Dos De Corazones

02.- PERSONAJES INDESEADOS

El nivel del equipo de porristas había bajado muchísimo desde que se fue la generación anterior. Entre ellas estaba Heather; esa chica era un sol, de esas personas que brillan por donde pasan. Tal vez por eso la vida le sonrió y logró ingresar a una de las universidades más elitistas del otro lado del mundo.

Ojalá tener su misma suerte y descubrir de repente que mi papá era un duque o algo parecido. Pero no. Aquí estaba yo, viendo cómo mi equipo se iba a pique poco a poco, todo a causa de nuestra nueva capitana.

Casi logré convencer a Valeria para que se postulara como líder; sin embargo, al final nadie quiso enfrentarse a ella. Y yo ni siquiera podía presentarme, por reglas estúpidas que nunca entendí del todo.

Todo era un desastre. Lo sabía. Estaba totalmente consciente de ello.

Aun así, no me quejaba. Porque esto era lo más cercano que tenía a lo que realmente amaba: bailar.

—¡Muy bien, chicos! —exclamó Mari, nuestra capitana, con esa cara de que parecía odiar su propio puesto—. Recuerden que la próxima semana es el partido de fútbol americano, y el viernes el de basquetbol.

Todas las chicas chillaron de emoción, mientras que los escasos chicos que éramos en el equipo refunfuñamos en voz baja. Yo no sabía muy bien qué sentir al respecto, aunque debía admitir que me emocionaba más bien por el espectáculo visual que siempre me echaba en esos eventos. Ver a todos esos chicos en acción… bueno, era la mejor parte del trabajo.

—¿Vamos a usar el mismo uniforme del equipo? —preguntó otra de las chicas.

—Para el partido del viernes no —respondió Mari, que parecía tener mucha prisa, porque ya estaba guardando sus cosas en su mochila—. Les paso los detalles por el grupo de whatsaap.

Eso fue lo último que escuchamos de ella ese día, antes de que saliera corriendo por el campo, luciendo su cabello castaño al viento como si fuera la protagonista de una película.

Todos nos quedamos observando su huida con atención. Y luego, inevitablemente, todos voltearon a verme a mí, como esperando que yo dijera algo o tomara el control.

—Bueno, pues… ¿tienen ganas de seguir practicando la rutina? —les pregunté, porque de vez en cuando terminaba fungiendo como suplente involuntario de capitán.

—Ni que aunque me apuntaran con un arma. Esa atrocidad no —respondió Yaz, que siempre era la más sincera y directa del equipo—. Oye… ¿por qué no montas tú las coreografías? Siempre lo hacías cuando Heather y Liz estaban a cargo, y todo salía genial.

Los chicos intercambiaron miradas entre ellos, y yo me quedé callado sin saber qué responder… o tal vez sí lo sabía, pero no quería decirlo. Incluso los integrantes nuevos parecían estar de acuerdo y me miraban con interés.

—Eso era porque ellas me pedían ayuda —expliqué, odiando ver cómo el ánimo de todos se iba al suelo—. Yo solo daba sugerencias.

—Si las cosas siguen así, no vamos a llegar ni a los estatales de tan mal que estamos —se quejó alguien más al fondo.

Los murmullos comenzaron a alzarse y el ambiente se puso pesado. Aún teníamos unos minutos antes de que llegara el equipo de fútbol, con su montón de testosterona y esa energía de lucidez extrema que traen siempre. Fue entonces cuando tuve una idea, una que tal vez podría funcionar para levantarles el ánimo. En mis tiempos de bailarín, siempre me había servido.

—¡Bien, ya basta de quejarse de la vida! —alcé la voz y, por suerte, todos se callaron al instante—. Sé que no estamos pasando por un buen momento, pero… ¿saben qué es lo que siempre soluciona todos los problemas?

—¿La terapia? —me respondió Tania muy seria.

Casi le solté una tontería como respuesta, pero me aguanté las ganas.

—No —continué—. Bueno, sí, ayuda… pero no es de lo que estamos hablando ahora —me acerqué a la bocina y la volví a encender—. Lo que lo arregla todo es el baile —le di al play en mi celular—. Si están aquí es porque les gusta esto, así que vamos: muevan ese trasero y disfruten.

Comenzó a sonar «Don’t Start Now» de Dua Lipa. Y aunque al principio me sentí como un completo idiota moviéndome solo, pronto me dejé llevar y empecé a bailar al ritmo de la música. Fui jalando a uno y a otro, animándolos, y aunque al principio dudaron, poco a poco se fueron soltando ante el placer simple y dulce de moverse. Cuando me di cuenta, ya todos estábamos bailando, cada uno con su propio estilo y personalidad, sin importarnos la rutina o lo correcto.

Me detuve un momento para admirarlos y me sentí satisfecho. Nada mejor que un poco de música para levantarle el ánimo a un bailarín.

—Te votaría por presidente o por lo que fuera —me dijo Yaz acercándose a mí y pasándome el brazo por los hombros—. Gracias por esto, de verdad.

—Somos los más grandes y los que más experiencia tenemos aquí —le dije—. Si no les inyectamos un poco de euforia y ganas, nos vamos a quedar sin equipo antes de que acabe el año.

Ella asintió, dándome la razón.

Nos volvimos a unir al baile, y así estuvimos durante varias canciones más. Todos tenían un talento nato para esto, cada uno brillaba a su manera. Si lográbamos unir todo eso en un solo espectáculo, debería ser suficiente para ganar… aunque no creía que nuestra capitana tuviera el interés o las ganas de querer comprobarlo.




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