Dos Caminos Diferentes

Capítulo 17

🛡𝑬𝑳 𝑮𝑼𝑨𝑹𝑫𝑰Á𝑵 𝑫𝑬 𝑳𝑨𝑺 𝑺𝑶𝑴𝑩𝑹𝑨𝑺.

La biblioteca siempre había sido mi refugio. Un lugar donde el mundo se callaba, donde las miradas dejaban de pesar, donde podía respirar sin sentir que debía justificar mi existencia.

Pero esa tarde, el silencio tenía filo.

Me senté en una mesa apartada, la más escondida entre las estanterías altas. Abrí mis libros, extendí mis apuntes y respiré hondo, intentando concentrarme en las fórmulas, en las fechas, en cualquier cosa que no fuera el nudo en mi pecho.

El trato con Brayan. El dolor en los ojos de Noah. La sensación de que estaba perdiendo algo que nunca había tenido.

Pasé una página. Tomé un lápiz. Intenté escribir.

Pero entonces lo sentí.

Una presencia detrás de mí. No un ruido. No un movimiento.

Una presencia.

Mi piel se erizó antes de que siquiera levantara la vista.

Cuando lo hice, lo vi.

Brayan.

De pie entre dos estanterías, con las manos en los bolsillos, observándome con una intensidad que me atravesó como un rayo. No había arrogancia en su postura. No había burla en su expresión.

Solo… algo oscuro. Algo contenido. Algo que no sabía si quería entender.

No dijo nada. No se acercó.

Simplemente caminó hacia la mesa de al lado y se sentó. Sin libros. Sin mochila. Sin excusas.

Solo él. Y su silencio.

Mi corazón empezó a latir más rápido. No por miedo. No exactamente.

—¿Qué haces aquí? —pregunté finalmente, sin mirarlo directamente.

—Nada —respondió, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

—Entonces vete.

—No.

La palabra cayó como una piedra en el agua.

Me obligué a concentrarme en mis apuntes, pero cada vez que pasaba una página, podía sentir sus ojos sobre mí. No de forma invasiva. No como un depredador.

Era peor.

Me miraba como si intentara descifrarme. Como si yo fuera un problema que no sabía resolver. Como si estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo.

Después de unos minutos, su voz rompió el silencio.

—¿Estás estudiando para el examen?

—Sí —respondí, sin levantar la vista.

—Sola.

No era una pregunta. Era un reproche disfrazado de observación.

—Ese era el trato —dije, apretando el lápiz entre los dedos.

Brayan apoyó un codo en la mesa, inclinándose hacia mí.

—No tienes que cumplirlo tan al pie de la letra.

—Tú dijiste que sin ayuda de Noah —recordé.

—Dije de Noah —corrigió, con una sonrisa ladeada—. No dije nada de mí.

Mi corazón dio un salto que odié sentir.

—No necesito tu ayuda —murmuré.

—Nunca dije que la necesitaras.

Hubo un silencio tenso. Un silencio que parecía una cuerda estirada entre los dos.

—Entonces ¿por qué estás aquí? —pregunté finalmente.

Brayan bajó la mirada hacia mis apuntes. Luego hacia mis manos. Luego a mis ojos.

Y por primera vez, no hubo arrogancia. No hubo burla. No hubo máscara.

Solo verdad.

—Porque si no te vigilo… —dijo en voz baja, casi inaudible—, me vuelvo loco.

Mi respiración se detuvo.

Brayan se recostó en la silla, como si acabara de decir algo que no quería admitir.

—No te estoy molestando —añadió, mirando hacia otro lado—. Solo… estoy aquí.

Y lo estaba.

Durante horas.

Sin hablar. Sin moverse demasiado. Sin romper el silencio.

Solo existiendo a mi lado. Como una sombra que no sabía si quería protegerme o destruirme.

Cuando la biblioteca anunció el cierre, recogí mis cosas. Brayan se levantó también.

—No tienes que acompañarme —dije.

—No lo hago por ti —respondió, caminando a mi lado—. Lo hago porque no quiero que alguien más lo haga.

No supe qué responder.

Y mientras salíamos juntos al pasillo vacío, entendí algo que me heló la sangre:

Brayan no estaba vigilándome para sabotearme.

Estaba vigilándome para no perderme.

Y eso… era mucho más peligroso.




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