Dos De Corazones

11.- EXTRAÑAS COINCIDENCIAS

Caminaba por la calle como cualquier otra persona.

Eso fue lo primero que pensé, y también lo que más me inquietó.

A mi alrededor, la gente iba y venía sin detenerse demasiado en nada: parejas tomadas de la mano, personas con audífonos puestos, alguien discutiendo por teléfono, un niño jalando la manga de su madre para pedirle algo que seguramente no necesitaba. Todo seguía su curso habitual, como si el mundo no escondiera absolutamente nada bajo la superficie.

Y, sin embargo, yo ya sabía que sí.

Me costaba creer que entre tanta normalidad pudieran existir cosas que no deberían estar ahí. Fantasmas, vampiros, brujas… Tal vez incluso hombres lobo o cosas peores. Criaturas que se movían entre nosotros sin ser vistas, sin ser cuestionadas. Pensé que, si alguien se detuviera a mirar con un poco más de atención, quizá notaría algo fuera de lugar. Pero la verdad era que la mayoría de las personas ni siquiera se imaginaba que ese otro mundo existía.

Tal vez era mejor así.

Seguí caminando, dejando que el ruido de la ciudad me envolviera, como si pudiera ahogar mis propios pensamientos. Necesitaba despejar la cabeza. Desde la noche anterior, la imagen del vampiro regresaba una y otra vez, insistente, como una escena mal grabada que se reproducía sin permiso. Cada detalle seguía ahí, intacto, y por más que intentaba racionalizarlo, nada lograba sentirse completamente real.

Por eso decidí tener una cita conmigo mismo.

No era algo que planeara demasiado; simplemente ocurrió. Pensé que estar solo, lejos de conversaciones incómodas o miradas curiosas, me ayudaría a ordenar todo lo que llevaba dentro. Así que terminé frente al cine, observando el cartel luminoso como si tuviera alguna respuesta que yo no.

Había escuchado hablar de una película llamada Nosferatu. Un vampiro. Qué ironía.

Al principio había pensado en invitar a Caro, pero me dijo que tenía que quedarse con su mamá ese día. Alisson tampoco podía; había salido con su familia ese fin de semana. Supuse que era una señal. Tal vez era mejor ir solo.

Entré al cine y me dejé llevar por los detalles pequeños: el olor dulzón de las palomitas, el murmullo constante de la gente formando filas, el brillo del piso pulido reflejando las luces del techo. Siempre había algo tranquilizador en esos espacios cerrados, como si el mundo exterior quedara suspendido por un par de horas.

Me formé en la fila de las palomitas después de comprar el boleto. El cine estaba más lleno de lo que había imaginado; el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el sonido constante de la máquina expulsando maíz caliente. Intenté concentrarme en eso, en lo simple, en lo normal. En el letrero luminoso sobre el mostrador, en las combinaciones de combos que nunca cambiaban.

Fue entonces cuando escuché mi nombre.

—Jared.

No fue fuerte ni insistente, pero bastó para que algo dentro de mí se desordenara por completo. Por un segundo, sentí cómo el corazón se me alborotaba sin pedir permiso, golpeando con demasiada fuerza contra el pecho. Reconocí la voz antes siquiera de voltear, y eso solo empeoró las cosas.

Cuando me giré, ahí estaba.

Henry era tan alto como lo recordaba, quizá incluso más. Su piel morena contrastaba con la luz blanca del cine, y su cabello corto parecía siempre perfectamente acomodado, como si no necesitara esfuerzo alguno. Tenía los pómulos marcados y esos hoyuelos tan característicos que aparecían apenas sonreía, como si su rostro estuviera diseñado para hacer que uno se quedara mirando un poco más de la cuenta.

No esperaba verlo ahí. Para nada.

—Hola —atiné a decir—. ¿Qué… qué haces aquí?

Mientras hablaba, una parte de mí recordó de golpe el mensaje que me había enviado anoche. El que jamás conteste. El visto que seguía ahí, quieto, como una pequeña herida que no había terminado de cerrar.

Henry se encogió de hombros, relajado, como si no cargara con nada encima.

—Me gusta venir al cine —dijo—. Sobre todo cuando se estrenan películas nuevas.

Asentí, sin saber muy bien qué hacer con mis manos ni con mi mirada.

—Ah… qué bien. ¿Y cuál vas a ver?

Nosferatu —respondió sin dudar—. Tengo curiosidad por ver cómo retrataron al conde Orlok esta vez.

La referencia me tomó un poco por sorpresa. Entendí de qué hablaba, claro. Después de todo, había pasado demasiado tiempo leyendo sobre vampiros últimamente, aunque preferí no pensar en eso.

—Yo… también voy a verla —admití—. Aunque, la verdad, no tengo mucha idea de qué trata.

Henry me miró con interés, como si eso le resultara genuinamente curioso.

—Entonces deberíamos verla juntos.

La frase cayó entre nosotros con más peso del que debería haber tenido. Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

—Es que… ya compré mi boleto —dije, señalando vagamente hacia la taquilla.

—Yo todavía no —respondió—. ¿Qué asiento tienes?

—G… seis.

Henry sonrió.




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