“Lo que viene ahora”
POV: Alex Carter
La puerta se cerró detrás de mí con suavidad.
Pero el sonido…
igual se sintió demasiado fuerte.
Eleanor estaba ahí.
Exactamente donde la había dejado.
Pero no era igual.
Nada lo era.
Sus ojos me encontraron de inmediato.
Y algo en su expresión—
se rompió.
Alivio.
Miedo.
Frustración.
Todo junto.
—Hola —murmuré, acercándome despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer—. Volví.
Su labio tembló.
Intentó hablar.
No pudo.
Y entonces—
Lo vi.
Un pequeño hilo de saliva cayendo por el lado de su boca.
Porque esa mitad…
no respondía.
Mi pecho se apretó.
Pero no dudé.
Tomé una gasa.
Y con cuidado—
la limpié.
Como si fuera lo más normal del mundo.
Como si no me estuviera rompiendo por dentro.
—No pasa nada —susurré—. Está bien.
No lo estaba.
Pero ella no necesitaba escuchar eso.
La puerta se abrió.
El doctor entró.
Con una tableta en la mano.
Serio.
Profesional.
—Señor Carter —asintió—. Señorita Eleanor.
Me enderecé apenas.
—Explique.
Directo.
Claro.
Sin rodeos.
El doctor asintió.
Como si esperara eso.
—Lo que sufrió fue un evento cerebrovascular, comúnmente conocido como derrame cerebral.
Silencio.
Pesado.
—En términos simples —continuó—, una parte del cerebro dejó de recibir el flujo sanguíneo adecuado durante un periodo de tiempo, lo que afectó las funciones que controla esa zona.
Miré a Eleanor.
Sus ojos estaban fijos en él.
Intentando entender.
—En su caso —siguió el doctor—, la zona afectada está relacionada con el movimiento y el lenguaje. Por eso presenta debilidad en un lado del cuerpo y dificultad para hablar.
Su respiración se volvió más rápida.
—¿Se va a quedar así? —pregunté.
El doctor no endulzó nada.
—Por un tiempo, sí.
Silencio.
Eleanor parpadeó rápido.
Y entonces—
lágrimas.
—Pero —añadió el doctor—, con tratamiento adecuado hay posibilidades de recuperación parcial o incluso significativa.
Eso…
eso era lo único que importaba.
—Necesitará medicación para ayudar a la circulación y prevenir nuevos eventos —continuó—, además de terapia física para recuperar movilidad y terapia del habla para trabajar la comunicación.
Asentí.
Procesando.
—Durante los próximos días —añadió—, no podrá valerse completamente por sí misma.
Mi mano encontró la de Eleanor.
La apreté.
—¿Qué implica eso? —pregunté.
—Que necesitará asistencia para actividades básicas —respondió con calma—. Comer, moverse, incluso beber agua.
Eleanor cerró los ojos.
Las lágrimas siguieron cayendo.
—Debido a la debilidad en los músculos faciales —explicó el doctor—, existe riesgo de que se atragante si intenta beber o comer normalmente.
Mi mandíbula se tensó.
—Por eso —continuó—, usaremos líquidos espesados o sorbetes especiales que controlan el flujo, y su alimentación será inicialmente blanda o líquida para evitar complicaciones.
Silencio.
Cada palabra…
más pesada que la anterior.
—También deberá evitar esfuerzos —añadió—. Su cuerpo necesita tiempo para recuperarse.
Eleanor intentó mover su otra mano.
No respondió.
Y eso—
eso fue lo que la quebró.
Un sonido salió de su garganta.
Roto.
Frustrado.
Desesperado.
Y empezó a llorar.
De verdad.
Sin control.
—Ey… —me incliné hacia ella de inmediato—. Ey, mírame.
Pero no podía calmarse.
—Eleanor—
Tomé su rostro con cuidado.
Solo un poco.
—Mírame.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Llenos.
Rotos.
—Vas a estar bien.
No sabía si era verdad.
Pero lo dije igual.
—No estás sola.
Mi pulgar limpió otra lágrima.
—No tienes que hacer esto sola.
La puerta se abrió de golpe.
—¿Qué pasó?
Marina.
Lila.
Y detrás—
Daniel.
Se detuvieron.
Al ver la escena.
Al escuchar el llanto.
—¿Qué está pasando? —preguntó Marina, acercándose rápido.
El doctor habló.
Claro.
Directo.
Repitió todo.
Cada palabra.
Cada detalle.
Y esta vez…
no hubo interrupciones.
No hubo bromas.
No hubo sarcasmo.
Solo silencio.
—…necesitará ayuda constante —terminó.
Marina se quedó congelada.
—No…
Lila bajó la mirada.
Procesando.
Rápido.
Pero profundo.
—Vamos a ayudarla —dijo finalmente, firme.
Daniel no dijo nada.
Por primera vez.
Solo miró a Eleanor.
Y algo en su expresión cambió.
Menos ruido.
Más realidad.
—Hola… —murmuró, incómodo, acercándose un poco—. Soy Daniel.
Eleanor apenas lo miró.
A través de lágrimas.
—Amigo de este tipo —añadió, señalándome—. No soy tan molesto como parezco.
Silencio.
Nadie rió.
Ni siquiera él.
—Voy a… —se pasó la mano por el cuello—. Voy a quedarme por si hace falta algo.
Y eso…
eso ya decía mucho.
Marina se acercó a Eleanor.
Tomó su otra mano.
—Oye… —su voz temblaba—. Esto no te va a ganar, ¿sí?
Lila al otro lado.
Firme.
Presente.
—Vamos a estar contigo.
Siempre.
Y yo…
no solté su mano.
Ni un segundo.
Porque ahora…
esto ya no era solo quererla.
Era quedarme.
Cuidarla.
Sostenerla.
Sin importar cuánto tiempo tomara.