Me miré una vez más en el enorme espejo de la habitación de Alisson. Apenas podía reconocerme en lo que veía; mi cabello, naturalmente desastroso, estaba perfectamente peinado y un poco más corto. El traje blanco que mi amiga me consiguió parecía hecho a la medida, ajustándose de forma sutil a mi cuerpo.
Debía admitirlo: me veía muy bien. Demasiado bien.
Al parecer, la fiesta tendría temática blanco y negro. Alisson llevaba un vestido blanco con pedrería y una abertura a un costado de la falda. Su cabello rubio estaba recogido, sostenido por delicadas horquillas de plata. Caro, en cambio, había optado por un vestido negro, con un chal cubriéndole los hombros y una falda esponjosa que le daba un aire elegante.
En ese momento, Alisson le estaba cepillando su cabello corto frente al espejo.
—Entonces dices que Henry y tú se besaron después de que se te declaró —repitió Alisson por enésima vez, como si decirlo tantas veces la ayudara a convencerse de que era real—. Te hacía burla con él, pero jamás creí que le gustaran los chicos.
Lo mismo creía yo.
En realidad, no nos habíamos visto desde esa tarde, aunque habíamos estado mensajeando todo el fin de semana. Dudé en contarles, porque no sabía qué tan público era ese “secreto” de Henry. Aun así, no me resistí. Además, sabía que podía confiar en ellas.
—La verdad, a mí no me sorprende —comentó Caro desde la silla. La observé mientras retiraba con cuidado el exceso de labial—. Me lo esperaba. Pero está claro que aún no ha aceptado del todo su sexualidad.
Asentí. Era evidente.
—Cada quien tiene sus tiempos —admití—. No pienso presionarlo. Pero tampoco sé hacia dónde va todo esto… No quiero hacerme ilusiones. Veo muy difícil que llegue a haber algo entre nosotros.
Caro movió un dedo en señal de asentimiento, dándome la razón, mientras seguía arreglando su maquillaje.
—Pues tíratelo al menos —intervino Alisson—. Por la anécdota.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Suenas como Nigher —dije. Ella hizo una mueca ante la comparación—. Él me recomendó exactamente lo mismo hace unos días.
Recordé aquella plática en la barra. Sabía que era una posibilidad: que Henry solo estuviera confundido o que solo buscara eso. Yo no estaba seguro de querer lo mismo, aunque tampoco me negaba a la idea tratándose de él.
En el fondo, también soñaba con encontrar a alguien que me amara con intensidad, tanto como me deseara.
—Te la estás pensando demasiado —se burló Caro, y estuve a punto de lanzarle el cepillo—. Es lindo, sí, pero piensa en lo que tú quieres.
—Exacto —añadió Alisson, trenzando el cabello castaño de Caro en forma de corona—. Y no te juzgaríamos por ninguna decisión.
—La verdad es que sí está muy bueno —admití sin pudor; esas conversaciones eran comunes entre nosotros.
—Pero no tanto como Velázquez —remató Alisson.
Los tres chillamos al mismo tiempo.
Mientras seguíamos arreglándonos entre chismes, risas y pequeñas peleas, no pude evitar sentirme agradecido por haberlas encontrado. Recordé cuando recién entramos al Aurora. Caro y yo veníamos de una secundaria pública; aunque ella tenía la estabilidad económica para estar ahí, mi caso era distinto. Estudié día y noche para conseguir una beca que me permitiera pagar lo menos posible. Al final, obtuve una del 80%, más de lo que muchos lograban.
Al principio me sentía como un pez fuera del agua. Si no hubiera sido por Caro, jamás me habría adaptado. Era un mundo completamente distinto al mío: bullies de los que aprendí a defenderme y personas a las que esas diferencias simplemente no les importaban. Una de ellas fue Alisson, quien se unió a nosotros semanas después por un trabajo sobre la película de Barbie, que, por cierto, ninguno de los tres había visto.
Improvisamos. Como siempre.
—¡Chicos! ¿Ya están listos? —la voz ronca del padre de Alisson resonó del otro lado de la puerta.
—¡Ya vamos, papá! —respondió ella, corriendo por sus zapatillas.
—Bien.
Fue lo único que dijo antes de retirarse.
El señor y la señora Ángeles siempre habían sido maravillosos con nosotros. Nos recibieron con calidez desde la primera vez que pisamos su casa. Según Alisson, durante su infancia sus padres aún no formaban parte de ese círculo de élite; eran de las familias más recientes en integrarse.
—¿Ya están listas? —pregunté mientras ambas se observaban en el espejo.
—No seas impaciente, Jared —se quejó Caro.
Alisson me llamó para una foto. Me coloqué entre ellas y posamos haciendo todo tipo de caras ridículas.
—Ahora sí, vámonos. Ya vamos tarde —dijo Caro, revisando su teléfono.
Salimos de la habitación y bajamos a la planta inferior de aquella enorme casa diseñada por la madre de Alisson. Paredes color hueso, líneas modernas, cuadros por todas partes. Su padre era un coleccionista empedernido de piezas perdidas. El lugar parecía sacado de una revista.
El portón negro se abrió lentamente frente a nosotros, como si la casa misma nos estuviera dando permiso de entrar. Era alto, de hierro forjado, con detalles que parecían demasiado elaborados para ser solo decoración. El coche avanzó y sentí cómo mi estómago se encogía.
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Editado: 12.07.2026