Dos Caminos Diferentes

Capítulo 23

🪟𝑳𝑨 𝑽𝑬𝑵𝑻𝑨𝑵𝑨 𝑬𝑵 𝑳𝑨 𝑴𝑨𝑫𝑹𝑼𝑮𝑨𝑫𝑨.

Esa noche no pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, veía el casillero vacío. Veía la sonrisa burlona de Liam. Veía la expresión de Brayan cuando prometió encontrar mis apuntes.

Y, sobre todo, veía la pelea. Los golpes. La sangre. El dolor en los ojos de Noah. La furia en los de Brayan.

Me senté en la cama, abrazando mis rodillas. La casa estaba en silencio. Mi madre dormía. El reloj marcaba las 2:17 de la madrugada.

El examen era en dos días. Y yo estaba perdida.

Me levanté para beber agua, intentando calmar la ansiedad que me apretaba el pecho. Cuando volví a mi habitación, algo me hizo detenerme.

Un golpe suave. Apenas un toc contra el cristal.

Me congelé.

Otro golpe. Más insistente.

Me acerqué lentamente a la ventana, con el corazón latiendo tan fuerte que me dolía.

Cuando corrí la cortina, casi grité.

Brayan estaba allí. De pie bajo la lluvia. Empapado. Respirando agitado. Con el cabello pegado a la frente y los nudillos ensangrentados.

Y en su mano…Mi carpeta.

Abrí la ventana de golpe.

—¡Brayan! ¿Qué haces aquí? ¡Son las dos de la mañana!

Él no respondió. Solo me extendió la carpeta, como si fuera un tesoro que había rescatado del fondo del océano.

—Los encontré —dijo, con la voz ronca.

Yo tomé la carpeta con manos temblorosas. Estaba mojada por la lluvia, pero intacta.

—¿Dónde estaban? —pregunté, sin poder creerlo.

Brayan levantó la mirada. Sus ojos azules brillaban en la oscuridad, cargados de algo que no supe descifrar.

—En el casillero de Liam —respondió—. Y en el de otro idiota que no vale la pena nombrar.

Mi corazón se apretó.

—¿Qué hiciste?

Brayan sonrió. Una sonrisa peligrosa.Una sonrisa que decía más de lo que él estaba dispuesto a admitir.

—Lo necesario.

—Brayan…

—No te preocupes —dijo, apoyando una mano en el marco de la ventana—. Siguen vivos.

—¡Brayan!

Él soltó una risa baja, cansada.

—No les hice nada grave. Solo… dejé claro que no vuelvan a tocar tus cosas.

Mi respiración se volvió un hilo.

—No tenías que hacer eso.

—Sí tenía —respondió, mirándome con una intensidad que me quemó—. Porque tú no mereces que te quiten nada. No después de todo lo que has pasado. No después de… —se detuvo, tragando saliva—. No después de mí.

El silencio cayó entre nosotros. Un silencio pesado, lleno de cosas que ninguno de los dos sabía cómo decir.

Brayan apoyó la frente contra el marco de la ventana, respirando hondo.

—No quería que pensaras que fui yo —susurró—. No quería que creyeras que te estaba saboteando. No después de…

Otra vez se detuvo. Otra vez evitó decirlo.

El beso.

La tormenta.

La pelea.

Todo estaba ahí, suspendido entre nosotros.

—Brayan… —dije, sin saber qué más decir.

Él levantó la mirada.

Y por primera vez, no vi arrogancia.

No vi rabia.

No vi orgullo.

Vi cansancio.

Vi culpa.

Vi miedo.

—No sé qué estoy haciendo —admitió, con la voz temblando—. No sé cómo… cómo manejar esto. Cómo manejarte. Cómo manejar lo que siento.

Mi corazón dio un vuelco.

—Brayan...

—Pero sí sé una cosa —continuó, dando un paso hacia mí—. No voy a dejar que te hundan. No voy a dejar que te quiten lo que te ganaste. No voy a dejar que te lastimen.

Su mano rozó la mía cuando me devolvió la carpeta.Un toque mínimo. Pero suficiente para encenderme la piel.

—Gracias —susurré.

Brayan bajó la mirada, como si esa palabra lo desarmara.

—No lo hice por el trato —dijo, casi en un murmullo—. Lo hice por ti.

Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera decir algo que no fuera otra mentira o una verdad demasiado peligrosa…

Brayan dio un paso atrás. Se perdió en la oscuridad. Y desapareció bajo la lluvia.

Dejándome con mis apuntes. Con el corazón acelerado. Y con la certeza de que lo que estaba creciendo entre nosotros ya no tenía vuelta atrás.




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