🌕𝑬𝑳 𝑼𝑵𝑰𝑭𝑶𝑹𝑴𝑬 𝑨𝑱𝑬𝑵𝑶.
Nunca pensé que un pedazo de tela pudiera pesar tanto.
El uniforme negro estaba extendido sobre mi cama como si fuera una piel que no me pertenecía. La corbata verde —mi corbata verde— descansaba a un lado, esperando el momento en que yo aceptara que ese sería mi nuevo color, mi nueva identidad. La miré durante varios minutos, como si fuera un símbolo sagrado o una advertencia. Quizá era ambas cosas.
Mi madre, Elena, entró en mi habitación con las manos aún oliendo a cebolla y ajo. Ese aroma siempre me había dado paz, pero esa mañana solo me recordaba que yo venía de un mundo distinto al que estaba a punto de enfrentar.
—Ven, hija —me dijo con una sonrisa cansada pero orgullosa—. Déjame ayudarte con la corbata.
Me acerqué. Sus dedos temblaban un poco mientras ajustaba el nudo. Ella siempre había sido fuerte, pero ese día la noté frágil, como si temiera que al cruzar las puertas de la Academia Rish yo me alejara de ella para siempre.
—Te queda preciosa —susurró, aunque ambas sabíamos que no era verdad. La corbata verde no era bonita. Era una marca. Un recordatorio de que yo era la hija de la cocinera, la becada, la intrusa.
Respiré hondo.Ese día no solo iba a entrar a una escuela nueva. Iba a entrar a un mundo que no estaba hecho para mí.
El trayecto hacia la Academia Rish fue silencioso. Mi madre caminaba a mi lado, con su delantal guardado en el bolso para ponérselo apenas llegáramos. Yo sentía el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escaparse antes de tiempo.
Cuando la enorme fachada de la Academia apareció ante mí, me quedé sin aire.
Era imponente.
Majestuosa.
Fría.
Las columnas blancas brillaban bajo el sol de la mañana, y los ventanales reflejaban el cielo como si la escuela misma se creyera dueña del mundo. Quizá lo era. Ahí estudiaban los hijos de empresarios, políticos, diplomáticos, gente que tenía apellidos que abrían puertas sin necesidad de tocar.
Y yo… yo solo tenía mi nombre y una beca que parecía más un milagro que un mérito.
Apenas crucé la entrada, lo sentí: las miradas.No eran directas, pero sí afiladas.No eran palabras, pero sí juicios.
Las corbatas moradas con dorado brillaban por todas partes, ondeando en los cuellos de los nobles como banderas de un reino al que yo no pertenecía. Mi verde, en cambio, era un punto discordante en un mar de privilegio.
“Pasa desapercibida”, me repetí. Pero ¿cómo hacerlo cuando era la única mancha de color que no encajaba?
El pasillo principal estaba lleno de estudiantes que caminaban con seguridad, como si el suelo les perteneciera. Yo avanzaba despacio, intentando memorizar cada puerta, cada giro, cada rostro que no me devolvía una sonrisa.
—¿Eres la nueva becada? —escuché a mis espaldas.
Me giré. Una chica de cabello perfectamente liso y una corbata morada me observaba con una mezcla de curiosidad y superioridad. No esperó mi respuesta. Solo me escaneó de arriba abajo y sonrió con desdén antes de alejarse.
Sentí un nudo en la garganta. No era la primera vez que me hacían sentir menos, pero nunca había dolido tanto.
Seguí caminando hasta llegar a mi casillero. Mis manos temblaban mientras lo abría. Dentro, solo había un horario arrugado y una nota del director dándome la bienvenida. La leí sin sentir nada. Las palabras eran amables, pero vacías. Sabía que para muchos yo no era una estudiante más: era una intrusa que había entrado por la puerta de servicio.
Cuando sonó el timbre, me dirigí a mi primera clase. El aula estaba llena. Busqué un asiento libre al fondo, intentando no llamar la atención. Pero incluso así, sentía las miradas clavándose en mi nuca.
Me senté, respiré hondo y abrí mi cuaderno.
“Solo estudia”, me dije. “Solo sobrevive.”
Pero en el fondo sabía que nada sería tan simple.
Ese día, mientras intentaba concentrarme en las palabras del profesor, entendí algo que cambiaría mi vida:La Academia Rish no era solo una escuela.Era un campo de batalla.
Y yo acababa de entrar sin armadura.