Dos De Corazones

06.- ENTRE LUCES Y COLORES

Cuando dijeron "fiesta neón", entendí dos cosas muy claras: una, que iba a terminar brillando como una señal de tránsito en la autopista, y dos, que Aliss se tomaría esto demasiado en serio. Y no me equivoqué en ninguna de las dos.

Nos alistamos juntos, porque aparentemente es ilegal que alguno de los dos se arregle sin comentar cada decisión estética en voz alta, debatiendo colores, combinaciones y niveles de intensidad. Aliss sacó un arsenal de maquillaje que parecía más bien material confiscado en un aeropuerto por exceso de peligrosidad, y yo me limité a observar con respeto… y un poco de miedo genuino.

—Esto es importante —anunció, dejando su bolsa sobre la cama con la solemnidad de quien abre un maletín médico en una emergencia—. Escúchame bien: nadie va a salir de esta habitación sin brillar. Ni tú, ni yo, ni nadie.

Yo me dejé caer en la silla frente al espejo y la miré con desconfianza.

—Mi único objetivo esta noche es no parecer una señal de evacuación de emergencia. Ni más, ni menos.

—Relájate —dijo, acercándose ya con el delineador en la mano y una expresión demasiado concentrada—. No te muevas ni un milímetro.

Nunca confíes en una frase que empieza así, pensé, pero me quedé quieto.

Mientras me maquillaba, yo observaba mi reflejo con resignación. Aliss estaba demasiado concentrada, frunciendo el ceño como si mi rostro fuera una obra de arte inacabada y ella la estuviera esculpiendo.

—Si esto sale mal —comenté, con los ojos entrecerrados por la cercanía del pincel—, voy a caminar por la calle fingiendo que no nos conocemos.

—Ajá, claro —respondió sin dejar de mover la mano—. Y yo voy a decirle a todo el mundo que tú te maquillaste solo y que ese desastre es tu visión artística personal.

Me reí, y ese pequeño movimiento casi provoca una catástrofe fluorescente en mi párpado. Cuando terminó conmigo, intercambiamos lugares. Tomé el pincel con una seguridad que definitivamente no sentía.

—Ahora es tu turno —dije, preparándome para la guerra.

—No confío en ti —respondió ella, cruzándose de brazos y mirándome por encima del hombro desde el espejo.

—Eso duele, considerando nuestra larga historia de sobrevivencia mutua.

Le hice una línea que, en mi mente, era perfectamente simétrica y profesional. En la realidad… bueno, no tanto.

—Jared… —dijo ella, mirándose con horror—. ¿Eso es una broma o es un intento de vandalismo?

—Es una expresión artística moderna —me defendí.

—Es una ofensa visual.

—El arte incomoda, Aliss. Es parte de su esencia.

Me quitó el pincel sin contemplaciones y empezó a corregir mi obra maestra mientras yo defendía mi legado creativo con argumentos muy sólidos (que básicamente eran que "se veía genial y ella no entendía nada").

Entre pinceladas y risas, caímos —inevitablemente— en los chismes de siempre. Que si alguien del equipo de natación andaba con alguien que no debía, que si ciertas miradas entre las porristas no eran tan inocentes como querían aparentar. Yo aportaba comentarios sarcásticos y teorías descabelladas; Aliss, datos precisos y nombres completos. Somos un equipo letal así.

De pronto, el celular de Aliss vibró sobre la cama. Ella lo miró enseguida y sonrió de esa forma que ya conocía demasiado.

—Richi ya llegó.

—Mira qué puntual —dije, acomodándome la ropa una vez más—. Esto me pone nervioso. La puntualidad extrema suele significar planes muy organizados, y yo improviso mejor.

Agarramos nuestras cosas y bajamos rápido. La noche ya se sentía distinta, cargada, como si el aire estuviera calentando motores para lo que venía. El coche de Richi estaba frente al edificio: gris, limpio, con las luces encendidas y música bajita sonando adentro.

—¡Ey! —saludó él desde el volante, con esa sonrisa que ya se le instalaba cada vez que veía a mi amiga—. ¿Listos para brillar?

—Eso creemos —respondió Aliss, acercándose a la ventanilla.

Yo di un paso más… y me detuve en seco. Había más gente dentro del coche. Me quedé mirando el interior un segundo, procesando la información con la velocidad de una conexión a internet lenta y llena de interferencias.

Ah. Claro. Porque nadie me avisó. Porque siempre es buena idea sorprenderme.

—Hola… —dije finalmente, tratando de no parecer tan sorprendido como estaba.

Uno de los chicos levantó la mano, relajado y amable.

—¿Qué tal?

Miré a Aliss de reojo, acusador.

—¿Sabías algo de esto? —le susurré casi sin mover los labios.

—No —juró ella, igual de confundida—. Te juro que no.

Los chicos nos miraban expectantes y algo desesperados; al parecer les urgía llegar a ese lugar y nosotros no hacíamos más que retrasar la salida.

—¿Hay algún problema, chicos? —preguntó Ricardo, con cierto grado de preocupación en su voz al notar mi pausa.

—No —la respuesta de mi amiga fue rápida, mientras me agarraba del brazo y me arrastraba con ella hacia la puerta trasera—. Para nada.




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