Dos De Corazones

13.- NOCHES DE EGO

El Nigherts estaba más tranquilo de lo habitual.

No vacío, pero sí en ese punto exacto donde el ruido se vuelve constante y deja de ser molesto. Se escuchaba música baja, vasos chocando, risas sueltas que surgían de distintas mesas. Yo estaba sentado cerca de la barra, jugando dominó con don Carlos y su “amigo”; dos señores que claramente llevaban años viniendo. Se notaba en la forma en que pedían sus bebidas, en cómo saludaban a todos, y en la manera relajada con la que colocaban las fichas sobre la mesa.

El señor Nigher no había venido esta noche, lo cual me permitía jugar a gusto sin tener que estar pendiente de nada más. Eso siempre cambiaba el ambiente. Todo se sentía un poco más libre, menos tenso. Alisson estaba detrás de la barra, preparando tragos con calma, moviéndose de un lado a otro mientras charlaba con algunos clientes habituales. De vez en cuando miraba hacia la puerta, como si ya supiera que, en algún momento de la noche, Richie iba a aparecer para llevarnos, como casi siempre ocurría.

Mientras jugaba, me quedé observando todo a mi alrededor; me gustaba hacerlo. Notar quién entraba, quién salía, quién hablaba más de la cuenta después de cierto número de copas. El dominó era solo una excusa para quedarme ahí, presente, con las manos ocupadas en algo.

Perdí las dos primeras partidas.

No me molestó demasiado. Bueno, tal vez un poco. Pero cuando por fin gané la tercera, no pude evitar sonreír ampliamente. Era mi primera victoria de la noche, y don Carlos, sentado frente a mí, bufó con fingido enojo antes de soltar una carcajada.

—Ya era hora —soltó, con voz algo cansada pero alegre.

Asentí, acomodando las fichas de nuevo, aunque por dentro mi mente estaba en otro lugar muy distinto a esa mesa.

Ahora que ya ha pasado todo, que la emoción y el caos de la fiesta se han calmado y pienso con la cabeza fría, sé bien que lo que pasó con Henry fue un error. Un momento de debilidad, de cercanía, de cosas que no debieron pasar. Él tiene a Marisol, y eso es una línea que no debo cruzar, ni siquiera con el pensamiento… y aun así, soy sincero conmigo mismo: si él estuviera solo, si esa relación no existiera, no lo dudaría ni un segundo. Si me diera la oportunidad, me entregaría a él por completo, sin reservas, tal como lo deseo en secreto.

Y luego está Thiago… lo que me dijo, esa frase que se me quedó grabada a fuego: que no piensa irse de mi lado hasta que yo ya no lo necesite. Qué forma tan suya de decir las cosas. Tan posesivo, tan seguro, tan… él. Me confunde, me enoja y me atrae todo junto. ¿Cómo se atreve a volver después de tanto tiempo y hablar como si todavía tuviera derecho a cuidarme? Y sin embargo, la verdad es que… una parte de mí, muy en el fondo, teme que llegue el día en que realmente crea que ya no lo necesito y se vaya de verdad.

Suspiré casi sin darme cuenta.

A pesar de la calma que me rodeaba, la tranquilidad no lograba engañarme del todo. No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido en esa piscina.

Afortunadamente, ese mismo día, cuando todo se complicó, se habían llevado a Henry a otra habitación. Había tomado demasiado, más de lo que su cuerpo podía manejar, y lo mejor fue alejarlo de todo y de todos. Alisson y Caro me ayudaron a mantenerme ocupado, a no quedarme solo, y logré evitar a Thiago casi toda la noche.

Casi.

Desde entonces no había vuelto a verlos.

Ni a Henry. Ni a Thiago.

Y eso, extrañamente, me tenía mucho más inquieto de lo que quería admitir.

No sabía cómo interpretar nada de lo que había pasado. Nada parecía tener un significado claro, y al mismo tiempo todo parecía significar demasiado. El recuerdo de lo que pasó en el coche regresaba sin avisar, y cada vez que lo hacía, sentía el calor subir hasta mis mejillas, como si mi cuerpo se negara a dejar ir esa sensación, por mucho que mi mente quisiera racionalizarlo todo.

Sacudí la cabeza para volver al presente.

El Nigherts seguía igual. Las luces tenues, el olor mezclado a alcohol y tabaco, el murmullo constante de la gente.

Pero yo ya no me sentía igual que antes de la fiesta.

Guardé las fichas y me levanté de la mesa, dirigiéndome hacia la barra donde estaba Alisson. Antes de irme, me despedí de don Carlos.

—Ya nos vamos nosotros también, ¿no es así, Alan? —llamó al hombre canoso que siempre lo acompañaba, el que nunca se separaba de él.

—Sí, ya es muy noche —revisó el reloj de plata que tenía en la muñeca y se ajustó los lentes para verlo mejor—. Demonios, sí, ya va a ser media noche. Carlos, ¿por qué no me avisaste antes?

El otro alzó la mano en un gesto tranquilo y negó con la cabeza, mientras se pasaba la otra mano por su barba blanca.

—Porque siempre me culpas a mí de todo… —respondió con tono de vieja discusión.

Mientras me alejaba de ellos, no pude evitar pensar —una vez más— que ese par siempre estaban juntos. Demasiado juntos para ser solo amigos, a mi parecer. Nunca les había preguntado nada, claro, pero tenía esa sospecha constante, como una teoría silenciosa que nunca se confirma pero que tampoco desaparece.

Se lo comenté a Alisson en voz baja cuando llegué a su lado.




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