🌔𝑼𝑵 𝑷𝑨𝑹 𝑫𝑬 𝑶𝑱𝑶𝑺 𝑻𝑹𝑨𝑵𝑸𝑼𝑰𝑳𝑶𝑺
La biblioteca de la Academia Rish era tan grande que parecía un templo. Techos altos, estanterías interminables, lámparas cálidas que colgaban como lunas pequeñas. Era el único lugar donde sentía que podía respirar sin que alguien me midiera de arriba abajo.
Entré con la esperanza de perderme entre los libros, de olvidar por un momento la corbata verde que me marcaba como si fuera un semáforo humano. Verde: humilde. Verde: becada. Verde: intrusa.
Caminé entre los pasillos buscando el libro de historia que el profesor había mencionado. “Plutarco, edición comentada”, decía la lista. Lo encontré… o mejor dicho, lo vi. Estaba en la repisa más alta, tan arriba que ni estirando los brazos podría alcanzarlo.
Me mordí el labio.Miré a ambos lados.No había nadie cerca.
Me puse de puntillas, estirando los dedos lo más que pude. La punta de mis zapatos se deslizó un poco sobre el suelo pulido. El libro estaba ahí, a unos centímetros, burlándose de mí desde su trono de madera.
—Vamos… —murmuré, estirándome más.
Mis dedos rozaron apenas el borde del lomo, pero no lo suficiente para moverlo. Me sentí ridícula. Una becada luchando contra un libro que no quería bajar. Como si hasta los objetos de esa academia se resistieran a mí.
Volví a intentarlo, esta vez apoyando una mano en la estantería para impulsarme. Nada. Solo logré que mi corbata verde se moviera hacia adelante, como recordándome mi lugar.
—¿Necesitas ayuda?
Y ahí estaba él.
Un chico alto, de cabello castaño que caía en mechones suaves sobre su frente, y unos ojos azules tan tranquilos que parecían absorber el ruido del mundo. Pero lo que más llamó mi atención no fue su rostro… sino su corbata.
Dorada.
La corbata de los más ricos.
La élite absoluta.
Los intocables.
Mi estómago se encogió. Genial. Justo lo que necesitaba: otro noble dorado viendo cómo no alcanzaba ni un libro.
—No, no hace falta —dije rápido, dando un paso atrás—. Ya casi lo tenía.
Él miró el estante, luego mis manos, luego mi corbata verde. No dijo nada hiriente, pero su silencio me hizo sentir expuesta.
—Permíteme —dijo simplemente.
Sin esperar respuesta, levantó el brazo y tomó el libro con una facilidad que me irritó y me alivió al mismo tiempo. Me lo ofreció con una sonrisa tranquila.
—Aquí tienes.
Lo tomé con cuidado, evitando rozar sus dedos.
—Gracias —murmuré, intentando sonar indiferente.
Él inclinó la cabeza, como si analizara mi reacción.
—Soy Noah —dijo, como si fuera lo más natural del mundo presentarse a una becada.
Yo parpadeé. ¿Noah?¿Un dorado presentándose a mí?
—Katherine —respondí, algo desconcertada.
Él sonrió, una sonrisa pequeña pero sincera, sin rastro de superioridad.
—Bonito nombre.
Sentí un calor inesperado en las mejillas. No sabía si era por el cumplido o por la sorpresa de que un dorado me hablara como si yo fuera… normal.
—¿Estudias historia con el profesor Ledesma? —preguntó, señalando el libro.
Asentí.
—Es un buen profesor —añadió—. Exigente, pero justo. Si quieres, puedo ayudarte con los textos. A veces son densos.
Lo miré con cautela.Era amable.Demasiado amable para alguien con una corbata dorada.
—No quiero quitarte tu tiempo —dije, cruzando los brazos sin darme cuenta.
—No sería quitarme tiempo —respondió él, con una calma que desarmaba—. Me gusta estudiar aquí. Y… —hizo una pausa, como si eligiera sus palabras— no todos en esta academia son como parecen.
Lo dijo con un dejo de tristeza que no esperaba.
Por un momento, olvidé su corbata dorada. Olvidé mi corbata verde. Solo vi a un chico que parecía cansado de algo que no podía nombrar.
—Gracias —dije finalmente, más suave—. Quizá… sí me vendría bien ayuda.
Sus ojos azules brillaron con una calidez que no había visto en nadie desde que llegué a la Academia Rish.
—Entonces estudiaré contigo cuando quieras, Katherine.
Y en ese instante, mientras él se alejaba hacia otra estantería, entendí algo que me inquietó más que cualquier burla:
Ese chico dorado no era como los demás.Y eso, de alguna manera, me daba miedo.