💅𝑳𝑨 𝑵𝑶𝑪𝑯𝑬 𝑫𝑬 𝑳𝑨 𝑮𝑨𝑳𝑨.
La mansión Gordon no parecía una casa. Parecía un reino.
Columnas blancas iluminadas por reflectores dorados, jardines perfectamente recortados, fuentes que brillaban como espejos líquidos y un camino de mármol que conducía a una entrada tan grande que yo podría haber vivido dentro de ella.
Los autos de lujo llegaban uno tras otro, dejando a estudiantes vestidos como si fueran parte de una película. Trajes impecables, vestidos que parecían flotar, joyas que reflejaban la luz como estrellas artificiales.
Y yo… yo solo intentaba no tropezar con mis propios nervios.
Mi vestido era sencillo, prestado por una vecina de mi madre. Azul oscuro, sin brillo, sin extravagancias. Pero cómodo. Y mío, de alguna manera.
Estás preciosa —dijo Noah a mi lado.
Me giré hacia él. Traje negro, corbata dorada, cabello perfectamente peinado. Parecía sacado de una revista.
—Gracias —susurré.
me ofreció su brazo. Lo tomé. Y por un momento, el mundo dejó de pesar tanto.
Hasta que escuché una voz detrás de nosotros
—Llegas tarde.
Brayan.
Apoyado contra una columna, con un traje que parecía hecho a medida para su arrogancia. La corbata dorada ligeramente suelta, el cabello rubio cayendo sobre su frente de forma perfecta y rebelde.
—No todos tienen chofer personal —respondió Noah, sin perder la calma.
—No todos lo necesitamos —replicó Brayan, sonriendo de lado.
Sus ojos se posaron en mí. Y por un instante, su expresión cambió. No burla. No arrogancia.
Algo más suave. Más peligroso.
—Te ves… —hizo una pausa, como si buscara la palabra correcta— …diferente.
No supe si era un cumplido o una advertencia.
—Vamos —dijo Noah, tensando el brazo que yo sostenía—. No quiero llegar tarde al discurso.
Brayan soltó una risa baja.
—Claro. El discurso de papá. Qué emocionante.— Dijo rodando los ojos, con muestra de desinterés.
El interior de la mansión era aún más impresionante que el exterior. Lámparas de cristal colgaban del techo como constelaciones. Mesas largas rebosaban de comida que yo solo había visto en televisión. Los estudiantes caminaban como si pertenecieran a ese mundo desde siempre.
Yo no.
Pero Noah no me soltó en ningún momento.
—Si te sientes incómoda, me dices —susurró.
Asentí.
Aunque la incomodidad no venía de la fiesta. Venía de la mirada que sentía clavada en mí desde el otro lado del salón.
Brayan.
Noah hablaba con algunos compañeros dorados, pero yo podía sentir cómo Brayan no dejaba de observarnos. Como si estuviera esperando algo. Como si supiera algo que yo no.
—Buenas noches a todos.
La voz del padre de los Gordon resonó por los altavoces.
El salón entero se volvió hacia él.
Alto, imponente, traje impecable, sonrisa calculada. Un hombre acostumbrado a que el mundo se inclinara ante él.
—Es un honor recibirlos en nuestra casa —dijo, extendiendo los brazos—. La Academia Rish es un símbolo de excelencia, y esta gala es solo el comienzo de grandes proyectos.
Aplausos. Sonrisas. Orgullo.
Pero yo… yo vi otra cosa.
Vi cómo su mirada se desviaba hacia un grupo de empresarios. Vi cómo estrechaba manos con demasiada fuerza. Vi cómo su sonrisa se tensaba cuando mencionaba “donaciones”.
Y vi cómo, en medio de su discurso, desaparecía por una puerta lateral.
Una puerta que no llevaba al salón. Una puerta que no llevaba a los jardines.
Una puerta que llevaba al pasillo privado de la familia.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Estás bien? —preguntó Noah, notando mi expresión.
—Sí —mentí.
Pero algo dentro de mí sabía que no. Que algo no encajaba. Que esa puerta… que esa ausencia… que esa sonrisa falsa…
No eran casualidad.
—Voy por un poco de aire —dije, soltando suavemente el brazo de Noah.
—¿Quieres que vaya contigo?
No. Estoy bien. Solo… un minuto.
Noah dudó, pero asintió.
Me alejé entre la multitud, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba. No sabía qué estaba buscando. No sabía qué esperaba encontrar.
Solo sabía que esa puerta despertaba mi instinto natural, y si algo se bien. Esque. Nunca debes ignorar tu instinto.
Y que, por primera vez desde que llegué a la Academia Rish, sentía que estaba a punto de cruzar un límite del que no habría vuelta atrás.
El pasillo estaba: vacío. Silencioso. Demasiado silencioso para una casa llena de gente.