🕵♀️𝑬𝑳 𝑹𝑶𝑩𝑶.
La Academia Rish estaba extrañamente silenciosa al día siguiente. No era el silencio normal de los pasillos antes de clase. Era un silencio tenso, expectante, como si todos estuvieran esperando que algo más estallara.
Después de la pelea entre los hermanos Gordon, los estudiantes caminaban en grupos pequeños, murmurando, mirando por encima del hombro. Yo sentía esas miradas clavadas en mi espalda.
Noah no vino a clase. Brayan tampoco.
Y yo… yo intentaba fingir que podía concentrarme.
Cuando terminó la última hora, fui directo a mi casillero. Necesitaba repasar mis apuntes para el examen de Excelencia. Necesitaba sentir que tenía control sobre algo.
Abrí la puerta metálica.
Vacío.
Mi carpeta no estaba. Mis apuntes no estaban. Mis resúmenes, mis esquemas, mis ejercicios… todo había desaparecido.
—No… no, no, no —susurré, revolviendo el casillero con manos temblorosas.
Saqué todo: libros, bolígrafos, incluso una bufanda vieja. Nada.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que dolía.
—¿Qué buscas?
Me giré de golpe.
No era Brayan. No era Noah.
Era Liam, uno de los amigos de Brayan. El típico dorado arrogante que siempre lo seguía como un perro fiel.
Tenía una sonrisa burlona y las manos en los bolsillos.
—¿Qué quieres? —pregunté, intentando mantener la calma.
—Solo vine a ver cómo estabas —dijo, con tono falso—. Después de todo… has tenido días intensos.
—Devuélveme mis cosas.
—¿Qué cosas?
Mi estómago se hundió.
—Mis apuntes. Los necesito.
Liam se encogió de hombros.
—Que pena. Tal vez deberías haber pensado en eso antes de meterte entre dos hermanos.
—No me metí entre nadie —respondí, apretando los dientes.
—Claro —dijo él, riéndose—. Por eso se estaban matando por ti.
Mi respiración se volvió un hilo.
—Liam, devuélvemelos.
—No los tengo —dijo, levantando las manos—. Pero sé quién podría.
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién?
Liam sonrió.
—No es mi problema.
Y se fue.
Me quedé sola frente al casillero vacío, sintiendo que el mundo se me venía encima. El examen era en tres días. Tres días.Y sin mis apuntes… estaba perdida.
Respiré hondo. Intenté no llorar. Intenté no gritar.
Pero entonces escuché pasos detrás de mí.
Pasos que reconocería incluso dormida.
Brayan.
Me giré con el corazón en la garganta.
Él estaba ahí, apoyado contra la pared, con un vendaje en la ceja y el labio partido. Parecía cansado. Herido. Pero sus ojos… sus ojos estaban fijos en mí.
—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz baja.
—Mis apuntes —susurré—. Desaparecieron.
Brayan frunció el ceño.
—¿Quién?
—No lo se. Tus amigos tal vez—respondí, sin pensarlo—. Liam estaba aquí. Se burló. Dijo que sabía quién los tenía.
Brayan apretó la mandíbula. Su expresión cambió. No a rabia. A algo más peligroso.
—No fui yo —dijo, dando un paso hacia mí.
—No dije que fueras tú.
—Pero lo pensaste.
No respondí. Porque sí, lo había pensado.
Brayan respiró hondo, como si intentara contener algo.
—Katherine —dijo, mirándome directo a los ojos—. Yo no te haría eso. No después de…
Se detuvo. No terminó la frase. No hacía falta.
El beso seguía entre nosotros como un fantasma.
—Necesito mis apuntes —dije, con la voz temblorosa—. No puedo perder este examen.
Brayan asintió.
—Los encontraré.
—¿Cómo?
—No te importa cómo —respondió, con una dureza que no era hacia mí, sino hacia quien fuera que me había hecho daño—. Pero te prometo que los voy a traer de vuelta.
—Brayan…
—No voy a dejar que te hundan —dijo, acercándose un poco más—. No esta vez.
Y por primera vez, no sonó como una amenaza. Sonó como una promesa.
Una promesa peligrosa.
Una promesa que podría romperlo todo.