La fiesta siguió su curso con una normalidad casi insultante, como si nada de lo que había pasado tuviera la importancia suficiente para dejar una huella real en el ambiente. La música no se detuvo, las luces no se apagaron y la gente siguió riendo y bailando. No volvió a ocurrir ningún otro suceso relevante, al menos no uno que pudiera competir con el caos que yo llevaba ardiendo por dentro. Cuando decidí irme, ya no volví a ver a Henry. Tampoco a Thiago. Ni a Brandon. Era como si los tres se hubieran disuelto entre la multitud, entre los vestidos y trajes de blanco y negro, dejándome solo con mis pensamientos y esa sensación de irrealidad que me pesaba en los hombros.
Ahora estaba acostado en la cama de Caro.
Había decidido irme con ella en cuanto su mamá mandó por nosotros. Alisson no parecía tener la menor intención de abandonar la fiesta pronto; estaba demasiado entretenida con Richie y su familia, y yo… yo ya no podía más. Me sentía agotado de una forma que no era solo física, como si cada paso, cada recuerdo y cada pensamiento pesaran el doble de lo normal. Mi mente iba a mil por hora, pero mi cuerpo apenas respondía.
La habitación de Caro siempre había sido un reflejo perfecto de su mente: caótica, colorida, imposible de encasillar en una sola definición. Las paredes estaban cubiertas de pósters; algunos de One Direction —que juraba ya no escuchar, pero que seguían ahí, intactos desde la secundaria—, varios de animes que yo apenas lograba identificar, y otros de personajes que, a juzgar por la estética dramática y las miradas intensas, debían pertenecer a libros o sagas que ella amaba y que yo no había leído… todavía. Había torres de libros por todas partes: en el suelo, en el escritorio, incluso al pie de la cama. Algunos abiertos, otros con separadores improvisados hechos de boletos, papeles doblados o notas con su letra pequeña y apretada.
El cuarto olía a su perfume dulce y a papel viejo, una mezcla que me resultaba extrañamente reconfortante.
Y ahí, sentados en el suelo y luego sobre las sábanas, le había contado todo.
Lo de Henry y sus miradas cargadas de palabras no dichas. Lo de Thiago, su regreso, su frialdad antinatural y todo lo que habíamos sido. Lo de Brandon, la forma en que me había sentido atrapado, la pérdida de voluntad. Los vampiros. Las sospechas. Mis miedos.
Y lo más inquietante de todo fue que Caro no se sorprendió.
No se rió. No dudó. No me miró como si estuviera perdiendo la cabeza o inventando historias. Me escuchó en silencio todo el tiempo, sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas y el ceño ligeramente fruncido, como si solo estuviera acomodando piezas de un rompecabezas que ya conocía, como si siempre hubiera sospechado que había algo más allá de lo que veíamos.
—Con razón —dijo al final, con una calma que me descolocó por completo—. Por eso estabas investigando sobre ellos en la biblioteca. Por eso tenías tantas dudas.
Nada más.
No preguntas de tipo “¿estás seguro?”, ni frases como “tal vez fue el alcohol” o “eso no puede existir”. Solo eso. Como si los vampiros fueran una posibilidad latente desde siempre, una verdad oculta que solo unos pocos podían ver. Como si tantos libros, tantas historias y leyendas, le hubieran abierto la mente a aceptar que el mundo no era tan simple ni seguro como nos habían hecho creer.
Yo me quedé mirando el techo, escuchando mi propia respiración, preguntándome desde cuándo mi vida se había desviado hacia algo tan oscuro… y al mismo tiempo, tan inevitable. Mientras yo seguía procesando todo en silencio, ella se había levantado para preparar palomitas, decidida a que tuviéramos una madrugada de películas, sin importar demasiado que tuviéramos que levantarnos a las seis de la mañana para ir a la escuela.
Caro regresó al cuarto con un tazón enorme de palomitas entre las manos. El olor a mantequilla llenó el aire de inmediato, rompiendo un poco la tensión acumulada. Se sentó a mi lado en la cama como si nada, como si no acabara de escuchar que seres sobrenaturales habían intentado llevarme quién sabe a dónde esa misma noche. Yo me incorporé un poco, apoyándome en las almohadas, intentando recomponerme.
—He estado pensando en lo que me contaste —dijo, tomando un puñado de palomitas y hablando con la tranquilidad de quien analiza un problema matemático—. Y… creo que hay una posibilidad real de que Thiago sí sea el vampiro. El que te dijo que estaba ahí para protegerte.
No me sorprendió escucharla decirlo. Yo mismo llevaba horas dándole vueltas a esa idea, girándola en mi cabeza una y otra vez buscando respuestas.
—Yo también lo creo —admití, con la voz baja—. Pero al mismo tiempo… no quiero creerlo.
Caro giró la cabeza hacia mí, interesada, analizando mi expresión.
—¿Por qué?
Suspiré profundamente, volviendo a clavar la mirada en las sombras del techo.
—Porque eso significaría que todo lo de su partida… todo el trasfondo, todo lo que nos pasó… es mucho más profundo de lo que pensamos. No sería solo que se fue y ya. No sería solo una ruptura adolescente. Sería… algo mucho más grande. Más peligroso. Algo que él cargaba solo y que nunca me dijo.
Caro asintió lentamente, entendiendo el peso de mis palabras.
—Aun así, deberías preguntárselo.
#2970 en Novela romántica
#590 en Fantasía
#345 en Personajes sobrenaturales
gays boys love, romance acción drama fantasia aventura, fantasmas personajes sobrenaturales
Editado: 12.07.2026