“Coincidencias que no lo son”
POV: Eleanor Whitmore
No estaba pensando en él.
Para nada.
Ni un poco.
Cero.
Absolutamente nada.
—¿Por qué estoy pensando en él? —murmuré, dejando caer la frente contra la mesa.
El sonido seco hizo eco en mi pequeño apartamento.
Mi cuaderno abierto frente a mí estaba… en blanco.
Otra vez.
Siempre en blanco.
Suspiré, girando el lápiz entre mis dedos.
—Vamos, Eleanor… escribe algo. Lo que sea. Una palabra. Un insulto. Una receta de té. Algo.
Silencio.
Ni una sola idea.
Perfecto.
Levanté la cabeza lentamente y miré la página como si fuera personalmente responsable de mi fracaso.
—Te odio —le dije.
La página no respondió.
Grosera.
Me dejé caer hacia atrás en la silla, mirando el techo.
Y ahí fue cuando pasó.
Sin aviso.
Sin permiso.
Su voz.
“¿Qué escribías?”
Cerré los ojos con fuerza.
—No —susurré—. No vamos a hacer esto.
Pero mi mente no pidió permiso.
Y lo vi otra vez.
Sentado frente a mí. Tranquilo. Observando sin juzgar. Escuchando de verdad.
Escuchando.
Bufé.
—Genial. Ahora también vive en mi cabeza.
Me levanté de golpe.
—Necesito aire.
El parque estaba tranquilo.
El tipo de tranquilidad que no exige nada de ti.
Perfecto.
Caminé sin rumbo, con las manos en los bolsillos y la mente… bueno, claramente traicionándome.
No sabía por qué había aceptado verlo otra vez.
No sabía por qué no me había ido.
No sabía por qué—
—No —me interrumpí en voz baja—. Sí sabes.
Porque no se sintió como siempre.
Porque no dolió.
Porque no tuve que fingir.
Suspiré.
—Eso no significa nada.
¿Verdad?
…¿verdad?
Seguí caminando hasta que encontré una banca.
Me senté.
Saqué mi cuaderno.
Lo abrí.
Página en blanco.
Otra vez.
—Te juro que si hoy tampoco escribo nada…
—Entonces será como ayer.
Mi corazón se detuvo.
Literalmente.
Se detuvo.
No me giré de inmediato.
Porque no podía.
Porque si no era él…
iba a ser muy triste.
Pero si sí era él…
iba a ser peor.
Respiré hondo.
Lentamente.
Giré la cabeza.
Y ahí estaba.
Alex.
De pie, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar.
Manos en los bolsillos.
Expresión tranquila.
Como si no acabara de aparecer en medio de mis pensamientos.
—…¿me estás siguiendo? —pregunté.
Porque claramente esa era la conclusión lógica.
—No.
—Eso diría alguien que sí lo hace.
—Vivo cerca.
—Claro. Por supuesto. Todo el mundo vive cerca cuando aparece en el momento exacto.
Se sentó a mi lado.
Sin pedir permiso.
Sin invadir.
Solo… estando.
Silencio.
Pero no incómodo.
Otra vez no.
—¿Vienes mucho aquí? —preguntó.
—Cuando necesito fingir que tengo mi vida bajo control.
—¿Funciona?
—No.
—Entiendo.
Lo miré de reojo.
—¿Y tú? ¿También vienes a fallar en paz?
—Vengo a pensar.
—Eso suena más productivo.
—No siempre lo es.
Pequeña pausa.
Miró mi cuaderno.
—¿Hoy tampoco?
Seguí su mirada.
La página en blanco parecía burlarse de mí otra vez.
—Hoy tampoco —admití.
Esperé el típico consejo.
El típico “solo escribe”.
El típico “inténtalo más”.
Pero no dijo nada de eso.
En cambio—
—¿Puedo?
Señaló el cuaderno.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Ver.
Mi primer instinto fue decir que no.
Rápido.
Defensivo.
Automático.
Pero…
no había nada que ver.
Literalmente.
Así que le extendí el cuaderno.
—Adelante. Disfruta de la nada.
Lo tomó con cuidado.
Como si fuera algo importante.
Eso ya era raro.
Pasó la página.
Otra en blanco.
Otra.
Otra.
Se detuvo.
—No dejaste de escribir —dijo.
Fruncí el ceño.
—Sí lo hice.
—No.
Giró el cuaderno hacia mí.
Y señaló algo.
Pequeño.
Casi invisible.
En la esquina.
Una frase.
Mi respiración se cortó.
Porque no recordaba haberla escrito.
"El problema no es que no tenga palabras… es que ninguna se siente como hogar."
Tragué saliva.
—Eso no cuenta —murmuré.
—Cuenta.
—Es solo… algo.
—Es tuyo.
Lo miré.
Y esa sensación…
esa peligrosa, cálida, desconocida sensación…
volvió.
—No deberías hacer eso —dije en voz baja.
—¿Qué?
—Hacer que parezca importante.
—Lo es.
—No para nadie más.
—No hablé de los demás.
Silencio.
Mi pecho se sintió… apretado.
Pero no de tristeza.
De algo más.
Algo que no sabía manejar.
—Eres raro —solté.
—Lo sé.
—Eso no fue un cumplido.
—No lo tomé como uno.
Lo miré.
Y por alguna razón…
sonreí.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije.
—¿Qué?
—Que ahora siento que tengo que escribir algo decente porque tú viste eso.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
—¿Por qué?
Lo miré.
Directo.
—Porque tú lo leíste como si importara.
Silencio.
Uno largo.
Uno que dijo más que cualquier cosa.
Alex cerró el cuaderno y me lo devolvió.
—Entonces escribe algo que lo haga.
Mi corazón hizo algo estúpido.
Otra vez.
—No es tan fácil.
—No dije que lo fuera.
—¿Y si no puedo?
—Puedes.
—¿Y si no?
Me miró.
Y esta vez…
no hubo duda.
—Entonces te quedarás hasta que salga.
Y ahí.
Ahí fue donde todo cambió.
Porque nadie…
nadie se quedaba.
Nadie esperaba.