No podía creer que en serio hubiera aceptado asistir. En mi defensa, fui casi obligado por Caro y Alisson, a quienes nunca pareció importarles mucho las competencias de natación… hasta ahora. Justo cuando el mejor en ese deporte nos había “invitado” a verlo en su mejor elemento.
Igual, no me quejaba tanto. No es como si ver a hombres en traje de baño me fuera indiferente, pero me sentía como un pez fuera del agua. Jamás había venido a algo parecido, aunque no era de extrañarse, por dos razones: primero, el equipo de porristas no suele animar estas competencias, y segundo, nunca tenía a nadie por quien valiera la pena venir.
—No puedo creer que realmente estemos aquí —repitió Alisson, que no paraba de cruzar miradas con Ricardo, el hermano de Ara—. Es tan… interesante.
—Sí, claro, la piscina es interesantísima —dije, con mucho sarcasmo. Ella ni siquiera pareció notarlo—. ¿Cómo es que ustedes dos…?
Ni siquiera me prestó atención; parecía más ocupada manteniendo ese juego de miradas con el chico, que estaba a tres filas y cuatro asientos de distancia. Volteé a ver a Caro, que parecía perdida en sus propios pensamientos.
—¿Tú sabes algo? —le pregunté.
Se acomodó en su asiento, como si realmente la hubiera sacado de un trance.
—¿Qué decías? —Señalé a nuestra amiga, que seguía en su ritual de coqueteo—. Ah, ellos… —Los miró con una sonrisa ilusionada—. Ella me comentó algo. Creo que le ha estado mandando mensajes por Instagram; al parecer, él la buscó por el perfil de su hermana.
Asentí, genuinamente sorprendido. Tal vez esta vez sí funcionara una de sus relaciones, porque por lo general siempre escoge fatal.
—Bueno, esperemos que no termine en tragedia —comente, aunque más bien sonó como una plegaria al destino.
—Eso espero. Me gusta que tengan vida amorosa porque me sirven de inspiración para mis libros —respondió, muy entusiasmada, aunque a mí me hacía sentir como si fuera su experimento personal—. He sufrido un bloqueo creativo espantoso. Mis lectores me exigen más capítulos.
—No creo que yo pueda serte de mucha ayuda —confesé—. Pero ella sí podría.
Me miró con incredulidad, como si realmente le estuviera mintiendo.
—¿Qué es lo que traes con Henry? —me preguntó de golpe.
Yo no supe qué responder, así que me quedé abriendo y cerrando la boca sin decir nada. Ella me observaba con perspicacia, pero para mi suerte, justo en ese momento la voz por el altavoz nos salvó:
—Atención, en unos momentos daremos inicio a la competencia interescolar de natación. Favor de mantener los pasillos despejados.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Caro arqueó una ceja, notando claramente mi alivio.
—Te salvaste por ahora —murmuró, divertida—. Pero esa pregunta no se va a ir sola.
—Siempre tan alentadora —repliqué, clavando la vista al frente, hacia el agua.
Los nadadores comenzaron a salir de los vestidores y el ambiente cambió de inmediato: gritos, aplausos, chiflidos descarados. Alisson prácticamente se levantó del asiento cuando Ricardo apareció, ajustándose las gafas de natación como si supiera perfectamente el efecto que causaba en todos.
—Definitivamente yo no vine por la piscina —dijo ella, sin una pizca de vergüenza.
Yo rodé los ojos, pero fue imposible no mirar también. Y entonces lo vi.
Henry.
Caminaba con esa seguridad irritante que siempre tenía, el cabello aún húmedo, los hombros relajados pero firmes… como si todo en él estuviera diseñado para llamar la atención sin esfuerzo alguno. No buscaba a nadie en específico… hasta que levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron.
No sonrió. No saludó. Solo me sostuvo la mirada un segundo de más, lo suficiente para que algo incómodo y cálido a la vez me apretara el pecho. Luego giró hacia su carril como si nada hubiera pasado.
—Ahí está tu problema —susurró Caro, siguiéndome la mirada—. O mi próxima musa. Aún no decido.
—No es nada —mentí, demasiado rápido.
—Claro que sí —intervino Alisson, sin despegar los ojos de la piscina—. Cuando alguien dice “no es nada”, siempre es o algo grave o algo muy sexy.
Le sostuve la mirada apenas un segundo antes de volver a clavar los ojos al frente. Ellas siguieron bromeando entre murmullos, comentarios sin filtro y risitas ahogadas que solo tenían sentido entre los tres. Yo asentía de vez en cuando, soltando algún comentario sarcástico para no quedarme fuera, aunque mi atención se desviaba con demasiada facilidad hacia el mismo lugar.
Volví a mirar. Henry estaba apoyado en la orilla, estirando los hombros. Cuando sentí que mis ojos lo buscaban, levantó la vista y casi de inmediato la apartó. Como si no hubiera pasado nada. Como si yo no estuviera ahí parado.
Me obligué a hacer lo mismo.
—Ey, ¿sigues con nosotros o ya te fuiste mentalmente a otra dimensión? —susurró Caro, chocando suavemente su rodilla con la mía.
—Estoy aquí —respondí—. Solo… observando el agua. Muy… acuática.
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Editado: 21.06.2026