Una vez más me encontraba en esta situación: sentado frente a una mesa, en medio de mi jornada laboral, pero esta vez con una presión distinta, mucho más pesada. No era solo un juego. Era el representante silencioso, el peón en la partida del señor Nigher. Él me había prometido que si ganaba, me subiría el sueldo. Y aunque no entendí muy bien sus razones para arriesgar tanto de esa manera… ¿quién era yo para rechazar tal propuesta?
A diferencia de mis adversarios habituales —gente del barrio, clientes aburridos o amigos que solo querían pasar el rato—, estos hombres parecían dispuestos a todo con tal de ganar. No tenían el aspecto de adictos al juego ni mucho menos, pero sí de esas personas con las que no te gustaría cruzarte caminando solo por la calle a medianoche. Imponentes, duros, silenciosos.
—Vamos, niño —me animó el que parecía el más temible de todos, con voz ronca y una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. ¿Tienes miedo de apostar?
Miré mis cartas. Era una mano buena, sí, pero no la mejor que había visto. De los cinco que habíamos empezado, solo quedábamos él y yo; sus tres acompañantes ya se habían retirado, y comprendí perfectamente el porqué: las apuestas habían subido hasta prácticamente el límite permitido. Me había acorralado. Si seguía, me jugaba todo. Si me retiraba, perdía lo que ya había puesto.
A un lado de la mesa, el señor Nigher pasaba la mirada de mí a él y de él a mí, visiblemente nervioso. Alisson estaba de pie tras él, abanicándolo con una carpeta de menús, porque parecía estar a punto de hiperventilarse. Nunca lo había visto así.
—Habiéndome encerrado de tal manera —señalé el montón de fichas en el centro, lo que ya era una fortuna—, no puedes culparme si me lo pienso.
—Al final no será dinero tuyo lo que pierdas —me recordó, disfrutando de mi aparente duda.
—Buen punto —acepté, y vi cómo el entrecejo de mi jefe se arrugaba aún más al escucharme—. Pero tal vez el empleo tampoco lo sea si dejo que me desplumen.
Los tipos alrededor de la mesa soltaron una carcajada libre y sonora. Yo no entendí exactamente qué tenía de gracioso el asunto, aun así terminaron contagiándome con esa mezcla de peligro y emoción que flotaba en el aire. No sabía qué se estaba jugando realmente aquí, pero por la cara de pánico del señor Nigher, apuesto a que era hasta su propia cabeza.
—Nigher estaría perdiendo un gran elemento si te vas —añadió uno de los jugadores que ya había tirado sus cartas, recostándose en la silla con los brazos cruzados—. Hemos oído que preparas unos tragos increíbles, chico. De los mejores.
Estuve a punto de regodearme en ese halago y soltar algún comentario ingenioso, pero mi único contrincante volvió a la carga, impaciente.
—Si tardas más en decidir, perderás por default —advirtió, golpeando la mesa suavemente con un dedo. Tenía razón, y eso era lo que más me estresaba.
Levanté la vista hacia Aliss. Ella me miraba fijo, y sin mover apenas los labios, leí perfectamente lo que me decía: «Hazlo».
Más te vale ser mi grillo de la suerte, amiga, pensé.
—Bien —dije con voz firme, y empujé todas mis fichas restantes hacia el centro—. Demosle todo.
Esperé. Esperé que mi jugada alcanzara para vencer la suya.
La tensión en el aire se podía cortar con tan solo respirar. Todos estaban expectantes, inmóviles, esperando la revelación final de las manos. El que hacía las veces de repartidor empujó el bote hacia un lado, listo para que el ganador lo tomara. Si ganaba, podría comprarme un par de cosas que me hacían falta… aunque claro, el dinero era de mi jefe. Pero si perdía: adiós aguinaldo de fin de año, adiós aumento, adiós tranquilidad.
—Ve y aprende —dijo él, bajando sus cartas con una seguridad arrogante.
No me sorprendió el ver por qué estaba tan confiado. Tenía un póker de Jota y una carta alta, un Kicker, de 8 de trébol. Una mano muy fuerte, casi imbatible para cualquiera.
—No te sientas mal —añadió, recostándose triunfante—. Te falta mucha experiencia. Aun así, fuiste un gran contrincante para ser tan joven.
Debió ver mi rostro ligeramente asombrado, porque sonrió más amplio. Sin embargo, en el póker —y en la vida— nunca hay que adelantarse a los hechos.
—Tiene razón, me falta mucha experiencia —admití despacio, manteniéndole la mirada—. ¿Cuánto lleva jugando para tener esa seguridad? ¿Diez, quince años?
—No creo que sea momento de ponerse a charlar de eso —me regañó el señor Nigher a mis espaldas, casi desplomándose en los brazos de mi amiga del susto.
—No, no, es normal su curiosidad —exclamó el tipo barbón, disfrutando de su momento de gloria—. Llevo unos diez años sentándome en estas mesas, niño. He visto de todo.
—Bien, bien —intervino uno de sus compañeros, estirando la mano hacia el montón de fichas—. Nos llevamos el botín. Lo sentimos mucho, Nigher, para la próxima tal vez tengas más suerte.
Estaban cantando victoria demasiado pronto.
—Alto —dije simplemente, y bajé mi mano sobre la mesa, dejando ver mis cartas.
El color se fue por completo del rostro de mi contrincante. En cambio, las caras de sus amigos cambiaron de expresión repetidamente, pasando de la alegría al desconcierto, y de ahí a la incredulidad, como si alguien estuviera cambiando los canales de televisión con un control remoto.
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Editado: 21.06.2026