Dos De Corazones

03.- CAOS NOCTURNO

Agité la mezcla con ligereza y vertí el líquido en el vaso, completando así la bebida perfecta. Me encantaba mi trabajo, pero sinceramente, había días en los que prefería cuando solo entraba alguien, pedía lo básico y ya sabes… un tequila, por ejemplo. Nada complicado.

La noche estaba transcurriendo con una calma inusual; hasta el momento ningún borracho se había puesto pesado, ni había habido peleas, gritos o escenas vergonzosas. Sé que no suena como un gran logro, pero considerando los “incidentes” que solemos tener aquí en el Nigherts, que todo esté en paz a estas horas de la madrugada es una victoria absoluta.

Me recargué en la barra, admirando a los clientes de esta noche: los mismos viejecillos que vienen a jugar cartas religiosamente cada día, como si este lugar fuera su segunda casa.

—Ni se te ocurra —me advirtió Alisson, sin siquiera levantar la vista de lo que hacía, y entendí perfectamente a qué se refería.

—No pensaba hacer nada —respondí, sonriendo con falsa inocencia.

Ella me miró con una ceja alzada, esa mirada que lo dice todo, y no pude seguir negándome; me conocía demasiado bien como para creerme.

—Bueno… tal vez solo una partidita rápida —confesé, rindiéndome.

Negó con la cabeza y me señaló los vasos vacíos que se acumulaban en el extremo de la barra.

—Te tocan lavar a ti.

—¡No! —me quejé—. Yo lavé la tanda anterior, así que te toca a ti.

La vi reírse con esa inocencia suya que a veces daba miedo.

—No soy tan fácil de engañar, Alisson.

—Si yo fuera un hombre, caerías mucho más rápido en mis mentiras —fingío indignación mientras recogía lo que había que llevar a lavar, aceptando su derrota.

—Probablemente —admitió ella.

Me mostró el dedo medio antes de irse hacia la parte de atrás con una pila de vasos, y yo, como el buen amigo que soy, la seguí llevando el resto. Aún me sorprendía cómo era posible que ella terminara trabajando aquí. No por el lugar, sino porque su familia tenía una posición económica excelente; solo que, precisamente por eso, Alisson nunca escatimaba en nada ni miraba precios. Claro, hasta que la castigaron por alguna locura y tuvo que buscar trabajo para solventar sus propios gustos y caprichos.

Al principio le costó horrores adaptarse a tener horarios y jefes, sin embargo, ahora incluso parecía que lo disfrutaba un poco.

—Debo admitir que me sorprende que puedas lavar todo esto con esas uñas tan largas y decoradas —le dije una vez estuve a su lado en el área de servicio.

—Una chica tiene sus trucos —respondió con complicidad. Y no estaba yo para cuestionarlo, porque realmente era toda una osadía hacer cualquier cosa con esas uñas sin que se te partieran o se engancharan en todo. Señaló hacia la esquina—. Por cierto, te toca sacar la basura.

—Me da miedo ese callejón —intenté darle lástima, poniendo cara de cachorro, pero ella no se inmutó ni un milímetro—. Si me matan ahí afuera, será toda tu culpa.

—Sí, claro. Me disculparé por ello en el discurso de tu funeral —dijo, muy seria.

Le di un golpe suave con un trapo que tenía a la mano y me apresuré a salir antes de que me aventara la tina de agua llena de jabón que tenía entre las manos.

Corrí de regreso a la barra; entre más rápido sacara la basura, mejor para todos. No es que le tuviera miedo a la oscuridad o a lo tétrico del lugar, sin embargo, la mayoría de las veces que salgo ahí termino encontrándome con fantasmas que deambulan sin rumbo. Y siendo sinceros, no siempre es agradable cruzarse con uno, especialmente si están furiosos o tristes.

Aún recuerdo todas las veces que, de pequeño, me consideraban un demente o un niño problemático, solo porque decía que veía personas ensangrentadas, o sin alguna extremidad, o que hablaban solas. Incluso tuve mi propio amigo imaginario, aunque no como el de la mayoría de los niños: el mío era un niño que ya no estaba en este plano, pero que me hacía compañía.

—Ya no hay clientes, deberías descansar —exclamó Rodrigo a mis espaldas, sacándome un susto de muerte.

—¡Mierda! —casi grito—. No era mi intención morir hoy.

Se disculpó mil veces, pero yo estuve a nada de mentarle hasta el día de su nacimiento. Era una costumbre suya aparecer así de la nada, y aunque no era un fantasma ni nada sobrenatural, resultaba igual de aterrador.

—No te preocupes —mentí, poniendo mi mejor cara de profesional—. ¿En serio ya no hay nadie?

No era que me sorprendiera, pues a tales horas de la madrugada ya era prácticamente raro que llegaran nuevas personas, aun así, no perdía nada con confirmar.

—Solo unos cuantos señores de siempre —señaló hacia el rincón, lo cual era evidente—. Pero ya sabes cómo son: solo piden tequilas o cervezas, se quedan callados y se van tranquilos.

Lo sabía, y por eso los adoraba. Eran lo mejor del trabajo.

—Te encargo todo unos minutos, saldré a dejar la basura —le pedí, tomando las bolsas pesadas.

—Si quieres puedo hacerlo yo —se ofreció, aunque supe al instante que venía con una condición—. Sé lo mucho que odias realizar esas actividades.




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