Dos De Corazones

14.- PASOS TORPES

No dormí.

O al menos no de verdad.

Cada vez que cerraba los ojos, la misma imagen regresaba a mi mente: el vampiro siguiendo el coche, oculto entre las sombras, esperando el momento justo para aparecer. Pensé en el retrovisor, en las calles vacías, en las luces de la ciudad pasando demasiado rápido. Pensé incluso en mis tíos, en si de verdad estaba siendo justo preocuparme más por mí mismo que por ellos… y aun así, no pude evitar centrar todo mi miedo en lo que me estaba pasando a mí.

Pero, por encima de todo eso, estaba Thiago.

Su voz grave y suave dentro del auto. La forma en que me dijo que podía confiar en él. Que nunca quiso irse. Que se fue solo porque era lo mejor para mí.

No importaba cuánto intentara distraerme o pensar en otra cosa, esas palabras seguían ahí, dando vueltas en mi cabeza como una canción pegajosa que no se quiere ir, que se repite una y otra vez.

Me sentía agradecido, eso sí. Muy agradecido. Si me hubiera ido caminando esa noche, probablemente ahora estaría desaparecido… o con unos colmillos enterrados en el cuello. Esa idea sola fue suficiente para hacerme estremecer incluso bajo las sábanas.

Llegué a la clase de cálculo funcionando a puro piloto automático.

El salón estaba iluminado con esas luces blancas y fuertes que parecen hechas para cansarte más la vista y la mente. Me senté junto a Caro, como siempre alternamos: un día con Alisson, otro con ella. Apenas apoyé la cabeza en la mano, sentí cómo el sueño me vencía poco a poco, pesado e inevitable.

El profesor empezó a hablar. Algo sobre límites, derivadas, no sé qué más. Normalmente las matemáticas no se me dan mal, incluso me gustan… pero el cálculo es otra historia. Por alguna razón, mi cerebro simplemente se niega a cooperar con esas fórmulas complejas.

Caro, en cambio, estaba completamente despierta y en su propio mundo.

—Te juro que esta parte es clave —me susurró, mostrándome rápidamente la pantalla de su celular, ocultándolo bajo el pupitre—. Estoy escribiendo un BL nuevo.

La miré de reojo, más interesado en eso que en cualquier ecuación que hubiera en el pizarrón.

—¿Otra vez? —murmuré con una sonrisita cansada.

—Sí, pero este es distinto a los demás —dijo, emocionada, con los ojos brillantes—. Son dos chicos… bueno, tres, porque el ex regresa para complicar todo.

Alzó las cejas, claramente esperando alguna reacción por mi parte.

Mientras hablaba, yo no pude evitar notar lo familiar que sonaba todo. Demasiado. El triángulo extraño, el pasado que vuelve, la confusión emocional, los sentimientos encontrados. Casi parecía una versión exagerada de mi propia vida en este preciso momento.

—Suena… intenso —admití al final, tratando de disimular.

—Lo es —respondió ella, sonriendo maliciosamente—. El protagonista no sabe a quién elegir, ni qué siente realmente por ninguno.

No dije nada más.

Conozco a Caro lo suficiente como para saber que saca inspiración de absolutamente todo: libros, canciones, conversaciones ajenas… y también de personas reales que tiene cerca. Así que preferí hacerme el tonto y seguir fingiendo que prestaba atención a la clase, aunque mi mente estaba muy lejos de ahí.

El profesor ni siquiera nos miró cuando empezamos a revisar fotos y notas en lugar de ecuaciones. La mitad del salón estaba igual. A nadie parecía importarle realmente lo que se estaba explicando.

Yo tampoco podía concentrarme en nada.

Porque, aunque estaba sentado en una banca dura, con sueño y rodeado de números, mi cabeza seguía en otra parte.

En sombras. En coches negros. Y en alguien que se fue… aunque, al parecer, nunca quiso hacerlo realmente. Mi problema siempre ha sido el mismo: tengo el corazón blando.

Una parte de mí quiere darle a Thiago la oportunidad de explicarse bien. No para volver, ni para ser amigos, ni para nada parecido a lo que teníamos antes. Solo… para cerrar bien ese ciclo. Para que no sea incómodo cruzarnos, para que deje de sentirse como una herida abierta cada vez que lo veo o escucho su nombre.

Pero luego está la otra parte de mí. La que no se conforma con medias verdades. La que quiere respuestas claras, completas, sin rodeos, sin secretos, sin cosas que ocultar.

Y ahí es donde me quedo atrapado, dándole vueltas a lo mismo una y otra vez, sin decidir nada, dividido entre lo que siento y lo que sé.

Miro el reloj y veo que ya casi son las dos. Eso sí logra animarme un poco. Significa que, después de clases, tengo entrenamiento. El primero desde todo el desastre del supuesto asalto y todo lo que pasó después.

La idea me emociona más de lo que debería.

Extraño entrenar. Extraño el cansancio bueno, el sudor, la rutina, la sensación de libertad al moverme. Pero también me inquieta una cosa: quién va a ser la nueva capitana del equipo.

Si fuera solo por los chicos, probablemente me propondrían a mí. No porque sea el mejor —que tampoco lo soy—, sino porque llevo tiempo ahí y suelo apoyar bastante en todo lo que se necesita. Pero la realidad es otra. Los chicos nunca han sido capitanes. En el equipo estamos más como apoyo: cargadas, bases, estabilidad. Las que se lucen son ellas, las que brillan, las que mandan y organizan.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.