El sol ya bajaba cuando llegamos. Yo abrí la puerta del coche y primero bajó el tío Ramón, despacio, apoyándose un poco en el marco, como si el camino le hubiera pesado más de lo normal. En cuanto puso un pie en el suelo, la tía Lourdes ya estaba a su lado: le acomodó el cuello de la camisa, le quitó un pelo que se le había quedado en el hombro y le sonrió de esa forma suya, tranquila y segura, como si solo con mirarlo ya supiera todo lo que necesitaba saber.
—Vamos despacio, ¿eh? —le dijo ella, cogiéndolo del brazo con suavidad, casi acunándolo.
—Siempre me llevas como si fuera de cristal, mujer —se rió él, pero se dejó guiar sin quejarse, y le apretó la mano que le descansaba en el antebrazo.
Se notaba en cómo se movían, en cómo se buscaban sin darse cuenta, que llevaban toda la vida así: un paso detrás, un paso al lado, siempre juntos.
Yo cerré el coche y los seguí. Había querido invitarlos a comer fuera solo por eso: para que no tuvieran que mover ni una silla aquí, para que no hubiera que recoger platos ni limpiar nada, para que este fin de semana, que me había tomado para estar tranquilo y pensar, también fuera tranquilo para ellos. Y verlos así, ahora, entrando juntos a la casa, me hacía sentir que había valido la pena.
En la sala, él se dejó caer en el sofá grande, suspirando al sentir los cojines. Ella no tardó ni dos segundos: le puso una almohada detrás de la espalda, le alcanzó las zapatillas que siempre dejamos ahí para él y luego se sentó a su lado, tan pegada que sus rodillas se tocaban. Él alargó la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, despacio, como si fuera un gesto que hacía mil veces al día.
—Qué bueno estuvo todo, ¿verdad? —dijo él, mirándome mientras yo me quedaba de pie cerca de la mesa—. Muy tranquilo, muy rico… Gracias, hijo. Se agradece no tener que poner ni un plato en la mesa de vez en cuando.
—Para eso estamos —le contesté, sonriendo.
—Y además —añadió la tía Lourdes, dándole un golpecito suave en la pierna—, así él no se pone a querer ayudar en la cocina y termina rompiendo algo o ensuciando el doble. ¿Verdad, mi vida?
Él soltó una carcajada, una risa profunda que le hizo mover todo el cuerpo, y ella se rio con él, apoyando la cabeza un momento en su hombro. Se quedaron así un rato, hablando de cualquier cosa: del restaurante, del cielo despejado, de lo bien que le había sentado la comida. No había nada especial en lo que decían, pero en la forma de mirarse, en cómo ella le pasaba la mano por el pecho cuando le daba un poco de tos, en cómo él le arreglaba un mechón de pelo que se le había caído sobre la cara… ahí estaba todo. Esa unión que no se dice, que se vive. Como si fueran dos mitades que nunca dejaron de encajar.
Pasó un buen rato, hasta que el tío Ramon empezó a parpadear más lento, y ella se dio cuenta al instante.
—Ya es hora de descansar un poco, ¿no? —le dijo, levantándose primero y tendiéndole la mano. Él la tomó, se puso de pie con ayuda, y antes de irse a su cuarto, se volvió hacia mí.
—Voy a echarme un rato, Jared. Gracias otra vez, por todo.
—Descansa, tío —le respondí.
Se fueron juntos hasta el pasillo, él apoyado en ella, ella caminando al ritmo que él necesitaba. Cuando entró a su habitación y cerró la puerta despacio, la tía Lourdes volvió hacia donde yo estaba, se quedó parada frente a mí, y vi que su sonrisa se suavizaba, se volvía más seria, más atenta.
Me acerqué un paso, bajando un poco la voz.
—Tía… quería preguntarte —empecé, mirando hacia la puerta donde se había metido mi tío—. ¿Los estudios que le hicieron hace unos días… salió todo bien, verdad? Me dijiste que me contarías luego, y me he quedado con la duda.
Ella suspiró, se pasó una mano por el cabello y miró hacia el techo un segundo, como buscando las palabras exactas. Luego volvió a mirarme, y puso una mano en mi brazo, suave pero firme.
—Mira, Jared… los médicos dijeron que no es nada malo, nada que nos tenga que asustar, pero hay que tener cuidado. —Hizo una pausa, bajó la mirada un momento y luego siguió—. Su corazón ya tiene sus años, ¿sabes? Ha trabajado mucho, toda la vida, y ahora… está un poco cansado. Se nota, ¿verdad? Ya no tiene la fuerza de antes, se cansa más rápido, le cuesta un poco más respirar si se mueve mucho.
Asentí, escuchando cada palabra, sintiendo cómo se me apretaba un poco el pecho.
—¿Y qué hay que hacer? —le pregunté—. ¿Hay algún remedio, algo que tomar?
Ella negó con la cabeza despacio, y me apretó el brazo con más fuerza, como para darme seguridad a mí más que a ella misma.
—Medicinas ya toma las que le mandaron, eso ayuda. Pero lo principal… lo que más hay que cuidar son las emociones —se acercó un poquito más, bajó más la voz, como si fuera un secreto importante—. Le dijeron que su corazón ya no soporta bien los sobresaltos. Ni las alegrías muy grandes, ni las penas fuertes, ni los sustos, ni nada que le haga sentir cosas muy intensas. Si se altera mucho, si se emociona demasiado o si se enfada o se preocupa de más… eso es lo que le puede hacer daño. Mientras viva tranquilo, sin cosas que le den impresiones fuertes, sin emociones que lo desborden… entonces va a estar bien, mucho tiempo más. Solo hay que cuidarlo, que vaya despacio, que esté tranquilo, que no tenga sobresaltos.
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Editado: 12.07.2026