Desperté con una sensación extraña, tibia y pesada a la vez. Había algo firme bajo mi mejilla, y un vaivén leve que acompañaba cada respiración, como si estuviera recostado sobre algo vivo y constante. Tardé unos segundos en ser capaz de entender dónde estaba o qué pasaba. Poco a poco, la conciencia volvió a mí, y con ella, la certeza de que no estaba en mi cama.
El corazón me dio un vuelco violento.
No quise abrir los ojos de inmediato. Me dio miedo hacerlo, como si nombrar la escena, ponerle vista y voz, la volviera irreversible. Había una certeza incómoda latiéndome en el pecho; sabía quién era la persona sobre la que descansaba incluso antes de confirmarlo, y aun así necesitaba retrasar ese momento un poco más, alargar esa burbuja de silencio en la que todavía podía fingir que nada malo había pasado.
—Me alegra que ya estés despierto —dijo una voz conocida, demasiado cercana, grave y tranquila.
Era real. Todo era real.
Abrí los ojos al fin, despacio, y levanté apenas el rostro, sintiendo cómo la cabeza me daba vueltas suavemente. Thiago me miraba desde arriba, con una expresión que no supe cómo nombrar. No era alarma, ni preocupación pura. Había algo más… algo suave, casi devoto, una mezcla extraña de protección y posesividad, como si yo fuera algo frágil y valioso que debía ser cuidado a toda costa.
Detrás de él, el cielo nocturno se extendía oscuro y limpio, salpicado de estrellas que parecían estar más cerca de lo normal. Por un segundo pensé que aquello no podía estar pasando de verdad. La escena era demasiado perfecta, demasiado quieta, arrancada de un cuento de hadas que nunca pedí protagonizar y que, sospechaba, tenía un final oscuro.
—¿Qué… qué pasó? —pregunté, haciéndome el tonto, probando terreno, buscando entender cuánto sabía él y cuánto estaba dispuesto a decir.
—Un tipo te drogó —respondió Thiago sin apartar la mirada ni un segundo—. Intentó llevarte lejos de aquí. Pero llegué a tiempo.
Me quedé callado, procesando sus palabras.
No sabía si creerle. No del todo. Una parte de mí se preguntó si esa versión era una mentira piadosa… o una historia que su mente había construido para cubrir algo mucho más oscuro, algo que no encajaba con la normalidad que fingíamos vivir. Pensé en Brandon, en sus palabras, en esa sensación de irrealidad.
Aun así, no insistí. Sabía que no obtendría nada presionando ahora.
—Gracias —murmuré, bajando la vista un instante—. En serio. Pero… tengo que irme. Debo volver.
Intenté incorporarme, apoyando las manos en el suelo húmedo, pero no llegué muy lejos. Thiago colocó una mano sobre mi pecho, con firmeza, deteniéndome con un gesto suave pero definitivo. Luego, casi sin darme tiempo a reaccionar, me rodeó con el brazo, manteniéndome donde estaba, contra su cuerpo.
—Espera —dijo, con un tono que no admitía discusión—. Descansa un poco más. Todavía estás débil; podrías marearte o caerte.
Mi cuerpo se tensó al instante, respondiendo a su contacto antes que mi propia mente pudiera procesarlo.
Sentía su cercanía de una forma demasiado consciente: el calor de su pierna bajo mi cabeza, el peso seguro de su brazo alrededor de mi espalda, el ritmo pausado de su respiración. Todo eso me ponía nervioso, me aceleraba el pulso, como si mi cuerpo recordara algo que mi cabeza todavía se negaba a aceptar o a nombrar.
Aun así, no me moví.
Me quedé ahí, diciéndome que era solo por educación. Porque acababa de salvarme. Porque no quería parecer ingrato. No porque, en el fondo, una parte de mí se sintiera absurdamente segura, en paz, en ese lugar que solo él parecía ocupar.
Pero el pensamiento regresó, incómodo y persistente, clavado en mi mente como una espina: ¿Y si Thiago no era solo Thiago?
¿Y si todo esto explicaba por qué se fue sin dar muchas explicaciones años atrás? ¿Y si esa era la razón por la que siempre aparecía cuando más lo necesitaba, justo cuando todo parecía perdido?
Negué para mis adentros, casi molesto conmigo mismo por darle vueltas a lo mismo.
Ya deja de hacerte escenarios mentales que no llevan a nada, me reprendí. Tal vez solo eran coincidencias. Tal vez yo estaba viendo sombras donde no las había, buscando misterios en lo que podía ser simple casualidad.
O tal vez… no.
Me quedé recostado ahí, con la cabeza todavía apoyada en sus piernas, escuchando el murmullo lejano de la fiesta que ya no parecía pertenecerme, como si estuviéramos en dos mundos distintos separados por unos cuantos arbustos. Thiago no me soltó; su brazo seguía rodeándome con una naturalidad que me desconcertaba más que cualquier palabra que pudiera decir.
—Siempre te metes en problemas —murmuró al cabo de un momento, con una sonrisa casi inaudible en la voz.
—No es a propósito —respondí, sin mirarlo, con la vista fija en la oscuridad entre las hojas—. El mundo parece tener algo personal contra mí.
Sentí cómo se reía bajito. No fue una carcajada, apenas un soplo de aire que le vibró en el pecho… y que yo sentí demasiado cerca, demasiado íntimo.
—Sigues siendo igual —dijo—. Incluso cuando finges que nada te afecta.
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Editado: 12.07.2026