Doppelgänger

Final

La luz de la luna entraba por la ventana. El reloj marcaba las 11:55 p.m.

Everett Guélin contemplaba a la chica que aún yacía inconsciente sobre la cama.

Él no estaba mejor que ella. La pérdida de su hermano fue peor que haber sido atravesado con hierro caliente o echado a una piscina con aceite hirviendo y vidrios quebrados.

Kirill le dio su pésame, pero lo único que le importaba era su hermano.

Se sintió inútil por no poder ser capaz de ayudarlo.

Al final de la batalla, fue Matthieu quien consiguió destruir a Solange Harker, utilizando la misma fuerza que ella. Verlo le horrorizó, pero tampoco pudo detenerlo. Él se había marchado, caminando entre las llamas infernales que se apoderaron del teatro.

Kirill quiso intervenir, pero él no lo permitió.

No tenía corazón para hacerle eso a su hermano. Confiaba en que una vez que Solange Harker fue destruida, él buscó la manera de acabar con la maldad que comenzaba a surgir en su interior.

En cuanto salieron del teatro, buscó a Anneliese. Ella lloraba por Matthieu, la escuchaba gritar su nombre, pero tampoco tuvo la fuerza para acercarse a ella en ese instante.

En el momento en que la vio desmayarse, no tuvo otra opción que seguirla hasta el hospital.

Con ayuda de la magia, logró sacarla de ese lugar y llevarla a casa. Matthieu no querría que ella sufriera en la cama de un hospital y rodeada de sufrimiento, tristeza y medicamentos.

La dejó en la habitación que su hermano le asignó y se quedó con ella, esperando por verla despertar.

Tan pronto como el reloj marcó la medianoche, la chica abrió los ojos.

Su piel seguía pálida y demacrada. Agradeció a las enfermeras por lavarle el hollín del cuerpo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó con voz neutra.

Ella no le respondió,

Comprendió entonces que no estaría dispuesta a hablarle. Menos por lo que acababa de pasar.

Él no volvió a preguntar nada.

—Estaré abajo por si me necesitas.

Pero nuevamente, ella no dijo palabra alguna.

La chica miró la puerta cerrarse tras Everett y luego sonrió.

Se levantó y miró el reloj digital que se encontraba encima del tocador.

No pudo evitar soltar una carcajada.

Everett era un completo idiota. La chica se regodeó en su sufrimiento y deseaba que muy pronto él se reuniera con su hermano en el más allá.

La culpa fue suya, de nadie más.

Si tan solo no se hubiera dejado manipular, si tan solo hubiera escuchado a Kirill Novak, tal vez su hermano estuviera vivo.

Consiguió su victoria. No dejaba de bailotear mientras se acercaba al espejo de pared. Se miró el cuerpo, no era de su agrado, demasiado débil para ella, ya tendría tiempo para acostumbrarse.

Pasó las manos por su rostro. Los vellos de su cuerpo se erizaron y una descarga eléctrica recorrió su espina dorsal.

La emoción y la felicidad que sentía era orgásmica.

Por fin cumplió lo que se había propuesto.

Y esa perra estúpida de Solange Harker no interferiría en sus planes, porque ahora yacía convertida en cenizas asquerosas que fueron arrastradas por el viento, el agua y la porquería de las cloacas de París.

Evaluó la habitación. No la reconocía en absoluto, pero de inmediato ubicó el objeto que tanto deseaba tener en sus manos.

Caminó hacia él y lo cogió entre sus manos. Su sonrisa se amplió más al ver a la chica en el interior pidiendo ayuda con gran desesperación.

—¡Sáquenme de aquí! —chillaba, sudada por el esfuerzo que hacía al golpear el cristal desde el interior.

En el interior del espejo se encontraba Anneliese Beaumont, quien palideció al ver al otro lado el hermoso reflejo del cual se obsesionó en un momento de debilidad. La imagen en el exterior no hacía más que burlarse de ella.

—¿Qué está pasando? —preguntó atemorizada.

El interior del espejo era un lugar oscuro y frío que no quería explorar por temor a lo que se encontrara en el más allá.

—¿Quién eres? —exigió saber.

La chica afuera del espejo volvió a reír.

Era increíble que nadie se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo tras bambalinas. Mientras todos se enfocaron en sus deseos egoístas, en sus problemas y en la obsesión con cazar a Solange, desatendieron la verdadera amenaza.

—Cassiopé Watters —respondió la mujer.

Anneliese frunció el ceño, después palideció aún más de lo que ya estaba.

Cassiopé, recordaba el nombre, pero se negaba a creerlo, no podía ser la misma Cassiopé de la historia de Novak.

—Me temo, querida —habló Cassiopé con una voz filosa—, que este es el final de tu camino.

Anneliese quiso objetar, pero fue demasiado tarde, Cassiopé tiró el espejo, el ruido del cristal retumbó en la habitación y después, dando múltiples pisotones, se aseguró de romper en su totalidad el objeto más preciado de la familia Guélin.




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