⏰ 𝟐:𝟑𝟎 𝒂. 𝒎
(𝑩𝑹𝑨𝒀𝑨𝑵)
Son las 2:30 de la madrugada y no puedo dormir.
Mi habitación está sumida en una penumbra azulada por la luz que entra desde los ventanales. La mansión entera está en silencio, ese silencio denso que solo existe en casas demasiado grandes, demasiado vacías, demasiado llenas de secretos.
Mi cama, enorme, está hecha un desastre. Las sábanas revueltas, la almohada en el suelo, la colcha arrugada como si hubiera peleado con ella. Quizá sí lo hice. Quizá estoy peleando con todo últimamente.
Me paso una mano por el rostro, intentando calmar la presión en mi pecho. No funciona.
Noah no me habló en todo el sábado. Ni una palabra. Ni una mirada.
Me empujó ayer, delante de ella. Me ignoró hoy, como si yo fuera un desconocido.
Y eso… eso me molesta más de lo que debería.
Me levanto de la cama y camino descalzo por el suelo frío de mármol. El eco de mis pasos resuena en la habitación, recordándome lo solo que estoy. Abro la ventana y dejo que el aire helado de la madrugada me golpee el rostro.
Necesito frío. Necesito algo que me despierte. Algo que me saque de este maldito estado.
Pero nada funciona.
Porque cada vez que cierro los ojos, la veo.
Katherine.
La intrusa.
La verde.
La hija de la cocinera.
La que no debería importarme. La que no debería estar en mi cabeza. La que no debería hacerme sentir… esto.
Aprieto los dientes.
Odio esto.
Odio sentir.
Odio que ella sea la causa.
Me apoyo en el marco de la ventana, respirando hondo, intentando ordenar mis pensamientos. Pero son como un enjambre de abejas furiosas, chocando entre sí, picándome desde dentro.
Noah me odia ahora. Lo sé. Lo vi en sus ojos.
Y todo por ella.
Por esa chica que no debería significar nada.
Pero significa.
Y eso me destruye.
Las quejas.
Cierro los ojos con fuerza.
Sí.
Fui yo.
Yo escribí cada una de esas malditas quejas. Yo las envié a la dirección. Yo intenté sabotearla.
No porque quisiera verla sufrir. No porque quisiera que la expulsaran.
Sino porque necesitaba que se alejara de mí.
Necesitaba que dejara de mirarme con esos ojos que no entienden el mundo al que ha entrado. Necesitaba que dejara de aparecer en cada esquina de mis pensamientos. Necesitaba que dejara de hacerme sentir débil.
Yo no soy débil. No puedo serlo. No me lo permiten.
Soy un Gordon. Soy dorado. Soy el que manda. El que controla. El que nunca se quiebra.
Pero ella…
Ella me quiebra.
Y lo odio.
Odio que cuando tropieza, mi cuerpo se mueva solo para sostenerla. Odio que cuando Noah se acerca a ella, algo dentro de mí arda. Odio que cuando la veo sonreír, mi pecho se apriete.
Odio que me importe.
Odio que me importe tanto.
Camino hacia el espejo grande que ocupa media pared. Mi reflejo me devuelve la mirada: ojos azules encendidos, cabello desordenado, mandíbula tensa.
Pareciera que estoy a punto de romper algo. O romperme yo.
—Ridículo —murmuro.
Me golpeo el pecho con la palma abierta, como si pudiera sacarme este sentimiento a la fuerza.
Pero no se va.
No se va.
Y eso me asusta.
Porque si no puedo controlarlo…¿qué me queda?
Me dejo caer en el sillón junto a la ventana, hundiendo la cabeza entre las manos.
No puedo quererla. No puedo sentir nada por ella. No puedo rebajarme a ese nivel.
Ella es una verde. Una intrusa. Una pobre hija de la cocinera.
Y yo…
Yo soy Brayan Gordon.
No puedo permitirme esto.
No quiero permitírmelo.
Las quejas fueron un intento desesperado. Un intento de alejarla. De mantenerla lejos de mí. De evitar que este sentimiento creciera.
Pero fallé.
Porque cuanto más intento alejarla…más la pienso. Más la busco. Más la odio. Más la quiero.
Y eso…eso me está volviendo loco.
Me levanto de golpe, respirando con dificultad. Necesito aire. Necesito control. Necesito que esto termine.
Pero sé que no va a terminar.
Porque mañana la veré otra vez. Y pasado mañana también. Y cada día que pase, este sentimiento crecerá como una grieta en mi armadura.