Dos Copas Para Nosotros

CAPÍTULO 25

Lo vi antes de que él me viera.

Estaba más delgado. O quizá era la culpa la que lo hacía verse así. Sus manos estaban inquietas, sus hombros caídos, como si el peso que cargaba fuera demasiado grande incluso para él.

Yo ya no sentía rabia inmediata.

Sentía algo peor. Cansancio.

—Ellie… —su voz se quebró apenas pronunció mi nombre—. Lo siento. Lo siento mucho.

No respondí. Solo lo miré.

—No fue mi intención… —continuó—. Ese empujón… yo estaba cegado. Estaba enojado. No quería hacerte daño. No pensé que… —cerró los ojos con fuerza— no pensé que iba a pasar eso.

Mi pecho ardió, pero me obligué a mantenerme firme.

—Quería saber si era mío —dijo de pronto, como si confesarlo fuera arrancarse la piel—. Me ganó la culpa. Siempre sentí que no era suficiente. Que nunca iba a ser más que Harper para ti. Recordaba todo lo que viviste con él… y me sentía pequeño. Cuando vi a ese chico, de aquella vez… tuve miedo.

Respiró hondo.

—Miedo de que otra vez no me eligieras a mí.

Sus palabras flotaron entre nosotros, pesadas, torpes.

Miedo.

Inseguridad.

Orgullo herido.

Todo eso le había parecido suficiente para perder el control. Y yo perdí a mi hijo.

—Por tu bien… y por el mío —continuó—, voy a irme. Tengo que cambiar. Tengo que mejorar. No puedo seguir haciéndote daño. No voy a volver. Me voy de tu vida.

Hubo un silencio largo. Demasiado largo.

Lo miré fijamente y sentí algo romperse dentro de mí, pero no era amor. Era el último resto de esperanza que quedaba.

—Ya hiciste todo en mi vida, Kno —dije, con una calma que ni yo entendía de dónde salía—. Me sostuviste cuando estaba rota. Luego me soltaste. Después volviste y me diste donde más me dolía.

Tragué saliva, pero no aparté la mirada.

—Ya cumpliste tu ciclo. Ya cumpliste tu derrota de aquella vez que te dejé. ¿Te acuerdas? Supongo que ahora puedes sentirte libre.

Sus ojos se humedecieron.

Yo no lloré. Las lágrimas ya no salían con la misma facilidad. Era como si mi cuerpo hubiera aprendido a endurecerse.

—No me importa si te quedas o si te vas del país —continué—. No me importa si cambias, si mejoras, si encuentras a alguien más. Haz lo que se te dé la gana.

Mi voz tembló apenas al final, pero seguí.

—Porque ya destruiste mi vida.

El silencio se volvió insoportable. Sentí mi corazón golpear contra mis costillas, pero no retrocedí.

—Maldigo el día en que te conocí, Kno.

La frase salió más baja esta vez, más cansada que furiosa. No era un grito. Era una sentencia.

Él bajó la mirada. Por primera vez no intentó justificarse, no intentó acercarse, no intentó tocarme.

Y en ese instante entendí algo terrible.

Lo había amado.

Pero ahora solo quedaba el daño.

Y el daño… no se deshace con disculpas.

Quizás quiso acercarse...

Lo vi moverse apenas, como si su cuerpo dudara entre avanzar o quedarse quieto. Tal vez quería abrazarme. Tal vez quería sujetarme por última vez y decir algo más, algo que lo redimiera, algo que cambiara el final.

Pero yo ya no era la misma.

No había nada en mí que respondiera a ese impulso.

No había temblor, no había nostalgia. Solo una quietud extraña, una frialdad que no conocía en mí. Era como si el dolor hubiera sido tan grande que hubiera quemado todo lo demás.

Me quedé ahí unos segundos más, mirándolo sin mirarlo realmente. Ya no veía al chico que conocí. No veía al amigo que me sostuvo cuando el mundo se me vino encima. No veía al hombre que decía amarme.

Solo veía el punto exacto donde mi vida se partió en dos.

Y no quería quedarme más tiempo frente a eso.

Así que seguí caminando.

Sin decir nada.

Mis pasos fueron lentos, pero firmes. Sentía las piernas débiles, pero no me detuve. No miré atrás. No esperé que dijera mi nombre. No esperé que me pidiera que me quedara.

Y él no lo hizo.

No me detuvo.

No hubo ese adiós dramático. No hubo una última mirada cargada de promesas. No hubo cierre.

Solo distancia.

Cada paso que daba era una decisión. Cada metro que nos separaba era una aceptación silenciosa de que lo nuestro había terminado mucho antes de que yo lo quisiera admitir.

Sentí un vacío profundo, pero no el mismo vacío de la pérdida reciente. Este era distinto. Era más antiguo. Más resignado.

Kno había sido parte de mi historia. Una parte intensa, dolorosa, a veces hermosa, pero inevitablemente trágica. Fue el capítulo que me enseñó que amar no siempre significa salvarse. Que volver no siempre significa sanar.

Y ahora entendía algo que antes me costaba aceptar: hay personas que llegan a tu vida no para quedarse, sino para enseñarte cuánto puedes resistir.

Él fue eso.

Una lección.

Una herida.

Un recuerdo que, desde ese momento, decidí no volver a abrir.

No sé si el tiempo borrará su nombre de mi memoria. No sé si algún día dejará de doler del todo.

Pero sí sé algo.

Mientras caminaba alejándome sin mirar atrás, supe que no quería volver a pronunciar su nombre en mi historia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.