⛈️𝑳𝑨 𝑻𝑶𝑹𝑴𝑬𝑵𝑻𝑨 𝒀 𝑬𝑳 𝑪𝑶𝑵𝑭𝑬𝑺𝑰𝑶𝑵𝑨𝑹𝑰𝑶.
El cielo se había vuelto gris sin aviso, como si la Academia Rish hubiera decidido reflejar mi ánimo. Estaba guardando balones y colchonetas en el pabellón de deportes cuando el primer trueno retumbó tan fuerte que hizo vibrar las ventanas. La lluvia cayó de golpe, violenta, golpeando el techo metálico como si quisiera atravesarlo.
Me apresuré a cerrar la puerta lateral, pero el viento la empujó con fuerza. Me quedé atrapada dentro, con el eco de la tormenta envolviéndolo todo.
—Genial —murmuré, abrazándome los brazos.
El pabellón estaba frío, demasiado grande, demasiado vacío. Y entonces, la puerta principal se abrió de golpe.
Brayan entró empapado, el cabello pegado a la frente, la camiseta mojada marcando cada línea de su cuerpo. Respiraba rápido, como si hubiera corrido bajo la lluvia.
Cuando me vio, se detuvo.
—¿Qué haces aquí sola? —preguntó, cerrando la puerta con un golpe que resonó en todo el pabellón.
—Guardando material —respondí, intentando sonar indiferente—. No sabía que iba a caer una tormenta.
Brayan se pasó una mano por el cabello mojado, dejando caer gotas al suelo.
—¿Y por qué no te fuiste antes?
—Porque no soy adivina.
Él soltó una risa corta, sin humor.
—No. Pero sí eres imprudente.
—¿Perdón?
Brayan avanzó hacia mí, no con la arrogancia habitual, sino con una tensión distinta. Una tensión que parecía venir de dentro, no dirigida hacia mí… sino hacia él mismo.
—No deberías estar sola —dijo, más bajo—. No aquí. No ahora.
—Estoy bien —respondí, aunque mi voz tembló un poco.
Él lo notó. Siempre lo notaba.
Un trueno iluminó el pabellón. Brayan se tensó. No era miedo. Era… rabia contenida.
—¿Qué te pasa? —pregunté, dando un paso hacia él sin pensarlo.
Brayan apretó la mandíbula. Miró hacia un punto indefinido, como si luchara contra algo invisible.
—Estoy harto —dijo finalmente, con la voz rota.
Me quedé quieta.
—¿De qué?
Él soltó una carcajada amarga.
—De todo. De esta escuela. De mi apellido. De ser el maldito “hermano rebelde”.
Se apoyó contra la pared, respirando agitado.
—¿Sabes lo que es crecer siendo el error? —preguntó, sin mirarme—. El que decepciona. El que arruina todo. El que nunca es suficiente.
Mi corazón se apretó.
—Brayan…
—No —me interrumpió, levantando la mirada—. No digas mi nombre así.
—¿Así cómo?
—Como si te importara.
El silencio cayó entre nosotros, pesado, casi doloroso.
—¿Y te molesta que me importe? —pregunté, sin apartar la mirada.
Brayan dio un paso hacia mí. Luego otro. Hasta quedar a un suspiro de distancia.
—Me aterra —susurró.
Mi respiración se detuvo.
—Porque si te importa… —continuó, con la voz temblando por primera vez— entonces puedo perderte.
Un trueno retumbó. La luz parpadeó. Y por un instante, vi al verdadero Brayan.
No al arrogante.
No al cruel.
No al demonio rubio.
Vi al chico que había crecido en una casa donde el amor se medía en expectativas. Ví al hermano que siempre había sido comparado. Ví al joven que no sabía cómo manejar lo que sentía.
—No tienes que ser perfecto —dije, casi en un susurro.
Brayan cerró los ojos, como si mis palabras fueran un golpe.
—Noah sí lo es —respondió, con amargura—. Él siempre lo será. Él es el orgullo. Yo soy la vergüenza.
—Eso no es verdad.
—Claro que lo es —dijo, abriendo los ojos—. Y tú… tú lo miras como si fuera el sol.
Mi corazón dio un vuelco.
—Y a mí… —continuó, bajando la voz— me miras como si fuera la tormenta.
—Brayan…
—Pero no entiendes algo —susurró, acercándose aún más—. La tormenta no quiere destruirte.
Su mano rozó mi brazo, apenas un toque, pero suficiente para encenderme la piel.
—La tormenta… —sus ojos se clavaron en los míos— solo quiere que la veas.
El silencio se volvió insoportable. La lluvia golpeaba el techo como un tambor. Mi corazón latía tan fuerte que dolía.
Y por primera vez, Brayan no parecía un peligro.
Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo luchando solo.