Dos De Corazones

22.- MURCIELAGOS MUERTOS

La noche transcurría con normalidad. Aquí, en el Nigherts, todo marcha viento en popa, sin contratiempos. Pero mi cabeza no deja de viajar atrás en el tiempo, regresando una y otra vez a lo que viví la noche del baile con Thiago. Curiosamente, en todo ese tiempo que pasamos después de irnos de la fiesta, no tocamos ni una sola vez el tema de vampiros, de clanes ni de peligros. Más bien, hablamos de nosotros. De lo que fuimos, de lo que pasó en esos años que estuvimos separados. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía desahogarme sin miedos ni juicios; volví a sentir esa confianza absoluta que siempre tuve con él.

Él también me contó cosas: me dijo que sus padres no habían regresado con él, que seguían viviendo en Estados Unidos y que, aunque no lo explicó todo, entendí que él tuvo que volver por obligaciones, por algo que lo ataba aquí. Cuando le pregunté si sus padres también eran vampiros, me miró en silencio y solo respondió que por el momento no podía contestarme esa pregunta. No me enojé, lo respeté. Aun así, pasamos una noche increíble: primero estuvimos en la azotea de uno de los edificios de la prepa, luego caminamos sin rumbo fijo por las calles vacías. Claro que en todo momento sentía ese nudo en el estómago, el miedo constante de que apareciera Brandon o alguno de sus secuaces, pero por suerte, nada pasó.

Ahora, de vuelta en la realidad, decido que por un rato quiero dejar a ambos de lado: tanto a Thiago como a Henry. Este último me mandó un mensaje preguntando si había llegado bien a casa, pero nada más. Me queda la duda de si nos vio bailando y por eso se mantiene distante… aunque, pensándolo bien, no tenemos ningún compromiso. Si él puede estar tan a gusto con Marisol, ¿por qué yo no puedo estar con quien quiera? No sé si es lo más sano, pero por ahora no siento que esté haciendo nada malo.

En el bar todo va sobre ruedas. No hay borrachos descontrolados ni problemas de ningún tipo, aunque hay mucha más gente de lo habitual, incluso siendo ya pasada la medianoche. Alisson y Richie están en la parte de atrás, lavando vasos y platos, y yo me quedo solo en la barra, pero me doy abasto. Pongo en práctica algunos de los consejos que me dio Luis y, para mi sorpresa, me están funcionando de maravilla; me da una satisfacción inmensa ver que aprendo y mejoro.

En eso se acerca el señor Nigher. Hoy sí vino a pasar un rato, como casi siempre. Le sirvo su trago de costumbre y él se apoya en la barra para charlar.

—¿Cómo va la noche, muchacho? ¿Y cómo va todo por la escuela? —me pregunta.

—Va bien —le respondo con sinceridad—. Ya empiezan las semanas de evaluaciones y la verdad me da mucha flojera, pero nada que no pueda superar. Y aquí en el trabajo ha estado movido, pero me las arreglo.

—¿Y ese tal Richie sigue por aquí metido? —insiste, sonriendo con picardía.

Dudo un segundo, pero mentir no serviría de nada.

—Sí, está allá atrás con Alisson, ayudando a limpiar.

Nigher suelta una carcajada fuerte.

—¡Debería contratarlo de una vez! Ya parece empleado de la casa —dice, y luego añade más bajo—. Aunque pensándolo bien, quizás no sea tan buena idea.

No lo dice, pero yo lo entiendo al vuelo: si lo contrata, tendría que pagarle, y eso para su bolsillo es imperdonable.

Mientras lo veo beber, recuerdo de golpe algo que tenía totalmente olvidado entre tantas emociones y problemas: la promesa que le hice a Augusto, de ayudarlo a descansar en paz. Es algo muy importante, y no podía dejarlo pasar. Así que saco el tema con la mayor naturalidad posible.

—Oiga, señor Nigher —le digo despacio—, aquellos tipos con los que jugue la otra vez… no han vuelto a aparecer, ¿verdad?

Se toma un buen trago antes de responder, y yo de inmediato le relleno la copa con más licor. Si quiero que suelte la lengua, tiene que irse soltando poco a poco.

—No, gracias a esa partida que ganaste, me libré de ellos por ahora —me dice.

Me hago el gracioso, aunque por dentro estoy atento a cada palabra.

—No crea que siempre tendrá la suerte de su lado —le advierto—. En el juego todo es azar, y ganar no es algo seguro.

—Eso lo sé mejor que nadie —contesta él con calma.

Aprovecho para ir al grano.

—¿Quiénes eran, en realidad? —pregunto con tono de curiosidad sincera—. Me da intriga saber contra quién apostamos, sobre todo porque me dijeron que volverían por la revancha.

Se toma el trago de un solo golpe, y yo ya tengo la botella lista para servirle otro. Ya se le nota el rostro más relajado, la mirada un poco pesada; ya va medio entonado, así que mi tarea será más fácil, aunque me siento mal por hacerlo.

—Son gente muy peligrosa, Jared —me dice, moviendo la cabeza—. Cuanto menos sepas, más seguro estarás.

—Confíe en mí —insisto, suave pero firme—. Quiero saber con qué nos estamos enfrentando.

Suspira, se frota la frente y admite:

—La verdad es que lamento haberte metido en esto, pero no tenía opción: si perdía, lo perdía todo.

—No se preocupe, lo entiendo perfectamente —le digo, y es verdad—. Si puedo ayudarlo, lo hago con gusto, igual que usted me ha ayudado tantas veces a mí.

Le sirvo otro trago, él se lo toma, y yo sigo insistiendo hasta que llega el momento en que se queja:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.