Desperté al día siguiente en un hospital. Camas blancas, sábanas que olían a limpio pero frías, el olor inconfundible a desinfectante y ese pitido constante de los monitores que parece existir solo para recordarte que sigues vivo… por ahora.
Según el reporte oficial, todo había sido un simple asalto. Un mal encuentro, mala suerte, haber tomado la calle equivocada a la hora equivocada. Y aunque yo sabía perfectamente que eso no era ni la mitad de la verdad, decidí no decir nada. Porque, claro, ¿cómo le explicas a un médico o a la policía que un grupo de encapuchados con fuerza inhumana, ojos extraños y colmillos demasiado reales intentó secuestrarte mientras te llamaban “el descendiente del beso”?
Exacto. No lo haces.
No cualquiera cree en lo sobrenatural, y yo no estaba particularmente interesado en que me tacharan de loco, paranoico o —peor aún— dramático. Así que negué cuando me preguntaron si recordaba algo, firmé lo que tenía que firmar y guardé mis teorías y miedos en el lugar más seguro que conocía: dentro de mí, donde solo yo pudiera escucharlas.
Eso no significaba que las hubiera abandonado.
Porque no, aquellos que me atacaron no eran humanos. Y sí, estaba cada vez más convencido de que eran vampiros. Suena ridículo cuando lo pienso en voz alta, como sacado de una novela barata, pero hay cosas que simplemente no encajan de otra forma: la velocidad, la fuerza, el frío que emanaban, los dientes… Y me prometí a mí mismo investigar, aunque fuera solo para demostrarme que no estaba perdiendo la cabeza. Aunque también me asustaba el hecho de que realmente parecía que era yo a quien buscaban específicamente.
Ahora, una semana después de todo eso, estaba sentado en mi lugar habitual en la clase de química. O bueno, lo que solía ser mi lugar habitual, ahora convertido en un puesto de exhibición.
No había sido tan aparatoso el golpe en la cabeza como para dejarme inconsciente durante días enteros, pero aun así me habían vendado gran parte del lado derecho del cráneo y la sien. El resultado visual era devastador: parecía una momia barata que había decidido volver a la vida con mochila y cuadernos. Sentía las miradas de todos clavándose en mí como agujas, como si fuera una atracción de feria o un fenómeno extraño.
Sobreviviste a seres sobrenaturales que querían usarte para no sé qué cosa… solo para morir de atención no deseada en el salón de clases. Qué ironía, pensé con amargura.
—¿Te duele mucho? —susurró alguien desde atrás, muy bajito para no llamar la atención.
—Solo mi dignidad —respondí sin voltear, con la voz arrastrada—. Aparte no veo sin lentes.
No había ido a trabajar al Nigherts en toda la semana. Órdenes médicas estrictas: reposo absoluto, observación, nada de esfuerzos, nada de estrés. Como si mi vida fuera compatible con ese concepto. Pero esa noche volvería. Los doctores ya me habían dado luz verde para retomar mis actividades, y honestamente prefería mil veces estar de pie sirviendo tragos y escuchando historias, que pasar otro día más encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación, con el silencio como único compañero.
Sí, me molestaba que todos me vieran como si fuera una reliquia frágil o un herido de guerra recién llegado.
Pero lo prefería. De verdad.
Prefería eso a quedarme en casa, solo con mis pensamientos, recordando aquellas manos heladas, los colmillos afilados rozando mi piel, y aquella voz… esa voz que juraría haber escuchado antes, mucho antes de aquella noche.
Así que ahí estaba. En química. Vendado. Vivo. Y con la ligera —o más bien pesada— sospecha de que mi vida acababa de entrar en una fase bastante más oscura, compleja y peligrosa.
Mientras la profesora Edna hablaba sobre reacciones químicas y fórmulas que juraría ya había visto en otra vida, mi mente decidió irse por su cuenta, viajando de regreso a la calle oscura. Repasaba lo sucedido una y otra vez como si fuera una escena mal editada de una película de terror: las voces susurradas, las manos que me sujetaban con facilidad, las palabras sueltas que no dejaban de rebotar en mi cabeza.
“Ella lo necesita vivo”.
Cuervo.
Mikael.
Nombres que no deberían significar nada para mí y aun así pesaban demasiado en mi mente. ¿Quién era “ella”? ¿Por qué yo? Y, más importante, ¿por qué parecía que ya me conocían mejor de lo que yo quería admitir?
—Jared —susurró Aliss, dándome un codazo suave en las costillas para despertarme—. Pon atención o nos regañan a los dos.
Parpadeé varias veces, volviendo bruscamente a la realidad del salón.
—Estoy atendiendo, claro —mentí descaradamente.
—Pareces ido, flotando en otra dimensión —me recriminó, señalando con la mirada mi cuaderno, donde solo estaba haciendo garabatos sin sentido—. Si te sientes mal o te duele la cabeza, te acompaño a enfermería ahora mismo.
Negué con la cabeza enseguida, temiendo que me llevaran y me encerraran otra vez.
—No, no —respondí, enderezándome en la silla—. Solo estaba… disociando un poquito. Nada grave. Cosas mías.
Me miró con esa cara de no te creo nada, pero no voy a insistir porque sé que eres terco, y volvió a sus apuntes. Justo entonces, una sombra se proyectó sobre nuestra mesa desde atrás. Era Caro, que se había acercado aprovechando que la profesora estaba escribiendo en el pizarrón.
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Editado: 21.06.2026