Hoy cumplimos dos años. Dos años junto al amor de mi vida, el hombre que acaparó mi corazon entero desde el primer minuto.
--¿Ya tienes todo? --pregunta, con sus ojos avellana abrazando los míos, arrugados por su radiante sonrisa.
--Solo me faltan los medicamentos --respondo, entrelazando sus dedos con los míos, conforme nos retiramos del supermercado con una bolsa enorme.
Caminamos por el aparcamiento hacia nuestro coche y depositamos las compras en el baúl.
--Te llevaré a la farmacia y luego pasaré por la ferretería. ¿Te parece bien?
Asiento con la cabeza y tomo mi vientre con nerviosismo mientras mi marido abre la puerta del acompañante para que ingrese.
Charles ha estado remodelando la habitación de invitados para transformarla en un cómodo cuarto para nuestro bebé. Jamás lo he visto tan emocionado.
Me siento en el coche para que cierre la puerta. Pega la vuelta al instante y sube al asiento del conductor.
Maneja hasta llegar a la farmacia y se baja para sostenerme la puerta y permitir mi salida.
--Qué caballeroso --digo, con una sonrisa burlona. Charles se sonroja.
--Todo por mi esposa. --Me planta un fuerte beso antes de cerrar la puerta del coche. Se gira a la farmacia --. ¿No quieres que me quede?
--Son tan solo las pastillas de siempre. estaré bien. No tardaré más que tú.
--De acuerdo. --Pega rápidamente sus labios a los míos antes de ingresar al auto--. Vendré a buscarte en cuanto pueda --exclama, asomando la cabeza por la ventanilla --. ¡Te amo!
Artículo las mismas palabras desde la puerta del local y observo cómo el auto se aleja por la angosta calle de piedra.
La fila de la farmacia se me antojó eterna. No eramos más de cinco personas, pero el personal tardó siglos en atender a cada una. Cuando mi turno llega, suelto un suspiro de alivio.
Deposito las pastillas sobre el mostrador.
--¿Cólicos por el embarazo? --inquiere la anciana cajera cuando nota el gran bulto en mi vientre. Me sorprende que alguien tan mayor trabaje en atención al cliente; aunque también responde el porqué de la tardanza.
--Sí --afirmo, con la voz agotada--. Han sido insoportables estas semanas
--No te preocupes, los últimos meses son más calmos.
Asiento con la cabeza y apoyo la tarjeta de crédito de Charles para pagar. Me retiro del local y tomo una profunda bocanada de aire fresco. Saco mi celular del bolsillo del amplio vestido de embarazada que llevo puesto, y marco el número de mi marido. Por supuesto, contesta enseguida.
--¿Ya estás lista? --su voz se oye cortante por la mala señal.
--Sí. ¿Tu dónde estás?
--Cr-creo qu-e esta-taré --su señal empeora con cada palabra. ¿Acaso se fue a la ferretería de un pueblo desconocido?
--Por los cielos, Charles. ¿Dónde estás?
--En ci-cinco min-minutos --responde de manera atrasada. La llamada se corta antes de que pueda decir algo.
Miro mi celular, atónita por lo que acaba de ocurrir. Dijo que en cinco minutos estaría aquí --al menos eso logré entender--. Solo tengo que esperar.
Me siento en la vereda con las piernas extendidas e intento no pensar nada malo.
Joder, es imposible.
Me paso los siguientes cinco minutos sobrepasando accidentes, choques, robos y miles de cosas que podrían estar sucediendo. Charles aún no aparece por lo que decido esperar otros cinco minutos.
Él jamás haría algo así, mucho menos sabiendo que su esposa está embarazada. No podría dejarme plantada, ¿o sí? No. De ninguna manera. Charles me ama, soy su esposa y tendremos un hijo, ¿por qué me dejaría tirada? Oh, Dios mío, el cielo esta oscureciendo.
Tengo los nervios a flor de piel. Siento que el vestido se me pega al cuerpo. No lo pienso mucho y me trago una de las pastillas a secas; me raspa la garganta. Lo que daría por un vaso de agua.
Miro la pantalla de mi celular. Han pasado ya treinta minutos. ¿Dónde se ha metido este hombre? Le arrancaré los pelos cuando aparezca; si es que lo hace.
Deja de sobrepensar, Joselyn, necesitas calmarte. Alterarás al bebé.
Contengo el aliento unos segundos y me echo a reír. Debo estar loca.
El reloj marca las 20:37 y el Fiat de mi esposo no aparece por ningún lado. Abro nuestro chat y envío un mensaje: «Tomaré un Uber. Nos vemos en casa.»
Abro la dichosa aplicación --la cual tarda unos considerables segundos más en reaccionar-- y pido un coche para regresar a mi casa.
El Nissan gris que me marca mi móvil llega luego de tres minutos contados. Entro al coche con prisa y este avanza decisivo.
Luego de doce minutos estoy en la puerta de mi casa buscando las llaves en mis amplios bolsillos. Batallo un poco antes de conseguirlas e insertarlas en la cerradura. Cuando ingreso, un frío aire artificial me estremece de pies a cabeza.
El gilipollas de Charles ha dejado el aire acondicionado prendido.
Por los cielos, Joselyn, tu esposo esta medio desaparecido y tu lo insultas. Menuda pareja eres.
Suelto un suspiro que casi --casi-- echa vapor bajo el ambiente helado. Apago el aparato con prisa, abro las ventanas, y prendo la calefacción.
Definitivamente no seré yo quien pague la boleta de la luz.
Voy a la cocina a por un poco de agua. Me aproximo a la encimera para tomar el vaso y casi resbalo por el agua en el piso.
Dios Santo, Charles ha dejado todo mojado. ¿Acaso vive en el campo o por qué ensucia todo siempre?
Apoyo el vaso sobre el mármol de la mesada y cojo un trapo húmedo para fregar el piso. Estoy embarazada, no debería estar limpiando la suciedad del ignorante de mi esposo.
Regreso a la cama ya hidratada. Me pongo un camisón y llamo a mi esposo una vez más antes de acostarme, con la esperanza de que mi señal haya sido el problema. Charles contesta enseguida, pero antes de que pueda formular siquiera una palabra, la llamada se corta.
Tiene que ser una broma.
Mi celular marca las 21:08. El cielo está complementamente a oscuras. Me recuesto en la cama, incapaz de insistir más y cierro los ojos, con la mano sobre el vientre.