🥶𝑭𝑹Í𝑶 𝑩𝑨𝑱𝑶 𝑳𝑨 𝑷𝑰𝑬𝑳.
Los días siguientes al examen fueron extraños. No había peleas. No había gritos. No había confrontaciones.
Pero el silencio… El silencio era peor.
Noah ya no evitaba mirarme. Ahora me miraba como si yo fuera un recuerdo. Como si ya no supiera dónde colocarme en su vida.
Y Brayan… Brayan estaba más presente que nunca. Demasiado presente.
En clase, Noah se sentó en su sitio habitual, pero no me saludó. No me sonrió. No me ofreció ayuda cuando el profesor explicó un ejercicio complicado.
Solo tomó apuntes, con una calma que no era calma. Era resignación.
Cuando la clase terminó, recogió sus cosas sin prisa. Yo me acerqué.
—Noah… ¿podemos hablar?
Él se detuvo. No se giró.
—No tengo nada en contra tuya —dijo, con voz suave—. Solo estoy… reajustando cosas.
—¿Qué cosas?
—Mis expectativas —respondió, finalmente mirándome.
Ese golpe dolió más que cualquier grito.
—Noah, yo no quería que las cosas fueran así.
—Lo sé —dijo, con una sonrisa triste—. Pero lo fueron.
Y se fue.
Sin dramatismos. Sin rencor. Sin esperanza.
Solo... Vacío.
Cuando salí al pasillo, Brayan estaba apoyado contra una columna, observando la escena desde lejos. Sus ojos azules seguían cada movimiento de Noah. Cada gesto. Cada palabra.
Cuando me vio, se enderezó.
—¿Qué te dijo?
—Nada —respondí, pasando a su lado.
Brayan me tomó del brazo, suave pero firme.
—Katherine.
Me giré.
—Noah está… diferente —dije, sin poder ocultar la tristeza—. No sé qué hacer.
Brayan frunció el ceño.
—No tienes que hacer nada. Él es el que se está alejando.
—Porque está herido.
—No es tu culpa —dijo, con una dureza que no era para mí—. Noah siempre ha sido así. Cuando algo lo supera, se encierra. Se congela. Se vuelve perfecto por fuera y un desastre por dentro.
—Brayan…
—Y tú no tienes que arreglarlo —añadió, acercándose un poco más—. No es tu responsabilidad.
Mi corazón latió más rápido.
—Tampoco eres tú mi responsabilidad —susurré.
Brayan sonrió, pero era una sonrisa rota.
—No. Pero aun así no puedes evitar preocuparte.
No respondí.
Porque tenía razón.
En el almuerzo, me senté sola.Noah estaba con su grupo habitual, pero no me miró ni una vez. Brayan estaba con los suyos, pero no dejaba de mirarme.
Dos extremos.
Dos mundos.
Dos fuegos distintos.
Dos caminos diferentes
Y yo en medio, quemándome.
Al final del día, mientras guardaba mis cosas en el casillero, escuché pasos detrás de mí.
—¿Puedo llevarte a casa?
Brayan.
Me giré.
—No hace falta.
—No te estoy preguntando si hace falta —respondió, cruzándose de brazos—. Te estoy preguntando si quieres.
Lo miré.
Sus ojos estaban cansados. Heridos. Pero también… sinceros.
—Brayan, no sé qué quiero —admití.
Él se acercó un paso. Solo uno. Pero suficiente para que mi respiración se acelerara.
—Entonces déjame quedarme cerca —susurró—. Hasta que lo sepas.
Mi corazón se apretó.
—No puedo prometerte nada.
—No te estoy pidiendo promesas —dijo, con una voz tan suave que me desarmó—. Solo… no me cierres la puerta.
Y por primera vez, entendí algo que me heló la sangre:
Noah se estaba alejando. Brayan se estaba acercando.
Y yo…yo estaba perdiendo el control.
Esa noche, mientras intentaba dormir, una idea me atravesó como un rayo:
Noah no estaba enfadado. Noah no estaba celoso. Noah no estaba dolido.
Noah estaba cambiando.
Y cuando Noah cambiaba… Algo en la Academia Rish siempre se rompía.