“Intentarlo otra vez”
POV: Eleanor Whitmore
No debí haber aceptado.
Esa fue mi primera conclusión mientras volvía a sentarme en la misma mesa… frente al hombre que, técnicamente, ya me había dejado plantada una vez.
Porque sí, claro, Eleanor.
Gran idea.
Qué decisión tan madura y emocionalmente estable.
Me acomodé en la silla, cruzando las piernas con torpeza mientras intentaba ignorar el hecho de que él estaba ahí. Frente a mí. Real. Alto. Silencioso.
Demasiado silencioso.
—Esto es raro —solté.
Porque el silencio y yo no nos llevamos bien.
Nunca.
Él no pareció ofenderse.
—Un poco.
—Un poco no —corregí—. Bastante. Muy. Extremadamente.
El camarero apareció como si hubiera estado esperando este momento toda su vida.
—¿Desean ordenar algo más?
Levanté la taza de té frío con dos dedos.
—¿Existe la opción de… resucitar esto?
El camarero parpadeó.
Alex habló por primera vez desde que nos sentamos.
—Tráigale uno nuevo.
Lo dijo con tanta naturalidad que me giré a verlo.
—No tienes que—
—Llegué tarde —interrumpió, tranquilo—. Es lo mínimo.
Cerré la boca.
Porque… bueno.
No sabía qué decir a eso.
El camarero asintió y se fue.
Silencio otra vez.
Perfecto.
—Bueno —dije, apoyando los codos en la mesa—. Supongo que ahora viene la parte incómoda donde hablamos como dos desconocidos que claramente no saben cómo funcionan las citas.
—Somos dos desconocidos.
—Sí, pero ahora con contexto incómodo.
Otra vez ese casi gesto en sus labios.
No era una sonrisa completa.
Pero estaba ahí.
Pequeña.
Como si no estuviera acostumbrado a usarla.
—¿Siempre hablas así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras narrando lo que pasa.
Parpadeé.
—…sí.
—Entiendo.
—No, no entiendes —negué con una media risa—. Es un problema. Uno grande. Probablemente la razón por la que perdí mi trabajo.
Ahí.
Ahí se me escapó.
Otra vez.
Genial.
Bajé la mirada de inmediato, jugando con la servilleta.
—Lo siento —murmuré—. No quería poner eso sobre la mesa tan rápido. Es como… primera cita, hola, soy un desastre humano.
—No eres un desastre.
Alcé la vista.
Y me encontré con sus ojos.
Firmes.
Seguros.
Como si no lo estuviera diciendo por decirlo.
Como si realmente lo creyera.
Mi pecho hizo algo raro.
Otra vez.
—No me conoces —dije, más suave.
—Suficiente.
—¿Por chocar contigo?
—Por quedarte.
Eso me descolocó.
Completamente.
Porque… tenía razón.
Podía haberme ido.
Debí haberme ido.
Pero no lo hice.
Y no sabía por qué.
El camarero regresó con el té.
Gracias, universo, por salvarme de este momento emocional.
—Aquí tiene.
—Gracias —respondí rápido, casi demasiado rápido.
Tomé la taza como si fuera un ancla.
Como si me estuviera hundiendo.
Di un sorbo.
Caliente.
Real.
A diferencia de todo lo demás.
—Entonces —dije, buscando cambiar el tema antes de que mi corazón hiciera algo estúpido—. ¿A qué te dedicas cuando no llegas tarde a citas?
—Trabajo.
—Eso no responde nada.
—Ingeniero.
—Eso suena importante.
—Aeroespacial.
Casi escupo el té.
—¿Perdón?
—Ingeniero aeroespacial.
Lo miré.
Lo procesé.
Lo volví a mirar.
—¿Me estás diciendo que… construyes cosas que van al espacio?
—Algo así.
Me recosté en la silla, cruzándome de brazos.
—Claro. Por supuesto. Mi cita misteriosa resulta ser básicamente un científico del espacio. ¿Qué sigue? ¿Eres secretamente un espía?
—No.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Suspiré, mirando al techo.
—Esto es ridículo.
—¿Por qué?
Lo miré.
—Porque yo… —hice un gesto vago hacia mí misma— escribía artículos que nadie leía sobre libros que nadie compraba. Y tú… mandas cosas al espacio.
—No mando cosas al espacio.
—Pero podrías.
—Tal vez.
—Eso no ayuda.
Silencio.
Pero no incómodo.
No tanto como antes.
—¿Qué escribías? —preguntó.
Y ahí.
Ahí fue donde algo dentro de mí se tensó.
Porque esa pregunta…
Esa pregunta dolía.
—Cosas —respondí, encogiéndome de hombros—. Nada importante.
—Si lo escribías, lo era.
Fruncí el ceño.
—No tienes que hacer eso.
—¿Hacer qué?
—Ser amable.
—No estoy siendo amable.
—Entonces estás mintiendo.
—No miento.
Lo miré.
Él me sostuvo la mirada.
Y por alguna razón…
Le creí.
Lo cual era un problema.
Un gran problema.
Bajé la mirada a mi taza.
—Escribía historias —admití finalmente, en voz baja—. Bueno… intentaba.
Silencio.
Esperé la risa.
El típico “ah, qué lindo”.
El cambio de tema.
Pero no llegó.
—¿Intentabas?
Lo miré.
—Ya no puedo.
Otra vez esa mirada.
Esa que no juzga.
Esa que escucha.
—¿Por qué?
Negué con la cabeza.
—No es algo que se arregle con una conversación en una cafetería.
—Tal vez no.
—Definitivamente no.
—Aun así me gustaría escuchar.
Mi garganta se apretó un poco.
Porque nadie…
nadie decía eso.
Nadie se quedaba.
Nadie preguntaba dos veces.
—Tal vez otro día —dije.
Y no era una excusa.
No del todo.
Él asintió.
Sin insistir.
Sin presionar.
Solo…
respetando.
Y eso…
eso me desarmó más que cualquier otra cosa.
Pasaron unos minutos.
Hablamos.
De cosas simples.
Fáciles.
Seguras.
—Odio el café —dije.
—Estás en una cafetería.
—Lo sé. Es irónico. Me gusta el concepto, no el producto.