Dos De Corazones

01.- ENCUENTROS ATROPELLADOS

Iba tarde, otra vez.

La vida, sinceramente, debe tener alguna obsesión extraña con verme correr desesperado cada mañana, porque no encuentro otra explicación para mi eterna impuntualidad. Y sí, odio vivir en un cerro. Pero lo digo en serio, si algún día escribo mi autobiografía, empezará con la frase: «Nací en la ladera de una montaña y, desde entonces, mi vida ha sido cuesta arriba». Literalmente.

Sin embargo, no me queda otra opción más que aguantar la situación, así que trato de no irme de rodillas mientras bajo los escalones a tal velocidad que parezco estar entrenando para las olimpiadas. Debo admitir que agradezco no haberme matado todavía, aunque no descarto que pueda pasar en cualquier momento.

Mientras avanzaba, intenté repasar mis metas mentalmente, porque uno tiene que buscarse formas de motivación o termina tirado en la banqueta, hecho un desastre y llorando. Último semestre de preparatoria. El último.

Si todo salía bien, el próximo semestre ya estaría estudiando en una universidad decente. A veces soñaba con estudiar danza… pero bastaba con que recordara mi situación económica para que esa idea se desvaneciera al instante. Por eso, ser docente era mi opción más realista. Enseñar se me daba bien y, además, es algo en lo que nadie te pone trabas si sabes hacerlo bien.

Me acomodé la mochila al hombro y me lancé escaleras abajo a toda prisa, porque si me retrasaba un segundo más, la combi se iría sin mí. Y esa señora conductora era peor que el diablo en persona: si te veía corriendo para alcanzarla, aceleraba el paso a propósito. Estoy seguro de que me tenía algo personal.

—¡Eh, Jared! —gritó una voz que reconocí al instante.

Ah, sí, mis fieles admiradores del barrio: Leslie, Bryden y Eduardo. Los tres sentados en la banqueta, desayunando quién sabe qué y desde qué hora. Siempre estaban ahí, a cualquier hora, tanto que a veces sospechaba que ni siquiera dormían.

—¡Buenos días, princesa del cerro! —se burló Leslie nada más verme llegar.

—¿Otra vez tarde? —añadió Bryden, como si no viviera la misma escena conmigo todos los días.

—Un día de estos te vas a ir de hocico contra el suelo —aportó Eduardo, siempre tan poético y alentador como de costumbre.

—Gracias por su fe incondicional en mí —les respondí sin detener la carrera ni un segundo—. Si me muero en el intento, repártanse mis tenis. Son lo único de valor que tengo.

Ellos soltaron la risa mientras yo seguí bajando, y por un breve momento llegué a pensar que quizás, solo quizás, lo lograría… pero fui demasiado iluso. Justo al llegar a la curva principal, lo vi: un hombre parado muy quieto, mirándome con expresión totalmente desorientada, y cubierto de sangre hasta el cuello.

Mi instinto me gritó fantasma de inmediato. Porque ninguna persona viva se queda parada así… ni en mi barrio, y eso ya es decir mucho, porque por aquí se ven cosas de lo más extrañas.

Bajé la mirada rápidamente, con la esperanza de que si lo ignoraba, desaparecería. Es mi técnica milenaria: si no te veo, no existes. Y generalmente me funcionaba… o al menos funcionaba cuando los muertos no andaban muy lucidos o con ganas de hablar.

Pasé a su lado pegado a la pared y con la vista clavada en el suelo, tratando de hacerlo como si nada hubiera pasado.

—Tú puedes verme… ¿verdad?

Su voz cayó sobre mí como un balde de agua helada. Me detuve en seco y cerré los ojos con fuerza.

Maldita sea.

—No —le respondí, aunque sonó tan falso que hasta yo mismo no me lo creí.

El hombre seguía ahí, inmóvil, mirándome fijamente como si yo fuera la única luz encendida en un cuarto totalmente oscuro.

—¡Oye! —gritó de pronto, con la voz rasposa y desgarrada—. ¡¿Cómo es posible que me veas?! ¡Oye, muchacho, hazme caso, por favor!

Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba al instante. Yo no quería esto. No quería volver a pasar por lo mismo otra vez.

Me aferré con fuerza a las correas de mi mochila y seguí caminando cuesta abajo, acelerando el paso como si pudiera dejar atrás a un muerto que tenía ganas de seguirme.

—No te escucho, no te escucho, no te escucho… —murmuraba entre dientes, casi como un rezo.

Porque involucrarse con fantasmas nunca termina bien. Ya lo había comprobado antes. Una vez intenté ayudar a uno y terminé metido en un problema tan grande que todavía me da ansiedad solo de recordarlo. Una cosa es verlos pasar… y otra muy distinta es que te tomen como su terapeuta personal y obligado.

Pero este tipo no tenía intención de quedarse quieto.

Escuché pasos detrás de mí. Pasos húmedos, arrastrados, pesados… como si fuera dejando un rastro que preferí no voltear a confirmar. Mi corazón comenzó a latir mucho más rápido. Por experiencia sé que a veces están tranquilos… pero casi nunca. La mayoría andan enojados: con su muerte, porque no la aceptan, o simplemente porque buscan a alguien a quien culpar de su desgracia.

Y al parecer, hoy yo era el afortunado elegido.

—¡Oye! —rugió el fantasma, y esta vez su voz sonó mucho más cerca.

De repente, algo frío, increíblemente frío, me agarró del brazo. Un tirón brusco me hizo perder el equilibrio y me lanzó hacia atrás.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.