Dos De Corazones

15.- DULCES Y CONFESIONES

Tal vez suene patético, pero había estado toda la tarde acostado boca arriba en la cama, mirando el techo como si ahí estuvieran todas las respuestas que no tengo. Mátame porque me muero suena en mis audífonos, bajito, lo suficiente para que solo yo lo escuche. Caifanes siempre me hace esto. Siempre me lleva de regreso a él.

Fui yo quien le enseñó Caifanes a Thiago. Me acuerdo perfectamente: estaba sentado en el suelo de mi cuarto, con la espalda recargada en la cama, y él a mi lado, escuchando con atención como si cada palabra fuera importante. Me pregunto si todavía los escucha. Si alguna vez, en otro lugar, en otra ciudad, alguna canción le ha recordado a mí como ahora me pasa con él.

No quiero admitirlo, pero algo se rompió dentro de mí después de hoy. No de una forma violenta. No como cuando pasó lo de Eithan. Fue más bien como una grieta pequeña, silenciosa, de esas que van debilitando los muros sin que te des cuenta hasta que ya es tarde. Thiago los está rompiendo, y eso me asusta. Porque no sé qué siento. No sé si es nostalgia, si todavía lo quiero, o si solo es la versión de él que guardé en la memoria la que se niega a desaparecer.

Cierro los ojos y, sin querer, vuelvo a pensar en lo que pasó en los vestidores.

¿Qué hacía él ahí esperando?

¿Me estaba cuidando?

¿Vigilando?

Parte de mí quiere agradecerlo con el alma. Otra parte quiere exigirle explicaciones, respuestas, todo lo que me ha ocultado.

Suspiro y, casi por impulso, abro el celular y acepto su solicitud de amistad en Instagram. La notificación desaparece de inmediato. Abro su perfil. No tiene muchas fotos. Algunas con amigos, sonrisas y risas que no me incluyen. Me sorprende no ver nada de su otra escuela, de su supuesta “otra vida”. Como si esa parte estuviera cuidadosamente borrada, eliminada de cualquier rastro digital.

Es guapo. Siempre lo ha sido. Y odio lo fácil que es admitirlo.

Me río solo, con un poco de ironía amarga. Parece que tengo buen ojo para eso, sí. Marcos es guapo. Thiago también. Henry. Velázquez. Incluso… Eithan.

Aprieto la mandíbula con fuerza.

Que sea atractivo no le quita nada a lo que hizo. Si pudiera, lo borraría de mi vida como se borra una canción que ya no quieres volver a escuchar nunca más.

La puerta de mi cuarto se abre sin aviso.

—¿Otra vez tirado como lagartija al sol? —dice mi tía Lourdes, cruzándose de brazos desde el marco de la puerta.

Me quito un audífono y volteo a verla, fingiendo tranquilidad.

—Estoy descansando —respondo, con la voz más inocente que puedo armar.

—¿Descansando? —arquea una ceja, escéptica—. Jared, llevas todo el día “descansando”.

—Es que hoy fue un día… intenso —me justifico, sin darle detalles.

—Ajá, y mañana también lo será si no te levantas de ahí —dice, entrando al cuarto con paso firme—. Anda, barre tantito. Parece cuarto de adolescente deprimido, todo tirado y sucio.

—Porque soy un adolescente deprimido —murmuro bajito, esperando que no me escuche.

—Te escuché —responde, sin perder el ritmo—. Y no es excusa para vivir en el desorden.

Me siento en la orilla de la cama y estiro los brazos con exageración, haciéndome el cansado.

—Déjame reponer energías un ratito más.

—Energías mis pestañas —dice, y me lanza la escoba directamente—. Muévete.

No puedo evitar sonreír. Lourdes siempre ha sido así: dura, pero justa. Molesta, pero siempre presente. Empiezo a barrer mientras ella se queda parada observándome, como si supiera perfectamente que hay algo más dando vueltas en mi cabeza, algo que no digo.

—¿Todo bien? —pregunta, al final, con un tono mucho más suave y maternal.

Dudo un segundo antes de responder.

—Sí… —miento, desviando la mirada hacia el suelo—. Solo cansado.

Ella no insiste. Solo asiente, aunque sé que no me cree del todo, y se da la vuelta para salir del cuarto.

—¿Hoy tienes que ir al Nigherts a trabajar? —me cuestiona antes de cerrar la puerta, y yo solo asiento con la cabeza—. Qué necesidad la tuya de trabajar tanto. Lo bueno es que ahora ya te traen y te cuidan.

—Es que salgo muy caro, tía —ella se ríe de mi comentario—. Además, sé que me amas y por eso te preocupas.

—Por desgracia —su cara se volvió un mar indescifrable y serio después de decir eso, y supe de inmediato que no venía nada bueno—. Tu madre llamó otra vez.

Eso se sintió peor que haber sido golpeado contra la acera por un vampiro, y podía imaginar que incluso se sentiría peor que una de sus mordidas. Preferiría dejar que disecaran mi cuerpo o que me usaran en alguna clase de ritual esotérico a volver a hablar con alguien de esa familia, de esa casa.

Cuando la puerta se cierra definitivamente, apoyo la escoba en la pared y me dejo caer otra vez en la cama, derrotado. La música sigue sonando en mis oídos. Caifanes no perdona.

Y yo tampoco sé cómo hacerlo conmigo mismo.

Hay cosas que estoy pensando y que prefiero no poner en palabras. Ni siquiera aquí, ahora. No porque no sean importantes, sino porque todavía no me siento listo para enfrentarlas. Así que hago lo que mejor sé hacer cuando mi cabeza se empieza a llenar demasiado de ruido: me pongo a barrer.




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