“Algo que perder”
POV: Alex Carter
Sabía que estaban hablando.
No necesitaba escucharlos.
Lo sentía.
Las miradas.
Las pausas.
El silencio que se formaba cuando pasaba.
Demasiado evidente.
Demasiado… molesto.
Seguí caminando por el pasillo como si nada.
Como siempre.
Control.
Rutina.
Orden.
Hasta que—
—Oye, Romeo.
Me detuve.
Lento.
Giré apenas la cabeza.
Ahí estaba.
Daniel.
Sonriendo como si su propósito en la vida fuera molestarme.
—No te llames así —dije.
—¿Prefieres astronauta enamorado?
Silencio.
—No estoy enamorado.
—Claro que no.
—No lo estoy.
—La negación es parte del proceso.
—No hay proceso.
Daniel soltó una risa baja.
—Pediste un ala completa para una chica.
—Tenía autorización.
—La usaste para una cita.
—No fue una cita.
—La cargaste por medio edificio.
Silencio.
—Estaba herida.
—La llevaste al médico.
—Era necesario.
—Aceptaste que era tu novia.
Silencio.
Más pesado.
—No lo corregí.
—Eso es peor.
Lo miré.
Fijo.
—¿Qué quieres, Daniel?
Sonrió.
Más.
Peor.
—Nada.
Pausa.
—Solo estoy… observando.
—Deja de hacerlo.
—No puedo.
—Hazlo.
—No quiero.
Silencio.
—Te ves diferente.
—No lo estoy.
—Sí lo estás.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Exhalé.
Lento.
—No es asunto tuyo.
—Lo es cuando el tipo más frío de la base empieza a actuar como si—
Se detuvo.
Sonrió.
—Como si alguien le importara.
Silencio.
Algo dentro de mí…
se tensó.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no sabes nada.
—Sé suficiente.
—No.
—Sí.
—No.
—Alex —su voz bajó—. Tiene que ser alguien especial.
Silencio.
No respondí.
No podía.
Porque sabía…
que tenía razón.
Y eso era exactamente el problema.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—No importa.
—Importa.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Te gusta.
Silencio.
Más largo.
Más incómodo.
Más real.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
No respondí.
Porque no tenía una respuesta simple.
Porque no era simple.
Porque con ella…
nada lo era.
Daniel ladeó la cabeza.
Observándome.
Analizando.
—Estás perdido.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Te importa.
Silencio.
Mi mandíbula se tensó.
—No voy a discutir esto contigo.
—Porque tengo razón.
—Porque es irrelevante.
—No lo es.
—Lo es.
—No lo es.
—Lo es.
—Alex.
Su tono cambió.
Menos burla.
Más… serio.
—Ten cuidado.
Fruncí el ceño.
—¿Con qué?
—Con eso.
—¿Qué cosa?
—Con tener algo que perder.
Silencio.
Pesado.
Real.
Incómodo.
—No lo tengo.
—Ya lo tienes.
—No.
—Sí.
—No.
—La chica.
Silencio.
—No la metas en esto.
—Ya está en esto.
—No.
—Sí.
—No.
—La trajiste aquí.
—No fue—
—Pediste un ala completa para ella.
Silencio.
—La cargaste.
Silencio.
—La cuidaste.
Silencio.
—No la negaste.
Silencio.
Cada palabra…
más pesada que la anterior.
—Alex…
Pausa.
—Eso no es nada.
No respondí.
Porque lo sabía.
Sabía que no era “nada”.
Sabía que era—
—Todo.
Maldita sea.
—No sabes de qué hablas.
—Sé exactamente de qué hablo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—¿Qué vas a hacer cuando se vaya?
Silencio.
El aire cambió.
—No se va a quedar aquí.
—Lo sé.
—Esto no es su mundo.
—Lo sé.
—Esto no es—
—Lo sé.
—Entonces—
—¿Qué vas a hacer?
Silencio.
No tenía respuesta.
Porque no había pensado tan lejos.
Porque no quería.
Porque pensar en eso…
dolía.
Antes de que siquiera pasara.
Daniel lo vio.
Claro que lo vio.
—Exacto.
Silencio.
—No empieces algo que no puedes terminar.
Le sostuve la mirada.
Firme.
—No estoy empezando nada.
Sonrió.
Lento.
Seguro.
—Ya empezaste.
Y eso…
eso fue lo peor.
Me di la vuelta.
Sin decir nada más.
Pero por primera vez en mucho tiempo…
no estaba pensando en misiones.
Ni en cálculos.
Ni en procedimientos.
Solo en ella.
En su risa.
En su voz.
En cómo dijo que le gustaban las gerberas.
En cómo se veía flotando.
En cómo—
—Maldita sea.
Daniel tenía razón en una cosa.
Solo una.
Y eso era suficiente para arruinar todo.
Tenía algo que perder.