“Quédate”
POV: Alex Carter
Luces blancas.
Demasiado brillantes.
Demasiado frías.
El sonido constante de máquinas que no entendía del todo…
pero que necesitaba escuchar.
Porque significaban una cosa.
Seguía aquí.
No me moví.
No desde que la dejaron en esa cama.
No desde que la puerta se cerró después de llevarla a urgencias.
No desde que solté su mano.
Y aún así…
sentía que seguía sosteniéndola.
—Señor.
Levanté la mirada.
El doctor.
Serio.
Profesional.
—Necesitamos hablar.
Me puse de pie.
—¿Está bien?
Silencio.
Ese maldito silencio.
—Está estable.
No fue suficiente.
—¿Qué pasó?
El doctor tomó aire.
—Presenta síntomas compatibles con un evento neurológico.
Mi mandíbula se tensó.
—Explique.
—Pérdida de movilidad en un lado del cuerpo, dificultad para hablar, asimetría facial… —hizo una pausa breve—. Necesitamos hacer estudios para confirmar, pero todo apunta a un episodio cerebrovascular.
Las palabras no eran desconocidas.
Pero se sentían distintas ahora.
Más pesadas.
Más personales.
—¿Es… grave?
—Puede serlo.
Silencio.
—La rapidez con la que recibió atención fue clave —añadió—. Eso juega a su favor.
Eso.
Eso importaba.
Eso era lo único que importaba.
—¿Puede recuperarse?
—Es pronto para asegurarlo —respondió con honestidad—. Pero hay posibilidades. Dependerá de varios factores… y del tratamiento.
Asentí.
Lento.
Controlado.
Como si eso fuera suficiente para sostener todo lo que estaba pasando.
No lo era.
—¿Puedo verla?
—En unos minutos.
Asentí otra vez.
El doctor se fue.
Y el mundo volvió a quedarse…
demasiado silencioso.
—¡Alex!
Giré.
Las vi.
Marina llegó primero.
Agitada.
Con los ojos abiertos de par en par.
Detrás, Lila.
Más callada.
Pero más pálida.
Más… consciente.
—¿Dónde está? —preguntó Marina, casi sin aire.
—En observación.
—¿Qué pasó?
Silencio.
No sabía cómo decirlo.
No sabía cómo ponerlo en palabras sin que sonara peor.
—Colapsó en su casa.
—¿Colapsó cómo? —la voz de Marina tembló.
—No podía moverse… ni hablar.
Silencio.
Pesado.
Brutal.
Lila cerró los ojos un segundo.
—¿Un derrame? —preguntó, en voz baja.
No respondí.
Pero no hacía falta.
—No… —susurró Marina, llevándose las manos a la cabeza—. No, no, no…
—Está estable —dije, firme.
Ambas me miraron.
—Llegaron a tiempo.
Eso las sostuvo.
Un poco.
Solo un poco.
—Está sola —preguntó Lila.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Familia.
Silencio.
Y entonces…
recordé.
Eleanor riéndose.
Eleanor cambiando de tema.
Eleanor evitando ciertas preguntas.
—No tiene.
Sus rostros cambiaron.
—Sus padres murieron —añadió Lila, suave—. Hace años. Es hija única.
Algo en mi pecho…
se hundió.
Más.
Mucho más.
Porque eso significaba—
—Está sola.
—No —dije.
Más rápido de lo que pensé.
Más firme de lo que esperaba.
Ambas me miraron.
—No lo está.
Silencio.
Lila fue la primera en entender.
Marina después.
—Te quedaste —murmuró Marina.
No respondí.
Porque no era una decisión.
No había otra opción.
—Pueden pasar.
La voz de la enfermera nos hizo girar.
—Pero solo uno a la vez.
Las miré.
—Vayan.
—No —dijo Lila—. Tú primero.
—Deberían—
—Tú la trajiste.
Silencio.
—Tú la salvaste —añadió Marina, más suave.
Negué con la cabeza.
—No—
—Alex.
Lila dio un paso al frente.
—Entra.
La habitación era más pequeña.
Más silenciosa.
Más… real.
Ahí estaba.
Eleanor.
En la cama.
Inmóvil.
Demasiado quieta.
Su rostro…
seguía ligeramente desviado.
Su respiración…
más controlada ahora.
Pero no natural.
No como antes.
No como debería.
Me acerqué.
Lento.
Como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo.
—Eleanor.
Sus ojos se movieron.
Despacio.
Hasta encontrarme.
Ahí.
Presente.
Consciente.
Y eso—
eso fue suficiente para que algo dentro de mí cediera.
—Hola.
Mi voz no sonó como la mía.
—Estoy aquí.
Di un paso más.
Tomé su mano.
La que podía moverse.
—Llegaste rápido —murmuré.
Intentó hablar.
No pudo.
Su ceño se frunció.
Frustración.
—No.
Negué suave.
—No te esfuerces.
Mi pulgar rozó su piel.
—No tienes que hablar.
Sus ojos no se apartaban de mí.
—Te entiendo igual.
Silencio.
Uno distinto.
Más suave.
Más… lleno.
—Vas a estar bien.
No sabía si era verdad.
Pero lo dije igual.
—Voy a quedarme.
Pausa.
—No me voy a ir.
Y esta vez…
no era impulso.
No era reacción.
Era una decisión.
Sus dedos se cerraron débilmente alrededor de los míos.
Como si—
como si creyera.
Y yo…
no iba a romper eso.