👄𝑬𝑳 𝑩𝑬𝑺𝑶 𝑸𝑼𝑬 𝑵𝑶 𝑫𝑬𝑩𝑰Ó 𝑺𝑬𝑹.
La tormenta seguía rugiendo afuera, golpeando el techo del pabellón como si quisiera derrumbarlo. El aire estaba helado, y mis manos temblaban mientras intentaba frotarlas para entrar en calor.
Brayan lo notó antes de que yo pudiera disimularlo.
—Estás tiritando —dijo, con una voz más suave de lo que jamás le había escuchado.
—Estoy bien —mentí.
Él negó con la cabeza, frustrado, como si yo fuera la única persona capaz de sacarlo de quicio y, al mismo tiempo, la única que quería proteger.
Sin decir nada, se quitó su chaqueta negra. Estaba tibia, impregnada de su olor: menta, lluvia y algo que no sabía nombrar pero que me hacía sentir… alerta.
La colocó sobre mis hombros con un gesto lento, casi reverente.
—Póntela —murmuró.
—Brayan, no hace falta…
—Hazlo —insistió, sin dureza, pero con una determinación que no admitía discusión.
La tela cayó sobre mí como un abrazo inesperado. Mi corazón latió tan fuerte que temí que él pudiera escucharlo.
Brayan se quedó frente a mí, tan cerca que podía ver las gotas de lluvia resbalando por su cuello. Sus ojos azules, normalmente fríos, estaban oscuros, cargados de algo que no entendía… o que no quería entender.
—No deberías ser tan amable conmigo —susurré, sin saber por qué lo dije.
Él soltó una risa baja, amarga.
—No soy amable —respondió—. No sé serlo.
—Entonces ¿qué es esto?
Brayan me miró como si yo acabara de hacerle la pregunta más peligrosa del mundo.
—Es… —tragó saliva, desviando la mirada por un segundo—. Es lo único que puedo darte sin arruinarlo todo.
Mi pecho se apretó.
—Brayan…
Él volvió a mirarme. Y esta vez no había máscaras. No había arrogancia. No había rabia.
Solo él. Solo un chico que llevaba demasiado tiempo escondido detrás de su propio nombre.
—No entiendes lo que me haces sentir —dijo, dando un paso hacia mí—. No entiendes lo que me pasa cuando te veo con Noah. Cuando te veo sonreírle. Cuando te veo… alejarte de mí.
Mi respiración se volvió un hilo.
—No deberías sentir nada por mí —susurré.
—Lo sé —respondió, con una sonrisa rota—. Créeme que lo sé.
Otro trueno iluminó el pabellón. Brayan se estremeció. Y algo en él se quebró.
—Pero no puedo evitarlo —admitió, con la voz temblando—. No puedo dejar de mirarte. No puedo dejar de pensar en ti. No puedo…
Se detuvo. Su pecho subía y bajaba rápido. Sus manos temblaban.
Y antes de que pudiera decir algo más, dio un paso final. El último. El que borró toda distancia.
Su mano rozó mi mejilla, apenas un toque, como si temiera que me rompiera.
—Dime que me detenga —susurró, su frente apoyándose en la mía—. Dímelo y lo hago.
Mi corazón gritaba. Mi mente gritaba. Pero mis labios…
No dijeron nada.
Ese silencio fue todo lo que él necesitó.
Brayan me besó.
No fue un beso suave. No fue un beso perfecto. Fue un beso desesperado, torpe, lleno de rabia contenida y miedo y deseo y culpa. Un beso que sabía a tormenta, a confesión, a algo que ninguno de los dos debería querer… pero que los dos necesitábamos.
Sus manos se aferraron a mi cintura como si temiera que desapareciera. Las mías temblaron sobre su pecho, sintiendo su corazón latir tan rápido como el mío.
Cuando se separó, lo hizo apenas unos centímetros. Su respiración chocaba contra mis labios.
—No debí hacerlo —susurró, con la voz rota.
—Lo sé —respondí, sin poder mirarlo.
—Pero lo haría otra vez —confesó—. Aunque me cueste todo.
Incluyendo a su hermano. Incluyendo su apellido. Incluyendo a sí mismo.
La tormenta seguía rugiendo afuera.
Pero la verdadera tormenta… estaba entre nosotros.