🧲 𝑳𝑶 𝑸𝑼𝑬 𝑨Ú𝑵 𝑵𝑶𝑺 𝑼𝑵𝑬.
La biblioteca estaba tan silenciosa que podía escuchar mi propia respiración. Noah tenía las manos entrelazadas sobre el libro cerrado, como si necesitara sujetarse a algo para no desmoronarse.
No sabía por dónde empezar.
Él fue el primero en hablar.
—Katherine… —su voz era apenas un hilo—. Lo siento.
Mi pecho se apretó.
—¿Por qué? —pregunté, con suavidad.
Noah levantó la mirada. Sus ojos estaban rojos, pero no por rabia. Por agotamiento. Por miedo.
—Por gritarte. Por no escucharte. Por dejar que el miedo me convirtiera en alguien que no soy —dijo, tragando saliva—. Por pelear con Brayan. Por ponerte en medio. Por… por alejarme cuando más necesitabas que me quedara.
Cada palabra era un golpe. No hacia mí. Hacia él mismo.
—Noah… —susurré.
—Y también lo siento por no ser suficiente —añadió, con la voz rota—. Por no haber sido más valiente. Por no decirte lo que sentía antes de que todo explotara.
Me levanté de la silla sin pensarlo. Me acerqué a él. Noah se quedó quieto, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper el momento.
Me senté a su lado.
—No tienes que pedir perdón por sentir —dije, apoyando mi mano sobre la suya—. No hiciste nada con mala intención. Solo estabas… herido.
Noah cerró los ojos, como si mis palabras lo desarmaran.
—Tenía miedo de perderte —admitió—. Y cuando te vi con él… sentí que ya te había perdido.
—No me has perdido —respondí, con sinceridad—. Pero necesito que hablemos. Que no huyas. Que no te encierres.
Él abrió los ojos. Y en ellos había algo que no había visto en días: esperanza.
—Estoy aquí —susurró—. No voy a huir.
Y entonces, sin avisar, sin impulsos, sin rabia… Noah me abrazó.
Un abrazo fuerte. Un abrazo que temblaba. Un abrazo que decía todo lo que él no sabía poner en palabras.
Yo también lo abracé. Sentí su respiración acelerada contra mi cuello. Sentí cómo se aferraba a mí como si temiera que desapareciera.
—Perdóname —murmuró contra mi hombro.
—Noah… —acaricié su espalda, intentando calmarlo—. No tienes que pedirme perdón por quererme.
Él se separó un poco, lo justo para mirarme. Sus manos aún temblaban.
—Tengo miedo —confesó—. Miedo de lastimarte. Miedo de no ser suficiente. Miedo de que él… —se detuvo, respirando hondo—. Miedo de que tú no me elijas.
Mi corazón dio un vuelco.
—Noah, no estoy eligiendo a nadie ahora —dije con honestidad—. Estoy intentando entenderme. Entenderlos. Entender lo que siento.
Él asintió, aunque dolía.
—Entonces déjame estar aquí —susurró—. No como rival de Brayan. No como alguien que quiere ganar. Solo… como Noah. Como el Noah que tú conociste antes de todo esto.
Mi garganta se cerró.
—Ese Noah nunca se fue —respondí.
Él sonrió. Una sonrisa pequeña, temerosa, pero real.
Y entonces, con una delicadeza que me hizo contener el aliento, Noah levantó una mano y la apoyó en mi mejilla.
—¿Puedo…? —preguntó, sin terminar la frase.
No necesitaba terminarla.
Asentí.
Noah se inclinó despacio. Muy despacio. Como si temiera romperme. Como si temiera romperse él.
Y me besó.
Un beso suave. Un beso temeroso. Un beso que no buscaba reclamar nada, ni demostrar nada, ni competir con nadie.
Era un beso que pedía permiso. Que pedía perdón. Que pedía tiempo.
Un beso completamente distinto al de Brayan.
Noah temblaba. Yo también.
Cuando se separó, apoyó su frente contra la mía.
—No quiero perder esto —susurró—. No quiero perderte.
Yo cerré los ojos.
—No tienes que perderme —respondí—. Pero tenemos que ir despacio. Los dos.
—Despacio —repitió—. Puedo hacerlo.
Y por primera vez en mucho tiempo…sentí que algo dentro de nosotros empezaba a sanar.