Donde tu voz aún vive

✨ CAPÍTULO 5

“Lo que pesa quedarse”
POV: Eleanor Whitmore

La lluvia no paró.

Pero nosotros tampoco nos fuimos.

No inmediatamente.

Nos refugiamos bajo el pequeño techo de una parada de autobús, lo suficientemente cerca como para no mojarnos del todo… y lo suficientemente lejos como para que el silencio no nos ahogara.

Sostenía mi cuaderno contra el pecho.

Como si fuera algo frágil.

Como si él pudiera volver a quitármelo.

Como si… lo que había dentro importara demasiado ahora.

Alex estaba frente a mí.

Manos en los bolsillos.

Empapado igual.

Tranquilo… como siempre.

Pero no igual.

Había algo más en su mirada.

Algo que no estaba antes.

—Habla —dije finalmente—. Porque si no lo haces, voy a asumir lo peor.

—Siempre asumes lo peor.

—Me ha funcionado hasta ahora.

Pequeña pausa.

—No es cierto.

Fruncí el ceño.

—¿Perdón?

—No te ha funcionado —repitió—. Solo te ha protegido.

Eso…

eso fue un golpe bajo.

—No te pedí análisis psicológico.

—No es análisis.

—Entonces deja de acertar tanto.

Silencio.

Respiré hondo.

—Empieza —murmuré—. Tu mundo. Ese donde desapareces dos meses como si nada.

Él no respondió de inmediato.

Miró hacia la lluvia.

Como si organizara las palabras.

Como si no estuviera acostumbrado a decirlas.

—Cuando entras en entrenamiento —empezó—, dejas de tener una vida normal.

—Eso ya lo noté.

—No es solo estar ocupado.

—Entonces explícame.

Me miró.

Directo.

—Te aíslan.

Mi expresión cambió.

—¿Cómo que te aíslan?

—Controlan el tiempo, las comunicaciones, el acceso. Todo.

—Eso suena… extremo.

—Lo es.

—¿Y no puedes decir “oye, voy a desaparecer dos meses, no te asustes”?

—Podría.

—¿Y?

Silencio.

Ahí estaba.

La parte importante.

—No quería darte algo a medias.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Si te escribía… no podía responder después. No podía sostener una conversación. No podía estar.

—Eso no es una razón para no decir nada.

—Para mí sí.

—Pues para mí no —repetí, más suave esta vez.

—Lo sé.

Me crucé de brazos.

—Entonces básicamente decidiste por mí.

—Sí.

—Eso es horrible.

—Lo sé.

—Y aun así lo hiciste.

—Sí.

Lo miré, incrédula.

—Eres increíblemente terco.

—También lo sé.

Solté una pequeña risa sin ganas.

—Al menos eres consistente.

Silencio.

Pero esta vez…

no era pesado.

Era… real.

—¿Y siempre es así? —pregunté—. ¿Siempre te vas? ¿Siempre dejas todo en pausa?

—Sí.

—¿Y vuelves?

—Sí.

—¿Y esperas que todo siga ahí?

Pequeña pausa.

—No.

Eso me sorprendió.

—¿No?

—Espero que haya cambiado.

—Eso es aún peor.

—Es más honesto.

Lo miré.

Y odié… lo mucho que tenía sentido.

—Entonces amar a alguien como tú es…

No terminé la frase.

Pero él lo hizo por mí.

—Difícil.

Silencio.

—Injusto —añadí.

—A veces.

—¿Y tú? —pregunté, inclinándome un poco hacia él—. ¿Te parece justo?

—No.

—Entonces, ¿por qué lo harías?

Me sostuvo la mirada.

Sin dudar.

—Porque vale la pena.

Mi corazón…

otra vez.

Maldita sea.

—No sabes eso —murmuré.

—Sí lo sé.

—¿Por qué?

Silencio.

Y luego—

—Porque tú lo eres.

Ahí.

Ahí fue donde todo se volvió peligroso.

Porque esa no era una frase bonita.

Era una convicción.

Y eso…

eso da miedo.

Bajé la mirada.

Apreté el cuaderno contra mí.

—Mi mundo no es así —dije después de un momento—. No es grande. No es importante. No tiene… misiones.

—No tiene que tenerlas.

—Para ti tal vez no.

—Para mí tampoco.

Negué con la cabeza.

—No entiendes.

—Explícame.

Suspiré.

—Mi mundo es… pequeño.

Silencio.

—Era una oficina con luces frías y gente que no leía lo que yo escribía.

—Aun así escribías.

—Sí, pero no importaba.

—Para ellos.

—Para nadie.

—Para ti sí.

—Ya no.

Eso dolió decirlo.

Más de lo que esperaba.

—¿Por qué?

Me reí suavemente.

—Porque escribir era lo único que hacía bien… y lo perdí.

—No lo perdiste.

—No puedo hacerlo.

—Lo hiciste.

—Una frase no cuenta.

—Cuenta más de lo que crees.

Lo miré.

—No quiero escribir cosas bonitas.

—Entonces no lo hagas.

—Quiero escribir cosas que… se sientan.

—Entonces escribe eso.

—No sé cómo.

Silencio.

Uno largo.

Uno honesto.

—Enséñame —dije de pronto.

Él parpadeó.

—¿Qué?

—Tu mundo.

Pequeña pausa.

—¿Por qué?

—Porque tú ya entraste al mío —levanté ligeramente el cuaderno— sin permiso.

Casi sonrió.

—Eso es cierto.

—Así que ahora te toca.

—No es un mundo fácil.

—El mío tampoco.

—El mío te va a asustar.

—El mío también.

Silencio.

Y entonces—

—De acuerdo —dijo.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿De acuerdo?

—Te enseñaré.

—¿Todo?

—Lo que pueda.

—¿Incluso lo difícil?

—Especialmente eso.

Lo miré.

Y por alguna razón…

no tuve miedo.

No de él.

No de su mundo.

Tal vez… de lo que podía significar.

—Entonces tú también tienes que escuchar —añadí.

—Lo hago.

—No —negué—. Escuchar de verdad.

—Lo hago.

—Incluso cuando no tenga sentido.

—Especialmente ahí.

—Incluso cuando no sea bonito.

—Ahí más.

Silencio.

Uno suave.

Uno… cálido.

—Entonces estamos en problemas —murmuré.

—Sí.

—Porque esto ya no es una coincidencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.