Donde tu voz aún vive

✨ CAPÍTULO 4

“Dos meses sin gravedad”
POV: Eleanor Whitmore

Dos meses.

Dos meses.

Sesenta días.
Ocho semanas.
Demasiadas veces mirando el teléfono sin razón.

—No es para tanto —murmuré, cerrando el cuaderno de golpe.

Mentira.

Sí era para tanto.

Porque no fue una despedida.

No fue un “voy a estar ocupado”.
No fue un “nos vemos luego”.

Fue…

nada.

Simplemente…

desapareció.

Como si nunca hubiera estado.

Como si yo lo hubiera inventado en uno de mis intentos fallidos de escribir algo con sentido.

Me levanté de la cama con un suspiro pesado.

—Perfecto, Eleanor. Felicidades. Lograste encariñarte con un hombre que claramente pertenece al espacio. Muy simbólico. Muy trágico. Muy tú.

Fui a la cocina.

Abrí la alacena.

La cerré.

La volví a abrir.

—¿Qué se supone que estoy buscando? ¿Comida o estabilidad emocional?

Cerré de golpe.

Ninguna de las dos estaba ahí.

Escribir se volvió…

diferente.

No mejor.

Pero diferente.

Ya no era solo vacío.

Ahora dolía.

Porque cada vez que intentaba escribir…

aparecía él.

En cada línea.

En cada pausa.

En cada palabra que no terminaba.

"Porque quiero."

Apreté el lápiz con fuerza.

—Eres un idiota —murmuré.

No sabía si hablaba de él…

o de mí.

Esa noche llovía.

Claro que sí.

Porque el universo tiene un sentido del drama impecable.

Salí igual.

Porque quedarme encerrada significaba pensar.

Y pensar…

no era una buena idea.

Caminé sin rumbo, el sonido de la lluvia golpeando el suelo, los paraguas, mi abrigo.

Todo gris.

Todo igual.

Todo—

—Mira por dónde vas.

Choqué con alguien.

Otra vez.

Porque aparentemente esa era mi habilidad especial.

—Lo siento, yo—

Me detuve.

Mi corazón…

se detuvo.

No.

No.

No.

No podía ser.

No después de—

—Eleanor.

Esa voz.

Esa maldita voz.

Levanté la mirada lentamente.

Y ahí estaba.

Alex.

Empapado por la lluvia.
Cabello ligeramente desordenado.
Respiración un poco agitada, como si hubiera estado caminando rápido… o buscándome.

Mi pecho explotó en mil cosas al mismo tiempo.

Rabia.

Alivio.

Confusión.

Algo más.

Algo peligroso.

—No —dije, dando un paso atrás.

Él frunció el ceño.

—¿Qué?

—No. No puedes hacer eso.

—¿Hacer qué?

Reí.

Pero no fue una risa bonita.

—¿Aparecer? ¿Después de dos meses? ¿Como si nada?

Silencio.

La lluvia caía más fuerte.

Perfecto.

Más dramático imposible.

—Desapareciste —continué, mi voz temblando pese a que intentaba mantenerla firme—. Literalmente desapareciste. Y ahora vienes aquí, dices mi nombre y… ¿qué? ¿Esperas que sonría?

Él no se movió.

No se defendió.

No interrumpió.

Solo…

escuchó.

Eso lo hizo peor.

—Di algo —exigí.

—Entrenamiento.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Me asignaron entrenamiento fuera.

—¿Y?

—No podía usar el teléfono.

—¿Durante dos meses?

—Sí.

Solté una risa incrédula.

—Claro. Por supuesto. El hombre del espacio no puede usar un teléfono. Tiene sentido.

—Eleanor—

—No —lo interrumpí—. No me hagas esto. No me mires así como si… como si esto fuera normal.

—No lo es.

—Entonces explícalo mejor.

Silencio.

Uno pesado.

Uno real.

Y entonces dijo:

—No quería escribirte algo que no pudiera sostener.

Eso…

eso me desarmó un poco.

Pero no lo suficiente.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí sí.

—Pues para mí no.

—Lo sé.

La lluvia seguía cayendo.

Más fría ahora.

O tal vez era yo.

—Pensé que no volverías —murmuré, odiando lo débil que sonaba.

Él dio un paso hacia mí.

Instintivamente retrocedí.

Se detuvo de inmediato.

Respetando la distancia.

Siempre.

—Estoy aquí —dijo.

—Ahora.

—Sí.

—¿Y luego qué? ¿Te vuelves a ir? ¿Desapareces otra vez?

Silencio.

No respondió.

Y eso…

eso dolió más que cualquier cosa.

Asentí lentamente.

—Claro.

Bajé la mirada, riéndome sin humor.

—Claro que sí. Qué estaba esperando.

Me giré.

Lista para irme.

Para proteger lo poco que quedaba intacto.

Pero entonces—

—Escribiste.

Me congelé.

—¿Qué?

—Escribiste —repitió.

Lentamente me giré.

—¿Cómo…?

Él metió la mano en su chaqueta.

Y sacó algo.

Mi respiración se detuvo.

Mi cuaderno.

Mi cuaderno.

—Lo olvidaste en el parque —dijo—. Volví al día siguiente.

Mi corazón empezó a latir más fuerte.

—Lo leí.

Silencio.

Total.

Absoluto.

—No tenías derecho —susurré.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

Me miró.

Y ahí estaba.

Esa intensidad tranquila.

Esa honestidad peligrosa.

—Porque eras tú.

Mi pecho dolió.

—Eso no es una razón.

—Para mí sí.

—¿Y qué? ¿Lo analizaste? ¿Lo corregiste? ¿Llegaste a la conclusión de que soy un desastre también en eso?

—No.

Se acercó un paso.

Lento.

Cuidado.

—Leí a alguien que volvió a sentir.

Tragué saliva.

—Eso no significa nada.

—Significa todo.

—No para ti.

—Especialmente para mí.

Silencio.

La lluvia ya no importaba.

Nada importaba.

Solo él.

Solo esto.

—¿Por qué? —pregunté, casi en un susurro—. ¿Por qué te importa tanto?

Pequeña pausa.

Una donde el mundo entero pareció esperar.

Y entonces—

—Porque quiero quedarme.

Mi corazón…




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