Aún me sentía aturdido. No físicamente —aunque eso tampoco ayudaba—, sino de ese aturdimiento que no se va con agua ni con aire fresco, porque viene directo del pecho.
Thiago.
Solo pensarlo hacía que algo se me aflojara por dentro, como si mi cuerpo no hubiera recibido el memo de que eso ya era pasado, historia cerrada, capítulo terminado hace mucho tiempo.
Fue mi primer novio. Mi primer todo, si somos honestos.
Nos conocíamos desde la primaria, de esos compañeros que siempre están ahí, sentados a dos filas de distancia, compartiendo útiles, miradas largas que no entiendes del todo cuando tienes once años. Siempre supe que me atraía, aunque no tenía palabras para nombrarlo en ese entonces. Solo sabía que cuando se reía, algo se me acomodaba raro en el estómago, una mezcla de nervios y alegría que solo estar con él provocaba.
Fue hasta la secundaria cuando pasó. Teníamos catorce. Catorce años y demasiadas ganas de sentir algo que no sabíamos explicar, pero que sabíamos que nos quemaba por dentro.
Nuestro primer beso fue torpe y perfecto al mismo tiempo. Narices chocando, respiraciones nerviosas, una risa ahogada después por lo tontos que nos sentíamos, pero lo felices que éramos. Me acuerdo de pensar que eso era lo que se suponía que debía sentirse bien. Que así debía ser enamorarse.
Fuimos la primera vez del otro en muchas cosas. No solo físicas. También en la confianza, en decir esto soy sin miedo, en creer que el mundo podía ser un lugar amable si lo compartías con alguien que te entendía.
Y por un tiempo lo fue. El mundo fue bonito, suave, de colores brillantes.
Hasta que un día simplemente… se fue.
Sin aviso. Sin explicación. Sin despedida.
Al principio lo busqué como un loco. Pregunté a todo el mundo, recorrí pasillos esperando ver su figura, esperé mensajes que nunca llegaron, llamadas que nunca sonaron. Me inventé excusas para no aceptar lo obvio: se enfermó, se tuvo que mudar, algo pasó y yo no me he enterado.
Después, la desesperación se volvió enojo.
Un coraje espeso, silencioso, amargo, que se me fue quedando pegado a la piel como una segunda capa. Dejé de buscarlo porque dolía menos odiarlo que admitir que me había dejado sin una sola palabra, sin un motivo, sin nada. Me repetí una y otra vez que no importaba, que no lo necesitaba, que había sido solo un error bonito, una etapa.
A veces —muy a veces, en las noches más solitarias— me preguntaba por qué. Pero nunca, jamás, se me cruzó por la cabeza que volvería a verlo. Mucho menos así. De regreso. En mi mundo. Y ahora, con una sola sonrisa suya, sentía que todo ese pasado que juré enterrado y superado acababa de abrir los ojos de golpe, vivo y latente.
Después de eso… prácticamente huí.
No hay otra palabra más digna para describirlo. No me quedé a procesar, no me hice el fuerte ni el maduro emocionalmente estable. Simplemente me largué de ahí en cuanto pude, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar primero que yo.
Me fui con Yaz y Tania. No porque fueran las personas indicadas para eso, sino porque eran las que estaban más cerca y porque, honestamente, sentía que si no lo decía en voz alta iba a explotar. Así, sin anestesia.
Les conté todo: Thiago, lo que en su momento tuvimos, cómo me sentía, y luego cómo todo se fue al carajo de la peor forma posible.
Yo hablaba y hablaba, y ellas escuchaban con esa mezcla de horror y rabia ajena que solo se tiene cuando te cuentan algo que no te pasó a ti, pero te duele como si sí. Decían cosas como qué imbécil, no te merecía eso, si lo vemos le arrancamos la cabeza, y aunque lo agradecía… no me hacía sentir mejor. Era como poner una curita en una herida que necesitaba puntos.
Desde ese día lo había visto varias veces en los pasillos. Siempre igual. Siempre peor.
Porque bastaba con que se acercara lo más mínimo, o que yo creyera que lo hacía, para que mi cuerpo entrara en modo supervivencia inmediata. Cambiaba de dirección, fingía estar ocupado hablando con alguien o buscando algo, me metía a cualquier salón o salía por otra puerta, desaparecía. No estaba listo. No para escucharlo, no para mirarlo, no para enfrentar lo que sea que tuviera que decirme.
Si es que tenía algo que decir, me repetía con cinismo.
Volví en mí cuando Caro dejó caer otro libro enorme sobre la pila que ya tenía frente a mí, sacándome de mis pensamientos oscuros.
—¿Ese también? —pregunté, viendo cómo la torre amenazaba con colapsar y matarme ahí mismo.
La miré con expresión de víctima absoluta.
La verdad es que odio leer. Bueno… no lo odio, pero tampoco es que me encante. Lo tolero. Y eso solo porque Caro escribe y lee como si el oxígeno dependiera de ello, y los únicos libros que realmente termino son los suyos. Por cariño. Por obligación moral. Por miedo a su decepción y a sus regaños.
—Confía en mí —dijo, empujando otro más que sacó de entre los estantes—. Este te va a servir mucho.
Porque sí, le había pedido ayuda.
Le pedí que me ayudara a investigar sobre vampiros.
#4531 en Novela romántica
#1029 en Fantasía
#587 en Personajes sobrenaturales
gays boys love, romance acción drama fantasia aventura, fantasmas personajes sobrenaturales
Editado: 21.06.2026