“Cosas que no se marchitan”
POV: Eleanor Whitmore
No sabía por qué estaba nerviosa.
Bueno, sí sabía.
Pero no quería admitirlo.
—No es una cita —murmuré, mirándome al espejo por quinta vez—. Es… una salida. Técnica. Educativa. Científica.
Pausa.
—Con el hombre que desapareció dos meses y volvió como si nada.
Suspiré.
—Genial.
Me acomodé el cabello, intentando domar mis rizos sin éxito.
—Esto está bien. Todo está bien. No estoy emocionada.
Mentira.
Lo estaba.
Y eso ya era peligroso.
Llegué al punto que él me había indicado.
Un edificio.
Grande.
Moderno.
Demasiado… serio para alguien como yo.
—Claro —murmuré—. Por supuesto que trabaja en un lugar que parece una mezcla entre película de ciencia ficción y decisión de vida estable.
—No es tan impresionante por dentro.
Me giré de golpe.
—¡Dios!
Alex estaba ahí.
Otra vez apareciendo como si el universo lo colocara justo en mis puntos débiles.
—Deja de hacer eso —dije, llevándome una mano al pecho—. Un día me vas a matar de un susto.
—No es mi intención.
—Pues lo logras.
Silencio.
Lo miré.
Él me miró.
Y ahí estaba otra vez.
Esa calma.
Esa presencia que… estabilizaba todo.
—Llegaste temprano —dijo.
—Aprendí de los errores del pasado.
—Yo también.
Pequeña pausa.
Y entonces—
Me di cuenta.
—¿Qué tienes ahí?
Él miró su mano.
Como si hubiera olvidado que sostenía algo.
Y luego… me lo extendió.
Un ramo.
Mi corazón se detuvo.
Gerberas.
Pero no como las normales.
Eran… distintas.
Perfectas.
Intactas.
Como si el tiempo no las tocara.
—Son… —me acerqué un poco, confundida— ¿reales?
—No se marchitan.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—Son preservadas.
Las miré.
Con cuidado.
Como si fueran a desaparecer si respiraba muy fuerte.
—Son gerberas… —susurré.
—Sí.
—Yo… mencioné eso una vez.
—Lo recuerdo.
Mi pecho hizo algo suave.
Algo peligroso.
—Soy alérgica —añadí, casi por reflejo.
—Lo sé.
—Entonces… esto es—
—Para que puedas tenerlas sin que te lastimen.
Silencio.
Uno largo.
Uno que dolía de lo bonito que era.
—No tenías que hacer esto —murmuré.
—Quise hacerlo.
Levanté la mirada.
—Eres consciente de que esto es peligrosamente encantador, ¿verdad?
—No lo hice para eso.
—Peor todavía.
Una pequeña pausa.
—¿Te gustan?
Miré el ramo otra vez.
Y esta vez…
no fue solo verlo.
Fue sentirlo.
—Sí —susurré—. Mucho.
—Bien.
Se hizo un pequeño silencio.
Y entonces, porque soy yo y no puedo dejar las cosas simples—
—¿Sabes lo que significan?
Él dudó.
Apenas.
Pero lo noté.
—No.
Entrecerré los ojos.
—¿No?
—Son flores.
—Sí, gracias, científico del espacio.
—No investigué más.
Lo miré.
Sospechando.
—Mmm.
Él sostuvo mi mirada.
Tranquilo.
Impenetrable.
Mentiroso.
Y no supe por qué…
pero decidí no presionar.
—Bueno —dije, abrazando ligeramente el ramo contra mí—. Entonces les voy a dar mi propio significado.
—¿Cuál?
Lo pensé un segundo.
—Que alguien… prestó atención.
Silencio.
Y esta vez…
él sí sonrió.
Pequeño.
Pero real.
Entramos al edificio.
Todo era blanco, limpio, silencioso.
Tecnología por todos lados.
Pantallas.
Luces.
Personas que claramente sabían lo que hacían.
Yo no.
—No encajo aquí —murmuré.
—Sí encajas.
—Alex.
—¿Sí?
—Estoy sosteniendo flores eternas en un lugar donde probablemente construyen cosas que salen del planeta.
—Sigue encajando.
—Eso no tiene sentido.
—Para mí sí.
Rodé los ojos.
Pero sonreí.
Un poco.
Me mostró cosas.
Salas.
Simuladores.
Espacios que parecían sacados de otro mundo.
Y él…
era distinto ahí.
Más enfocado.
Más… él.
—Aquí entrenamos resistencia —explicó.
—¿Resistencia a qué? ¿A no morir en el espacio?
—También.
—Genial. Muy tranquilizador.
Pequeña pausa.
—¿Te asusta?
Lo pensé.
Miré todo a mi alrededor.
Lo miré a él.
—Sí.
—¿Quieres irte?
Negué.
—No.
—¿Por qué?
Apreté un poco más el ramo.
—Porque quiero entenderlo.
Silencio.
Uno suave.
—No tienes que hacerlo todo hoy.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué quedarte?
Lo miré.
Y esta vez…
no dudé.
—Porque tú te quedaste conmigo.
Silencio.
Uno que lo dijo todo.
Más tarde…
subimos a la azotea.
Londres brillaba abajo.
Las luces.
El ruido lejano.
El mundo.
Y encima…
el cielo.
—No se ve igual que desde allá arriba —dijo.
—Obviamente.
—Pero sigue siendo el mismo.
Lo miré.
—¿Cómo es?
Pequeña pausa.
—Tranquilo.
—¿El espacio?
—Sí.
—¿Más que aquí?
—Mucho más.
—Eso suena… solitario.
—A veces.
—¿Y te gusta?
Pensó un momento.
—Me gusta entenderlo.
—Eso es muy tú.
Silencio.
El viento movió ligeramente mi cabello.
Sostuve las flores más cerca.
—Alex…
—¿Sí?
—Si algún día te vas otra vez…
Pequeña pausa.
—Lo haré.
Asentí.
Porque sabía que era verdad.
—Entonces… deja algo.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Algo?
Levanté el ramo.
—Algo que no desaparezca.
Silencio.
Uno profundo.
Uno importante.
—Lo haré.
Y esta vez…
le creí.