“Como si no pesara nada”
POV: Eleanor Whitmore
—Aún no terminamos.
Fruncí el ceño, mirando la puerta frente a nosotros.
—¿Cómo que no? Ya vi suficientes cosas futuristas para sentirme intelectualmente inferior por una semana.
—Falta algo.
—Eso suena sospechoso.
Alex no respondió.
Solo sacó una tarjeta y la pasó por el lector.
Bip.
La puerta se abrió lentamente.
—¿Por qué no hay nadie? —pregunté, mirando el pasillo vacío al otro lado—. Este lugar siempre parece una colmena de genios trabajando.
—Pedí permiso.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Para usar esta área solo.
Lo miré.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Para qué?
Pequeña pausa.
Y entonces—
—Para enseñarte.
Mi corazón hizo eso.
Otra vez.
Ese pequeño salto traicionero.
—Alex…
Pero él ya estaba caminando.
Y yo… lo seguí.
Porque claro que lo hice.
El lugar era distinto.
Más amplio.
Más… contenido.
Como si todo ahí tuviera un propósito específico.
—Esto es un ala de simulación —explicó—. Entrenamos cómo se siente estar dentro de la nave en microgravedad.
Parpadeé.
—¿Micro… qué?
—Como si no hubiera peso.
Me detuve.
—¿Como flotar?
—Sí.
Mi corazón se encogió.
—Eso… suena increíble.
—Lo es.
Miré el espacio.
Las estructuras.
Las correas.
Los sistemas.
Todo preparado para algo que yo…
no podía imaginar completamente.
—¿Y tú haces esto? —pregunté en voz baja.
—Sí.
—¿Siempre?
—Parte del entrenamiento.
Silencio.
Uno distinto.
Más interno.
Más… mío.
—Quiero intentarlo.
Las palabras salieron solas.
Rápidas.
Honestas.
Y en el segundo siguiente…
me arrepentí.
Porque la realidad llegó.
Como siempre.
Pesada.
Presente.
Miré el suelo.
—Olvídalo —murmuré, dando un pequeño paso atrás—. No es para mí.
Silencio.
Alex no dijo nada de inmediato.
—¿Por qué? —preguntó finalmente.
Me reí.
Suave.
Sin humor.
—Vamos, Alex.
—Dímelo.
Apreté los labios.
—Porque no todos estamos hechos para flotar.
Él frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene.
—No.
—Sí.
Levanté la mirada.
Y ahí estaba.
Ese momento incómodo.
Ese que odio.
Ese donde tengo que decirlo.
—No voy a caber —dije, más bajo—. No voy a moverme igual. No voy a verme como… —hice un gesto vago— como se supone que se ve alguien ahí.
Silencio.
Uno pesado.
Uno que me hacía querer desaparecer.
—Eleanor.
—No pasa nada —me apresuré a decir—. En serio. No todo es para todos. Está bien. Yo puedo… mirar. Eso ya es suficiente.
—No.
Parpadeé.
—¿Qué?
—No es suficiente.
—Para ti tal vez no.
—Para ti tampoco.
—Alex—
—Ven.
Extendió la mano.
Me quedé quieta.
—No.
—Confía en mí.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—Eso es exactamente lo que dicen antes de que alguien haga el ridículo.
—No vas a hacerlo.
—No puedes saber eso.
—Sí puedo.
—¿Cómo?
Pequeña pausa.
Y entonces—
—Porque te voy a sostener.
Silencio.
Mi respiración se desordenó.
—Eso no cambia nada.
—Cambia todo.
—No quiero arruinarlo.
—No puedes.
—No encajo aquí.
—Sí encajas.
—No como los demás.
—No necesitas hacerlo.
—Entonces, ¿cómo?
Me miró.
Directo.
Firme.
—Como tú.
Silencio.
Uno largo.
Uno que dolía.
Porque era demasiado.
Porque era verdad.
Porque yo…
no sabía cómo creerlo.
—Alex… —susurré.
—Solo intenta.
Mi mirada bajó a su mano.
Extendida.
Esperando.
No exigiendo.
No empujando.
Solo…
ahí.
Como él.
Siempre.
Respiré hondo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y entonces—
La tomé.
El proceso fue… extraño.
Arneses.
Indicaciones.
Sistemas que no entendía del todo.
Pero él estaba ahí.
Todo el tiempo.
Explicando.
Ajustando.
Asegurándose.
—No te voy a soltar —dijo en voz baja.
—Más te vale.
—No lo haré.
Y por alguna razón…
le creí.
Cuando empezó…
todo cambió.
Mi cuerpo…
se volvió ligero.
Extraño.
Como si no fuera completamente mío.
—Alex— —mi voz salió entrecortada—.
—Estoy aquí.
—No siento el suelo.
—No lo necesitas.
—Esto es raro.
—Lo sé.
—Esto es… —me reí, nerviosa— esto es increíble.
Silencio.
Pero no vacío.
Lleno.
Vivo.
—Mírate —dijo.
—No quiero.
—Hazlo.
Bajé la mirada.
Y ahí estaba.
Yo.
Flotando.
No perfecta.
No como en las películas.
Pero…
ahí.
—Estoy… flotando —susurré.
—Sí.
—Yo estoy flotando.
—Sí.
Mi risa salió sola.
Libre.
Real.
—¡Estoy flotando!
Y en ese momento…
no pensé en mi cuerpo.
No pensé en cómo me veía.
No pensé en nada de eso.
Solo…
sentí.
—Alex —dije, girando un poco torpemente hacia él—. Esto es… esto es—
No terminé la frase.
Porque lo vi.
Mirándome.
De esa forma.
Esa que ya conocía.
Esa que decía demasiado.
—Lo sé —murmuró.
—Gracias.
—No tienes que—
—Sí tengo.
Silencio.
Uno suave.
Uno que se quedó entre nosotros.
—Pensé que no podría —admití.
—Pensaste mal.
—Lo hago seguido.
—No aquí.
—¿Por qué?
Pequeña pausa.
Y entonces—
—Porque aquí… no pesa.
Mi pecho se apretó.
Pero no de dolor.