🌞𝑳𝑨 𝑽𝑬𝑹𝑫𝑨𝑫 𝑺𝑨𝑳𝑬 𝑨 𝑳𝑨 𝑳𝑼𝒁
El lunes amaneció extraño.
El cielo estaba despejado, pero el aire tenía esa electricidad que anuncia que algo va a romperse. Caminé hacia la Academia Rish con la chaqueta de Brayan doblada en mi mochila. No la había devuelto. No sabía cómo hacerlo sin enfrentar lo que había pasado.
El beso. La tormenta. Su confesión.
Intenté convencerme de que podía actuar como si nada hubiera ocurrido. Pero la Academia Rish no era un lugar donde los secretos sobrevivieran mucho tiempo.
Cuando entré al pasillo principal, sentí las miradas. No de burla. No de desprecio.
De curiosidad.
De expectativa.
Como si todos supieran algo que yo aún no sabía.
Aceleré el paso, pero antes de llegar a mi casillero, una mano se cerró alrededor de mi muñeca.
Noah.
Su expresión no era la de siempre. No había calma. No había dulzura.
Había dolor. Y algo más oscuro.
—Tenemos que hablar —dijo, sin soltarme.
—Noah, ahora no…
—Ahora sí.
Me llevó a un pasillo vacío, donde la luz entraba por los ventanales y pintaba sombras largas en el suelo. Su respiración estaba agitada, como si hubiera corrido.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, con la voz quebrada.
Mi corazón se detuvo.
—¿Decirte qué?
Noah apretó los dientes.
—El trato, Katherine. El maldito trato con mi hermano.
Sentí que el mundo se me venía encima.
—¿Quién te lo dijo?
—No importa —respondió, con un tono que nunca le había escuchado—. Lo sé. Sé que te obligó. Sé que te amenazó. Sé que te alejó de mí.
—Noah, yo…
—¿Por qué no confiaste en mí? —preguntó, dando un paso hacia mí—. ¿Por qué dejaste que él te manipulara? ¿Por qué…?
Se detuvo. Su mirada bajó a mi mochila.
—¿Esa es su chaqueta?
Mi respiración se cortó.
—Noah, no es lo que piensas…
—¿No? —preguntó, con una risa amarga—. ¿Entonces qué es? ¿Por qué la tienes? ¿Por qué la llevas contigo?
No supe qué decir. No supe cómo explicarlo sin destruirlo.
Y ese silencio… fue suficiente.
Noah dio un paso atrás, como si yo lo hubiera empujado.
—No puedo creerlo —susurró—. Él te besó, ¿verdad?
Mi corazón se detuvo.
—Noah…
—Dímelo —exigió, con la voz rota—. ¿Te besó?
No respondí. No pude.
Y ese silencio fue la respuesta.
Noah cerró los ojos, como si el dolor fuera físico. Cuando los abrió, ya no había lágrimas.
Había fuego.
—Lo voy a matar —dijo, con una calma que me heló la sangre.
—¡Noah, espera!
Pero ya estaba caminando hacia el patio central.
Corrí detrás de él, pero cuando llegué, ya era tarde.
Brayan estaba allí, apoyado contra una columna, hablando con sus amigos. Cuando vio a Noah acercarse, su sonrisa desapareció.
—¿Qué quieres, hermanito? —preguntó, cruzándose de brazos.
Noah no respondió. Solo lo empujó con fuerza.
Brayan retrocedió un paso, sorprendido.
—¿Qué demonios te pasa?
—¿La besaste? —preguntó Noah, con la voz temblando de rabia.
El silencio cayó sobre el patio. Los estudiantes dejaron de hablar. Todos miraban.
Brayan me buscó con la mirada. Yo negué con la cabeza, suplicando en silencio.
Pero él… él no mintió.
—Sí —respondió, sin apartar la mirada de mí—. La besé.
Noah lo golpeó.
Un puñetazo directo al rostro.
Brayan cayó al suelo, pero se levantó de inmediato, limpiándose la sangre del labio con el dorso de la mano.
—¿Eso es todo? —preguntó, con una sonrisa peligrosa—. Vamos, Noah. Golpea más fuerte.
—¡Te aprovechaste de ella! —gritó Noah, lanzando otro golpe.
Brayan lo esquivó.
—No la obligué —respondió, con la voz baja—. Ella no me detuvo.
Noah se quedó helado. Yo también.
Brayan me miró. Sus ojos estaban llenos de algo que no supe descifrar.
—Dilo, Katherine —susurró—. Dile que no me detuviste.
Mi garganta se cerró.
—Brayan, por favor…
—Dilo —repitió, dando un paso hacia mí—. Dile la verdad.