Dos Copas Para Nosotros

CAPÍTULO 26

No entiendo cómo es que el tiempo pasaba rápido o es que yo simplemente no hacía más, las horas de sueño eran más de lo habitual. Marcus no toca el tema de Kno, ni hablamos de la hermana de kno. Los negocios están saliendo bien, hubo uno que otras bajas, pero creo que ya estamos estables. Hay cosas que no sé cómo manejarlas, no sé qué más puedo hacer para sentirme libre de este ser, de este yo que no soporta vivir.

Marcus está pendiente en sus cosas, me sorprende lo bien que se adaptó en este país, nuevo para los dos, pero para él creo que no, porque ya sabe hasta más que yo.

Estoy ordenando las cosas de esta habitación que seguro guarda secretos de mi dolor. Encuentro la carta que escribí

El día que escribí esa carta no pensaba que terminaría así.

La escribí antes de verlo. Antes de que me pidiera perdón. Antes de que decidiera irse. La escribí cuando todavía había algo dentro de mí que necesitaba ordenar lo que sentía, como si ponerlo en palabras pudiera salvarme del derrumbe.

Recuerdo exactamente cómo empezó.

“Cuando te conocí, no sentí fuego. Sentí calma.”

Eso era lo extraño de Kno. No entró en mi vida como tormenta, sino como refugio. Era alto, silencioso, con esa manera de observar que me hacía sentir vista sin ser invadida. Con él no había vértigo, había una especie de estabilidad que yo confundí con destino.

Él quería escribir un libro conmigo.

No un libro literal. Decía que nuestra historia merecía ser contada, que cada caída, cada reconciliación, cada herida, era un capítulo que valía la pena. Decía que su vida, desde que yo aparecí, tenía estructura. Que antes era solo páginas sueltas.

Y yo… yo quise creerle.

Quise creer que podíamos escribir algo distinto a lo que ya había vivido. Que esta vez no habría abandono. Que esta vez alguien se quedaría sin dudar.

En esa carta le confesaba que lo había amado desde un lugar más maduro que antes. Que no era la adolescente que huía, sino la mujer que elegía quedarse. Le decía que entendía sus inseguridades, que entendía que Harper era un fantasma incómodo entre nosotros. Que no era fácil amar a alguien con pasado.

Pero también le escribí algo que nunca llegué a decirle en voz alta:

“Amar no puede doler más que sanar.”

Y yo ya estaba sangrando.

En esa carta le decía que estaba dispuesta a dejarlo ir. Que, si su miedo era más grande que su amor, entonces yo no podía pelear contra eso. Que no quería ser una guerra constante en su vida.

La doblé. La guardé. Nunca se la entregué.

Hoy la encontré nuevamente

Estaba dentro de un libro viejo, uno que no habría desde hace meses. Me quedé mirándola largo rato. Reconocí mi letra temblorosa, la tinta un poco corrida en algunas partes donde seguramente lloré mientras escribía.

No la abrí.

No la leí.

Ya sabía lo que decía.

Salí al patio con la carta entre los dedos. El sillón viejo de mimbre sigue ahí, donde siempre. Me senté. El aire de la tarde estaba tibio, tranquilo, indiferente a todo lo que había pasado en mi vida.

Encendí un fósforo.

La llama tardó unos segundos en consumir la esquina del papel. Observé cómo las palabras que alguna vez significaron esperanza se convertían en ceniza. No sentí rabia. No sentí alivio.

Solo cierre.

—Está bien —susurré, no sé si para mí o para ti.

A veces todavía te hablo.

No sé si me escuchas. No sé si existe algún lugar donde lo que no llegó a nacer pueda oír a su madre. Pero cuando estoy sola, cuando el silencio pesa, te cuento cómo me va.

El negocio sigue en pie.

Las ventas han mejorado un poco. Los encargados han sido responsables. Me costó volver al local, pero lo hice. Al principio solo observaba. Después volví a organizar, a crear, a decidir. No con la misma pasión de antes, pero con disciplina.

Estoy aprendiendo a sostenerme sin ilusión.

Marcus viene de vez en cuando. Trae comida, o películas viejas que insiste en que “son clásicos”. Nos sentamos en la sala, vemos algo absurdo, a veces me río. Luego se va. No hay nada entre nosotros más que amistad.

Y eso está bien.

Hace mucho que no menciona a Harper. Y yo ya no quiero escuchar su nombre con tanta importancia. Aprendí que no todo lo que duele merece seguir ocupando espacio.

Hay días en los que siento que estoy viviendo.

Hay otros en los que solo estoy existiendo.

Cumplo horarios. Pago cuentas. Abro el negocio. Cierro el negocio. Respiro.

Durante un tiempo, el trabajo fue el único hilo que aún me unía a Kno. Coincidíamos en asuntos laborales. Firmas, reuniones, mensajes breves. Yo lo ignoraba lo más posible. Respuestas frías. Miradas neutras.

Ya estaba pensando en dejar ese trabajo.

No quería seguir compartiendo ni siquiera el aire profesional con alguien que me recordaba lo que perdí. Hasta que un día supe que renunció.

Así, sin más.

Y ahora estoy aquí, sentada en el sillón del patio, mirando el cielo que empieza a oscurecer.

No sé dónde está.

No sé si realmente mejoró. Pero, su ausencia no me desestabiliza.

Es solo eso.

Ausencia.

Y mientras el viento mueve suavemente las hojas del jardín, me llevo la mano al pecho y respiro.

Sigo aquí.

Rota, sí.

Pero aquí.

Escuché el sonido del portón abrirse y no me moví.

Sabía que era Marcus. Tiene esa forma particular de entrar sin invadir, como si siempre pidiera permiso, aunque la puerta esté abierta.

—¿Ellie? —su voz llegó desde el jardín.

Giré apenas la cabeza.

Venía con una bolsa en la mano y una expresión que intentaba ser casual. Cuando levantó la bolsa en el aire, sonrió.

—Traje helado. Del que te gusta. Chocolate amargo con almendras.

No pude evitarlo.

Sonreí.

No una sonrisa pequeña. No una educada. Sonreí demasiado, como si esa simple acción me hubiera tomado por sorpresa. Como si, por un segundo, algo ligero hubiera atravesado toda esta densidad que llevo encima.




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