🚪𝑳𝑨 𝑰𝑹𝑨 𝑫𝑬𝑻𝑹Á𝑺 𝑫𝑬 𝑳𝑨 𝑷𝑼𝑬𝑹𝑻𝑨.
Cuando terminó la clase de Física y Química, sentí que podía respirar por primera vez en una hora. Estar entre Noah y Brayan había sido como caminar sobre vidrio: cada movimiento podía cortarme, cada palabra podía encender una chispa.
Guardé mis cosas con manos temblorosas. Noah me ayudó a cerrar el frasco de reactivos, mientras Brayan observaba desde su asiento, con los ojos entrecerrados y la mandíbula tensa.
Noah me dedicó una sonrisa suave.
—¿Estás bien?
Asentí, aunque no estaba segura de que fuera verdad.
—Gracias por… —no terminé la frase. No sabía cómo expresar lo que había significado que se sentara a mi lado.
Él pareció entenderlo igual.
—No tienes que agradecerme nada —respondió—. No voy a dejar que te traten así.
Su voz era tranquila, pero había un filo oculto. Un filo que no le había escuchado antes.
Brayan se levantó de golpe, empujando la silla hacia atrás con tanta fuerza que chocó contra la mesa. El ruido hizo que todos en el laboratorio se giraran.
—Vámonos —dijo Noah, ignorando a su hermano.
Yo asentí y caminé hacia la puerta con él. Pero apenas crucé el umbral, sentí una presencia detrás de nosotros. Una sombra. Una tormenta.
Brayan.
El pasillo estaba casi vacío. El eco de nuestros pasos resonaba entre las paredes blancas. Noah caminaba a mi lado, pero Brayan venía detrás, tan cerca que podía sentir su rabia como un calor en la nuca.
Cuando la puerta del laboratorio se cerró, Brayan habló.
—¿Qué fue eso, Noah?
Su voz no era burlona esta vez. Era baja. Y Peligrosa.
Noah se detuvo y se giró lentamente.
—No voy a discutir contigo aquí —respondió con calma.
—Pues yo sí —replicó Brayan, dando un paso adelante.
Yo retrocedí instintivamente, pero Noah se colocó un poco delante de mí, como un escudo.
Brayan lo notó. Y eso lo enfureció más.
—¿Desde cuándo te importa una verde? —escupió—. ¿Desde cuándo te pones en mi contra por alguien como ella?
La palabra “ella” salió de su boca como si fuera veneno.
Noah apretó los dientes.
—No estoy en tu contra —dijo—. Solo estoy haciendo lo correcto.
Brayan soltó una carcajada amarga.
—¿Lo correcto? —repitió—. ¿Y qué sabes tú de eso?
Sus ojos se clavaron en mí. Y por primera vez, no vi burla. Vi algo más profundo. Algo que no quería reconocer.
Dolor.
Confusión.
Rabia dirigida a sí mismo.
—Ella no es nada para ti —dijo, pero su voz tembló apenas—. No debería serlo.
Noah dio un paso adelante.
—Brayan, basta.
Pero Brayan no lo escuchó. Se acercó a mí, demasiado cerca, obligándome a levantar la mirada.
—No te confundas, verde —susurró—. No creas que porque él te mira, puedes olvidarte de quién eres.
Noah lo empujó ligeramente hacia atrás.
—No vuelvas a hablarle así.
Brayan lo miró con una mezcla de furia y traición.
—¿Qué te pasa, Noah? —preguntó, casi gritándole—. ¿Desde cuándo te importa alguien que no sea de los nuestros?
Noah no respondió. Solo me tomó del brazo con suavidad.
—Vamos, Katherine.
Y me guió por el pasillo, alejándome de la tormenta.
Pero antes de doblar la esquina, no pude evitar mirar atrás.
Brayan seguía ahí, de pie frente a la puerta del laboratorio. Los puños cerrados. El pecho agitado. Los ojos clavados en mí con una intensidad que me atravesó.
No era odio.
No del todo.
Era algo más peligroso. Algo que él mismo no sabía manejar.
Y mientras Noah me llevaba lejos, entendí que Brayan no estaba molesto por la clase.
Estaba molesto porque, por primera vez, había perdido el control.
De mí.
De Noah.
De sí mismo.
Y eso… eso era solo el comienzo.