Dos Caminos Diferentes

Capítulo 3

👹𝑬𝑳 𝑫𝑬𝑴𝑶𝑵𝑰𝑶 𝑹𝑼𝑩𝑰𝑶.

Después de mi encuentro con Noah, pensé que el día finalmente empezaba a mejorar. Me sentía un poco más ligera, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación donde llevaba horas sin aire. Guardé el libro de Plutarco en mi mochila y me dirigí a mi siguiente clase con una pequeña chispa de esperanza.

Pero la Academia Rish no dejaba que una becada respirara tranquila por mucho tiempo.

Cuando entré al aula, todos los asientos parecían ocupados, excepto uno al fondo. Caminé hacia él intentando ignorar las miradas que se clavaban en mi corbata verde como agujas. Me senté, abrí mi cuaderno y traté de concentrarme.

Entonces lo vi.

Un papel arrugado sobre mi pupitre.

Mi estómago se hundió, pero aún así lo abrí con manos tensas.

“La beca no es para las cocineras. Vuelve a la cocina.”

Sentí un golpe en el pecho. No era solo una burla; era un recordatorio cruel de lo que muchos pensaban de mí. Tragué saliva, intentando que no se me notara el temblor en las manos.

Levanté la vista.

Y ahí estaba él.

Cabello rubio casi platino, perfectamente desordenado como si el viento lo obedeciera. Ojos azules, pero no como los de Noah. Los de Noah eran un lago tranquilo. Los de él eran hielo. Fríos, afilados, peligrosos.

Su corbata dorada brillaba como si fuera una medalla de guerra ligeramente desajustada, su camisa fuera y sus mangas remangadas como si el código de vestimenta no le importara en lo más mínimo. Y su sonrisa… su sonrisa era la de alguien que disfrutaba viendo arder el mundo.

Brayan Gordon.

El nombre que ya había escuchado susurrar en los pasillos.

El más popular.

El más temido.

El más arrogante.

Y, por lo visto, el que había decidido que yo sería su nuevo entretenimiento.

Él inclinó la cabeza, como si esperara mi reacción. Sus amigos, todos con corbatas moradas o doradas, se reían por lo bajo, disfrutando del espectáculo.

—¿Qué pasa, verde? —preguntó Brayan, moviendo los labios sin emitir sonido, solo para que yo lo leyera.

Mi corazón latía con fuerza, pero no quería darle el gusto de verme débil. Apreté el papel arrugado en mi mano y lo guardé en mi bolsillo. No dije nada.

Eso pareció divertirlo aún más.

El profesor entró y la clase comenzó, pero yo apenas podía escuchar. Sentía la mirada de Brayan clavada en mí como un cuchillo. Cada vez que levantaba la vista, él seguía ahí, observándome con una mezcla de burla e interés que me irritaba.

Cuando terminó la clase, recogí mis cosas rápidamente. Solo quería salir de ahí. Pero al abrir la puerta, me encontré con un muro humano.

Brayan y sus amigos bloqueaban el pasillo.

—Miren quién sale —dijo uno de ellos, riéndose.

—La nueva mascota de la Academia —añadió otro.

Brayan no dijo nada al principio. Solo me miró. Esa mirada intensa, arrogante, como si pudiera ver a través de mí y no le gustara lo que veía.

—¿Sabes cuál es tu problema, verde? —dijo finalmente, acercándose un paso—. Que crees que puedes caminar por estos pasillos como si fueras una más.

Yo apreté los dientes.

—Solo estoy yendo a mi siguiente clase —respondí, intentando mantener la voz firme.

Él sonrió.

Una sonrisa lenta y peligrosa.

—Eso es lo que te digo. No eres “una más”. No perteneces aquí.

Sus amigos rieron, pero yo no aparté la mirada. No iba a darle ese placer.

—Con permiso —dije, intentando pasar.

Brayan extendió un brazo, bloqueándome el paso sin tocarme, pero dejándome claro que podía hacerlo si quería.

—No tan rápido.

Su cercanía me heló la piel.

Era como estar frente a un depredador que aún no decidía si tenía hambre.

—¿Qué quieres? —pregunté, cansada de su juego.

Él inclinó la cabeza, estudiándome.

—Ver cuánto tardas en romperte.

Mi respiración se detuvo un segundo.

—Pero… —añadió, bajando la voz—, admito que tienes más carácter del que esperaba de una verde

No supe si era un insulto o un extraño cumplido. Quizá ambas cosas.

Finalmente, se apartó, dejándome pasar. Caminé sin mirar atrás, aunque sentía su mirada quemándome la espalda.

Cuando llegué al final del pasillo, respiré hondo. Noah había sido la calma y Brayan era la tormenta.

Ese día entendí que la Academia Rish no solo era un campo de batalla. Era un tablero. Y Brayan Gordon acababa de elegirme como su pieza favorita.




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