El fin de semana había llegado, y con él esa sensación gloriosa de que el tiempo se detiene, de que el mundo gira más lento y de que por fin podía dejar de fingir que me interesaba lo que pasaba en la escuela. Porque seamos honestos, entre tareas, profesores que parecen tener algo personal contra mí y dramas ajenos que de alguna manera siempre terminan siendo míos, la verdad es que necesitaba respirar.
Ahí estaba yo, sentado en un banquito de plástico que parecía a punto de romperse bajo mi peso, frente a la tienda de don Tomás, con una baraja de cartas en la mano y el sol dándome en la cara como queriendo cobrarme algo. Mientras el señor barajaba con una elegancia digna de un circo —o sea, nula—, mi mente se fue volando de golpe hacia lo que había pasado hace unos días en el callejón con Thalía y Ara.
Y, sinceramente, todavía no me lo creía del todo. Pero lo que me tenía riendo por lo bajo, lo que me parecía la broma más grande del universo, era el detallecito final: resulta que ellas conocían a Henry.
¿Es que todo el mundo conoce a Henry menos yo hace unos dias? Qué pequeño es el mundo, ¿no? Qué coincidencia tan perfecta, tan de guion de telenovela barata. Me daba risa pensar que justo en el momento más extraño, el nombre de él tuviera que aparecer de nuevo. Casi podía imaginarme al destino ahí parado, riéndose en mi cara y diciéndome: "Toma, Jared, más cosas para que pienses en él, como si ya no lo hicieras suficiente". Definitivamente, el universo tenía un sentido del humor bastante retorcido.
—¡Deja de reírte, muchacho, que hoy sí te va a doler! —me gritó Tomás, sacándome de mis pensamientos y golpeando la mesa vieja con la mano abierta—. Hoy tengo la mano bendecida, ¿me oyes? ¡Hoy sí te gano!
Lo miré con toda la dulzura que me permitía mi sarcasmo. Don Tomás era todo un personaje, el orgullo del barrio. Un señor mayor, bajito, redondito, con el cabello blanco y esa costumbre adorable/insoportable de retarme a jugar cartas cada vez que me veía pasar. Lo más gracioso de todo es que jamás, y repito, JAMÁS, me ha ganado ni una sola vez. Y aun así, ahí sigue, firme en su cruzada personal para vencerme, convencido de que la victoria está a la vuelta de la esquina.
Es el clásico mal perdedor, ¿saben? De esos que cuando van perdiendo es "ay, es que hace viento", "ay, es que estas cartas están viciadas", "ay, es que tú me haces caras". Y cuando pierde definitivamente, que es siempre, resulta que "yo no perdí, es que tú tuviste suerte". Pero vamos, que lo entiendo perfectamente. Yo también tengo ese ego de jugador absurdo, ese orgullo tonto que te hace seguir intentando aunque ya sepas el resultado. Además, ¿cómo le vas a decir que no? Si se pone triste si no juegas. Es parte de la vida del barrio, ya.
—Claro que sí, don Tomás —le dije, acomodando mis cartas y tratando de no delatar que ya tenía la jugada ganadora desde el principio—. Hoy seguro gana, hoy es su día. Ya me estoy preparando para pagarle el doble, fíjese.
—¡Eso! ¡Habla con respeto! —exclamó muy serio, aunque se le notaba la sonrisa—. La apuesta sigue en pie: si gano yo, me pagas todo lo que traes. Si ganas tú... —hizo una pausa dramática, puso los ojos en blanco como si le doliera en el alma— ...te llevas todo gratis. Pero recuerda: eso no va a pasar.
Y bueno, empezamos a jugar entre comentarios, gritos, él tratando de distraerme contándome historias de cuando era joven y supuestamente ganaba todo, y yo aguantándome la risa.
Para cuando terminamos, ya era la tercera vez consecutiva que le ganaba. Tiré mi última carta sobre la mesa con toda la calma del mundo, sonriendo de lado, y él se quedó mirando las cartas como si estas hubieran cometido un delito personal contra él.
—¡NO! —gritó, llamando la atención de dos señoras que pasaban y me miraban a mí como si yo fuera el villano de la historia— ¡Esto es brujería! ¡Jared, usted tiene el diablo metido o algo! ¡Es imposible que gane tanto! ¡Me hace trampa, estoy seguro! ¡Seguro sopló las cartas o qué sé yo!
—¡Don Tomás, por Dios, si todo el mundo vio! —me reí, agarrando mi bolsa con mis cosas—. Suerte nomás, ya ve.
—¡Suerte mi abuela! —siguió gritándome mientras yo me alejaba camino a casa— ¡Llévese sus cosas, váyase, antes de que me arrepienta! ¡Pero sepa que la próxima vez, ay la próxima vez... no se la pondré tan fácil! ¡Voy a traer mis propias cartas! ¡Y mis propios dados! ¡Y un árbitro!
Me fui escuchando sus amenazas de venganza y riéndome a carcajadas, sintiéndome el rey del mundo. Me encantaban estos momentos, en serio. Esas pequeñas victorias estúpidas que no le importan a nadie, pero que a mí me alegran la tarde entera. Si la vida fuera siempre así: cartas, abarrotes y gente que te hace drama por perder, sería perfecta.
El camino a casa, bueno... eso ya es otro nivel de deporte extremo.
Vivimos en una de esas zonas hermosas de la ciudad donde las casas deciden trepar cerros como si quisieran tocar el cielo. O sea, calles empinadas, sí, pero lo que abunda aquí son escaleras. Escaleras infinitas, interminables, que te hacen cuestionar todas tus decisiones de vida cuando vas subiendo cargando cosas. Pero hay que admitirlo, tiene su encanto. Caminar por aquí es pura vibra de barrio mexicano, auténtica, de la buena, sin caer en eso de "ay, qué pintoresco" que sale en las películas y que es mentira.
Aquí la vida pasa afuera: las señoras en las puertas platicando, los niños jugando con pelotas que seguro van a terminar rompiendo algún vidrio, la música saliendo de las ventanas, el olor a comida rica que te hace sentir que en cada casa cocinan mejor que en la tuya. Todo se siente familiar, todo se siente seguro. Es mi casa, básicamente. Con el esfuerzo físico extra incluido.
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Editado: 21.06.2026