaba”, que “necesitaban algo más fresco”, que “quizás era momento de tomar un descanso”.

Descanso.

Qué palabra tan elegante para decir ya no sirves.

Me levanté lentamente, tomando mi bolso.

—Bueno, Eleanor —murmuré, acomodándome el abrigo—. No te pueden dejar plantada si tú misma te vas primero.

Intenté reírme.

No salió.

Caminé hacia la salida mientras desbloqueaba el teléfono otra vez, lista para escribirle otro mensaje dramático a Clara. Porque si iba a hundirme, al menos lo haría con estilo.

No miré al frente.

Grave error.

Porque en el segundo siguiente—

choqué con alguien.

Fuerte.

Sólido.

Inamovible.

—¡Oh—!

Mis papeles, mi bolso, mi poca estabilidad emocional… todo se fue al suelo.

O casi.

Porque unas manos firmes me sujetaron antes de que terminara completamente en el piso.

El mundo se detuvo un segundo.

O tal vez fui yo.

Parpadeé, aturdida, mientras alzaba la vista.

Y ahí estaba.

Alto. Muy alto.
Hombros anchos.
Expresión… confundida, pero tranquila.

Sus manos aún estaban en mis brazos.

Cálidas.

Reales.

Dios.

Genial.

—Lo siento —dijimos al mismo tiempo.

Perfecto. Más cliché imposible.

Me aparté de inmediato, agachándome a recoger mis cosas con torpeza.

—No, no, fue mi culpa —solté rápido—. Claramente hoy decidí dejar de usar los ojos. O la coordinación. O ambas.

Él también se agachó, ayudándome en silencio.

Silencio incómodo.

Mi especialidad.

Tomé mis hojas arrugadas y suspiré, derrotada.

—En serio… no se preocupe —dije, sacudiéndolas—. Este día ya no podía ir peor de todas formas.

Me reí.

Esa risa mía. La que uso cuando quiero fingir que no me importa.

—Quiero decir —seguí, sin poder detenerme—, mi cita me dejó plantada, perdí mi trabajo hace poco, probablemente voy a terminar comiendo cereal para la cena y ahora acabo de embestir a un desconocido. Así que… —encogí los hombros— estamos en punto bajo histórico.

Silencio.

Lentamente levanté la mirada.

Y él… me estaba mirando.

No con lástima.

No con incomodidad.

Solo… mirándome.

Como si estuviera procesando algo.

Fruncí el ceño, incómoda.

—¿Qué?

Hubo una pequeña pausa.

Y entonces—

—¿Eleanor?

Parpadeé.

—…¿qué?

—Eleanor Whitmore.

Mi corazón hizo algo raro.

—Sí… —respondí despacio—. ¿Por qué…?

Otra pausa.

Más larga esta vez.

Y entonces él dijo:

—Soy Alex.

Silencio.

Silencio absoluto.

Mi cerebro tardó exactamente tres segundos en conectar todo.

Uno.

Dos.

Tres.

—No.

Él asintió, apenas.

—Sí.

Lo miré.

Miré la puerta.

Miré mi teléfono.

Miré el universo entero, claramente conspirando contra mí.

—No —repetí, esta vez más firme—. No, no, no. Esto es una broma. Esto es karma. Esto es… esto es una simulación.

Él casi sonrió.

Casi.

—Llegué tarde.

—Llegaste tarde —repetí, incrédula—. Llegaste tarde.

—Sí.

Lo señalé con un dedo tembloroso.

—Me dejaste sentada cuarenta minutos.

—Lo sé.

—Pedí té.

—Lo siento.

—Se enfrió.

—Eso… también lo siento.

Lo miré en silencio.

Un segundo.

Dos.

Y entonces—

Me reí.

Fuerte.

De verdad.

—¿Sabes qué? —dije, negando con la cabeza—. Claro que sí. Claro que este es el tipo de historia que me pasa a mí.

Él me observó con esa calma extraña suya.

—Podemos… empezar de nuevo —propuso.

Lo miré.

Realmente lo miré.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Sentí algo.

No tristeza.

No frustración.

Algo pequeño.

Algo nuevo.

—Bueno —dije finalmente, cruzándome de brazos—. Vas a tener que ganártelo.

Una pequeña pausa.

Y entonces él preguntó:




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